:: Terremotos cardiovasculares

Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida

Sócrates

 

Le costaba recordar la clave de su caja fuerte. Pensó en anotarla en un lugar privado, sin embargo, le atemorizaba la idea de que alguien pudiera arrebatarle ese secreto tan íntimo. La memoria. 

Rodeado por ocho pantallas multifunción. En cada una de ellas un índice bursátil. Ciudades que deslizaban sus caídas y subidas en colores brillantes con un zumbido silencioso. Cataratas de fondos cotizados y valores de tasas de interés. El beneficio. 

Sentado en su sillón de unos cuantos miles de bitcoins, adormecido por el murmullo de los televisores, comenzó a cavilar en cómo desprenderse de ese éxito que lo ahogaba. La cima. 

Cansado de trepar durante tanto tiempo, hacia una cumbre que ahora aborrecía. Se desanudó la corbata y respiró notando como en cada absorción de oxígeno, sus latidos iban acelerándose. La ansiedad se instalaba en la habitación. No recordaba cuándo fue la última vez que había ido a hacerse un chequeo médico. Abrió uno de los cajones para verificar que aún disponía de las últimas pastillas recetadas. Se las compró una de sus secretarias o su mujer. Allí estaban, esperando ser consumidas. Su esposa. 

Amagando el encendido de otro cigarrillo. No me conviene. Cuándo empecé a fumar. Si, tenía tan sólo dieciséis. Quién me iba a decir, entonces, que iba a llegar tan alto. Imbécil. Ahora sólo quiero bajar. Diálogo interno. 

Una presión en el tórax. Se notó agotado y con fuertes calambres en el brazo izquierdo. Sin aire, sudando. Me mareo, quiero vomitar. Los muebles daban vueltas. Desmayo. 

Se despertó, sin abrir los ojos, y sintió mucho frío. Sed, casi exánime de todo. El sol que entraba por los amplios ventanales le hirió aún más la vista y su mirada volvió a ocultarse. Permaneció inmóvil. En la calle el rugir de los coches, los gritos alegres de los niños en el patio del colegio y el reloj de la gran plaza anunciando las doce. Hora de su muerte.

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:: YOU ARE VERY SWEET MY BABY

-Mo, cuéntame un cuento.

-¿Cómo lo quieres?

-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

Érase una vez un algodón de azúcar que viajaba de feria en feria. Era tan feliz que tenía un aspecto resplandeciente, como todos aquellos que supuran felicidad por los poros, en su caso desprendía un halo sorprendente de glucosa.

Un año fue al FIB. Le tiñeron el pelo de rosa en un puesto de pelus de esas modernas, estaba ideal. Ligó con un manzana de caramelo, pero no llegó a nada el tema. Un simple rollo festivalero, ya sabéis. Se compró varias chapas, a juego con su nuevo color, se las ponía en el palo. Le costaba un poco, pero al final lo lograba. Quería ser un algodón moderno, en realidad un algodón moderno de mierda y eso. Lo de la mierda era porque el polvo del recinto Heineken se le pegaba mogollón por lo pegajosa de su ser.

Cuando regresó a casa se sintió sin fuerzas, estaba agotada de tanto chundachunda y decidió recluirse unos días, para renovar energías y tal. En Internet vio un anuncio. Era de Algodones sin Fronteras (Cottons without Borders). Precisaban voluntarios para Africa. Sin más decidió dar un giro a su vida golosa. Cogió un petate y sin más dilación fue a vacunarse. En la cola de la vacunación se encontró con otros algodones. Había jirones de sábanas viejas, algodones tipo chuche, algodón 100% y otros con mezcla. Un lío de peña, todos dispuestos a sacrificar su tiempo en aras del voluntariado y la solidaridad. Los pinchazos le hicieron polvo, pero no derramó ni una lágrima de azúcar. Era una caña la tía (de azúcar), de casta le viene al galgo y eso.

Cuando llegó a su destino, en la India, estuvo bastante pocha. Vomitaba mucho y creía que no podría más. Pero superado ese trance, comenzó su tarea. Su labor consistía en servir como algodón para las curas de los más pequeños. Trabajaba de sol a sol y acababa rendida. Cada día estaba más orgullosa y tenía un sentido del humor que hacía reír a los niños que pasaban por sus (digamos) manos. A pesar de su dulzura era muy salada. Ironías de la vida.

 

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:: Quiero ser normal y reírme de un cuadro

Hoy, paseando por éste nuestro León, he visto a un enano y a una chica con síndrome de Down. ¡Al mismo tiempo! Estaban en un paso de cebra, pero no se conocían ni nada. Me he puesto en medio, entre uno y otro.

En ese momento, mientras esperaba a que se pusiera en verde, me he sentido normal, que es como llama mi madre a los heterosexuales. Es raro sentirse normal, aunque yo quiero serlo de continuo.

Y el caso es que en ese paso de cebra, embriagada por mi aparente normalidad, me ha asediado una duda: ¿qué hay más, mongolitos o enanos? No es broma. No pretende serlo. Lo he pensado en serio. Era el momento perfecto para averiguarlo, tenía un representante de cada colectivo a cada lado. Bastaba con preguntarle al enano: “¿cuántos sois vosotros?”, y luego preguntárselo a la chica con síndrome de Down. No lo he hecho porque, claro, la perspectiva de ser apaleada por una mongolita y un enano en plena calle no compensaba mi sed de información.

Ya me imaginaba el titular de El Diario de León: “Joven normal es golpeada por dos anormales. El alcalde Emilio Gutiérrez ha declarado que “los bares cierran muy tarde”.

Pero la duda me corroía, así que, he pasado por casa de mis padres.

-Mo: “Hola, Papá. ¿Qué tal el día? ¿Bien? Guay. Oye, ¿tú qué crees, que hay más downs o enanos?”

El me ha mirado como me mira siempre que sopesa darse la vuelta y hacer como que no es mi padre, y luego, con una naturalidad pasmosa, me ha respondido:

-Padre de Mo: “Downs.”

-Mo: ¡¿Cómo puedes estar tan seguro?!, porque, quiero decir, o sea, ¿en qué te basas?

-Padre de Mo: En los grupos. Los chicos con síndrome de Down salen en grupo y tienen parejas y eso. Ves grupos grandes paseando, de excursión, yendo al trabajo todos juntos… ¿Pero alguna vez has visto un grupo de enanos?

Mo: Sí. En La parada de los monstruos.

Padre de Mo: Digo en la realidad.

Yo: En la reali… Ah, entonces no.

Tesis A: Mi padre es más listo que yo, al menos en lo que a capacidad deductiva se refiere.

Tesis B: Si la tesis A es correcta, hay más mongolitos que enanos en el mundo.

Pero, ¿y zurdos? ¿Hay más enanos que zurdos?

¡Papáaaaaaaaa!

:: Dios los junta y ellos se crían

EL VACÍO

 

Guión de

MO LIMITED

 

Inspirado (en una ínfima parte) en el epílogo del Libro “Heridas emocionales” de Bernardo Stamateas.

 

 

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2014

FINAL DEL INVIERNO

 

01

CASA DE JUAN CASTRO / SALÓN

Noche

Como se verá más tarde, es el hogar de una persona con un gran sentido de la estética. La pared, prácticamente desnuda, tiene un solo cuadro de un paisaje. Una mesa de cristal, un sofá en tonos crudos, un atril con papeles de música enfrentado a una silla de cuyo respaldo cuelgan una bufanda y un abrigo. El suelo está tapizado de libros. 

JUAN – 35 años – está de pie, frente a la ventana.

MARTÍN – 27 años – está sentado en el sofá, con la mirada perdida en el techo. Sobre sus piernas, abierto de bruces, un libro de Francisco Umbral. 

JUAN

(en voz queda)

 

Antes de que digas nada, déjame hablar a mí.

Quise ser palmera, para doblarme sin quebrarme. Soportar las grandes tormentas. En pie a pesar de las circunstancias.

Quise ser diamante, miles de días escondido bajo el suelo, soportando la presión de toneladas de tierra. A mayor presión, mejor resultado.

Quise ser perla, granitos de arena lastimando la ostra donde me cobijo. Lo negativo transformado en positivo.

Quise ser águila, volando sobre la ciclogénesis, atravesando las dificultades, traspasándolas para llegar a un cielo calmo.

Quise ser mapa y quise ser territorio. En ambos están mis creencias. En este mapa y en este territorio fui consciente que las cruzadas no se ganan en el campo de batalla, se vencen en el corazón.

Quise ser tapiz, asombrándome de mi combinación de colores y hermosura. Dando la vuelta al paño se descubre la conexión y combinación de múltiples hilos que, a la vista, no resultan tan atractivos.

Quise ser matrioska, albergando varias muñequitas en mi interior. La muñeca que es visible puede abrirse y reflejar que tiene otra dentro. En la más pequeña y escondida residen mis frustraciones, miedos y angustias. Y esa te la he mostrado. Tuve confianza para hacerlo.

Y mi sueño se ha visto cumplido. Hoy se que soy todo esto que pretendí ser.

 

Se da la vuelta y mira, de un modo altivo, a Martín.

 

MARTÍN

No se. Sólo puedo decir que te quiero. Por lo que deseaste ser y por lo que eres. 

 

Silencio de Juan. Martín sigue, de nuevo mirando al techo, y con un aire decidido: 

MARTÍN

Lo mejor es que me vaya y te deje solo.

 

Martín se levanta y sale del salón. Juan vuelve a mirar por la ventana. Y comienza a llorar. Un llanto melancólico e insonoro.

 

 

 

 

 

 

 

:: Quien bien te llora te hará querer

Antonia.

Mujer. Veintisiete años.

De raza gitana. Siete hijos. Seropositiva. Drogodependiente. Ejerce la prostitución.

Su marido, también gitano, le chulea.

Antonia.

Es vulnerable. En situación crítica. Excluida socialmente.

Vive en un reducido piso de alquiler subvencionado por una organización caritativa.

Quiere separarse. Dejar de ser meretriz. Aprender un oficio. Abandonar las drogas.

Antonia.

Hay días que mantiene -a cambio de dinero o droga- relaciones sexuales con diez o quince hombres.

Antonia.

Tiene el ojo morado cuando la conozco. Sus niños están sucios, descuidados, sin escolarizar.

Le gustan los girasoles y el color rojo.

Apenas sabe leer, escribir. Sumar o restar.

Antonia.

Canta por bulerías con su boca torcida. Camarón, dice, amo a Camarón. Muy grande.

Tiene recuerdos. De una tía abuela que leía la mano y vendía romero. La única que le trataba con afecto.

Antonia.

Te convierto en poesía para aligerar el peso de haberte encontrado y lo que ello representa.

Lole Y Manuel – Romero Verde

:: Si quieres que te sigan, ponte delante

“Día a día, lo que eliges, lo que piensas, y lo que haces, es en quien te conviertes”.

Heráclito.

Su abuela le enseñó el arte de tejer.

Entrelazar la lana, sosteniendo las agujas y el hilado como te resulte más cómodo, hija. El hilo puedes tenerlo tanto en la derecha como en la izquierda, las brochetas por arriba o por abajo. Ambos estilos, aunque al tricotar sean distintos, crean el mismo y exacto tejido final. Es magia.

Con el paso de los años recordó esas lanudas lecciones.

Y escribió en su libreta roja, frente a la chimenea de su bar favorito.

<<Nacemos y comenzamos a tejer nuestra vida, gran trama. Muchos otros participan en el proceso, como nosotros colaboramos en la confección de los que han formado parte de nuestra familia, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, entorno afectivo. Y, de este modo, nos vamos entretejiendo unos a otros.

Como cuando empecé a hacer punto inglés y me perdía a menudo, a lo largo de nuestro crecimiento como personas hay veces que nos equivocamos.  Sin remedio, deshacemos nuestro tejido. Volvemos atrás, nos damos cuenta dónde perdimos la urdimbre, aprendemos del error. Nos hacemos fuertes y más capaces.

En otras ocasiones, seguimos hilando nuestra historia sin saber hacia dónde va, cuál va a ser el producto final. Qué grande y hermoso es el proceso. Siempre podemos innovar, crear, tropezar y comenzar de nuevo.

Lo propio de cada uno es lo que nos impulsa a crear, a expresarnos y a regalarnos a nosotros mismos con nuestras creaciones. Ninguna es igual a otra. El tejedor es aquel que expresa y regala en cada obra su ser único>>.

Cuando levantó la vista de su cuaderno le vio pasar. Con ese caminar suyo tan particular.

Y su corazón se llenó de lana de los colores del arco iris.

Eva Cassidy – Over the Rainbow

:: La depresión del tiempo produce previsión

Mark trabajaba, desde que había abandonado sus estudios de secundaria, de jardinero en la autopista M25 que rodea Londres.

Llevaba un tiempo dedicado en exclusiva a su empleo. Pasaba tantas horas en los arcenes y medianas de la carretera, que sus momentos de ocio y esparcimiento eran limitados. Tan sólo los rellenaba con ver algún programa de televisión, tomar unas pintas en el pub de su barrio o dormir. Saber, él sabía que vivir era ir alzando una torre torcida, por más esfuerzos que uniera intentando mantenerla vertical.

Desde hacía unos meses, por alguna extraña razón, descuidaba su propia seguridad al realizar sus labores diarias sin el chaleco obligatorio requerido, ese que se utiliza para ser visible por los múltiples conductores que transitaban por la calzada.

Y un día frío y festivo. Una de esas jornadas que esperaba la risa. Pero la risa rodaba pintada como un payaso, ladera abajo hacia la imaginación más excesiva. Le atropelló un camión.

Estuvo en coma dos días. Si, sobrevivió. En esos días de sueño muerte, muerte sueño; vivió en un vuelo amarillo de flores enredadas. Habitaba en un espacio de luz y sangre como una gloria llevada por el aire.

Y despertó.

Se encontró en una habitación de hospital, vacía. Sólo estaba él. Ningún familiar, compañero o amigo estuvo presente en el momento que abrió los ojos. Los médicos le infundieron positivismo y, al margen de los comentarios sobre el milagro de su renacer, le dijeron que se recuperaría en unos meses. Tendría algunas secuelas, el tórax era el que más se había resentido con el accidente. Lloró él y lloraban los médicos por lo desconocido que les quedaba por cumplir, tan lleno de voluntades ajenas.

Nadie le llamaba o escribía. No recibía visitas. Fue tomando conciencia, cada día que flotaba, que estaba solo. No tenía bombones en su mesita, no había postales ni revistas. Una habitación desnuda de flores y compañía.

Uno de esos días comenzó a nevar. Desde su cama percibió la rotundidad de la tormenta de nieve. No tenía nadie a quien contarle la maravilla de ese espectáculo blanco. Sintió deseos de mandarle un mensaje a alguien y describirle la belleza que veía desde su cama, pero no encontró dentro de si mismo a quién. Y apresado por las sábanas como por una coraza, se dijo en voz alta “Estoy solo y nieva”.

Sólo él como único refugio.Imagen

*Nota de Mo Limited: amigo lector, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia.

:: Saldo a mi favor

Mi saldo disminuye cada día

Qué digo cada día

Cada minuto, cada bocanada de aire

Muevo mis dedos como si pudieran atrapar o atraparme, pero mi saldo disminuye, muevo mis ojos como si pudieran entender o entenderme, pero mi saldo disminuye.

Mario Benedetti

 

 

Capítulo 1. Vagando por la oscuridad de un pasado que está destazado en ese mismo abismo.

 

-Pero niña, ¿qué es lo que estás haciendo?

-Nada, sólo mirar.

Por lo visto era pecado la observación en aquellos tiempos de paila sobre las lumbres de casa de la abuela. Sin comas. Era verano, lo recuerdo porque me rascaba lacónicamente las dos o tres picaduras de mosquito de mi brazo y a mí sólo me libaban en agosto. Que no lo dudo. Miraba subrepticiamente, a través de aquellas ventanas maquilladas de óxido, cómo dos perros callejeros copulaban a topetazos. Mi tía Trini, arquetipo de soltera madura, por entonces recién salida de un letargo de infinitos meses de preparar su oposición a maestra, me apartó violentamente al darse cuenta de y cerró las cortinas chasqueando la lengua, dando por concluida una lección impagable de naturaleza. Indolente, decidí cambiar de tercio, no vaya a ser.

Salí a la calle, accediendo por uno de los dos caminos que llevaban a la plaza de la villa. Escogí el atajo, aquella senda que se tapizaba de babosas tras la lluvia y que por la noche amenazaba con trasgos y espíritus malignos o algo.

Pensando en comprar un duro de regalices y en pedirle la propina a mi otra tía, que vivía cerca del puerto, me encontré con mis dos primos. Los más golfos del pueblo, decía mi madre. Los tenía yo cual coraceros, tan gallardos y valientes por robar las manzanas de las diferentes pomaradas del concejo. Hazañas de las grandes. Que si.

-Nena, ¿dónde vas?

-A casa de la tía ¿qué hacéis vosotros?

-Aburrirnos. Vamos contigo.

Aunque sabía que no era buena idea, el hecho de que me acompañaran me pintaba el corazón al duco, que nadie quería venir conmigo a casi ningún sitio. Que es verdad. Atravesamos la plaza, llena de mayores de sesenta compartiendo halitosis, que a mí me duele todo, pues a mi más, paseando en aquella hora en la que parecía que les soltaran a todos. Que lo recuerdo así. Ya casi llegando al puerto, el tuerto borracho, al que llamaban el pirata, nos amenazó con condenas en el infierno por no darle un cigarrillo. Que le den. Al averno irás tú.

 

Rodriguez – I Wonder

:: Carecer de género y de ilación

La vida da giros de ciento ochenta grados, en un segundo. Qué digo segundo, en una décima, en un nanosegundo.

Wolfi comenzó a percibir que su brazo derecho estaba comenzando a sangrar. Hacía unos cuantos meses que, en esa parte de su cuerpo, se había tatuado el rostro de una loba. Cuando se lo había grabado le habían advertido que, a veces, puede ocurrir que el dibujo se infecte. Wolfi no tuvo en cuenta las consecuencias ni las consideraciones que le habían dado. Y un día el dolor era insoportable. Tanto que no era capaz de deshacerse en los mares de barbitúricos. 

El Doctor Smith, tras varias pruebas de toda índole, le dio el diagnóstico. Gangrena. Necrosis. Y no se qué más. Pero sonaba feo, muy muy feo. 

Y entonces llegó lo inevitable. <<Hay que amputar>>.

Y le segaron el brazo. Con una sierra. Con anestesia, si. 

Llegó otro dolor, pero era distinto. Desemejante. Otro.

El resplandor que concede la ausencia a todo aquello que ya no está tiene que ver con el satinado que la distancia crea. La lejanía bruñe la superficie de lo ausente y afina sus caracteres, aumenta su abstracción y lo alza hasta la pureza del concepto.

Creyó que no podría sobrevivir sin su miembro derecho. Aquel donde había tatuado una loba. Ese que le había ayudado a escribir, a atarse las botas, a comer, acariciar. Su amado brazo se llevó con él una parte de ella, la cual se dilataba en el vacío para tratar de rozar lo que se evade. 

Al principio, presa de la conmoción, negó que le hubiesen amputado su extremidad. Lo escondió. Con el paso de los días, tan evidente era que adolecía de su brazo, lo aceptó.

Un tiempo más, con paciencia, se resignó. Y cargó sobre ella la responsabilidad de vivir con un sólo miembro. Y aunque no pudo olvidar su vida, aquella de cuando tenía los dos brazos, fue capaz de no recordar. 

Wolfi se tatuó una frase en su brazo izquierdo: La ausencia dialoga con quien la siente a la manera de una historia deshuesada, reducida a un vago y ondulado resplandor.

 

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