:: Saldo a mi favor

Mi saldo disminuye cada día

Qué digo cada día

Cada minuto, cada bocanada de aire

Muevo mis dedos como si pudieran atrapar o atraparme, pero mi saldo disminuye, muevo mis ojos como si pudieran entender o entenderme, pero mi saldo disminuye.

Mario Benedetti

 

 

Capítulo 1. Vagando por la oscuridad de un pasado que está destazado en ese mismo abismo.

 

-Pero niña, ¿qué es lo que estás haciendo?

-Nada, sólo mirar.

Por lo visto era pecado la observación en aquellos tiempos de paila sobre las lumbres de casa de la abuela. Sin comas. Era verano, lo recuerdo porque me rascaba lacónicamente las dos o tres picaduras de mosquito de mi brazo y a mí sólo me libaban en agosto. Que no lo dudo. Miraba subrepticiamente, a través de aquellas ventanas maquilladas de óxido, cómo dos perros callejeros copulaban a topetazos. Mi tía Trini, arquetipo de soltera madura, por entonces recién salida de un letargo de infinitos meses de preparar su oposición a maestra, me apartó violentamente al darse cuenta de y cerró las cortinas chasqueando la lengua, dando por concluida una lección impagable de naturaleza. Indolente, decidí cambiar de tercio, no vaya a ser.

Salí a la calle, accediendo por uno de los dos caminos que llevaban a la plaza de la villa. Escogí el atajo, aquella senda que se tapizaba de babosas tras la lluvia y que por la noche amenazaba con trasgos y espíritus malignos o algo.

Pensando en comprar un duro de regalices y en pedirle la propina a mi otra tía, que vivía cerca del puerto, me encontré con mis dos primos. Los más golfos del pueblo, decía mi madre. Los tenía yo cual coraceros, tan gallardos y valientes por robar las manzanas de las diferentes pomaradas del concejo. Hazañas de las grandes. Que si.

-Nena, ¿dónde vas?

-A casa de la tía ¿qué hacéis vosotros?

-Aburrirnos. Vamos contigo.

Aunque sabía que no era buena idea, el hecho de que me acompañaran me pintaba el corazón al duco, que nadie quería venir conmigo a casi ningún sitio. Que es verdad. Atravesamos la plaza, llena de mayores de sesenta compartiendo halitosis, que a mí me duele todo, pues a mi más, paseando en aquella hora en la que parecía que les soltaran a todos. Que lo recuerdo así. Ya casi llegando al puerto, el tuerto borracho, al que llamaban el pirata, nos amenazó con condenas en el infierno por no darle un cigarrillo. Que le den. Al averno irás tú.

 

Rodriguez – I Wonder

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