:: Dos funcionarios ruedan “Gladiator” aprovechando ratos libres

Juan García y Pedro Blasco, ambos trabajadores del departamento de becas universitarias del Ministerio de Educación, decidieron dejar de leer el Diario de León y hacer sudokus en horario laboral para dedicarse a algo “de provecho”. Como se sabían de memoria la película “Gladiator”, en la que Russell Crowe encarna a un general romano que se convierte en gladiador, empezaron a recitar los diálogos y, sin darse cuenta, acabaron reproduciendo toda una secuencia. Pedro interpreta al personaje de Crowe y Juan hace el resto de papeles mientras se encarga de las tareas de dirección.

Juan y Pedro se dedican a procesar los recursos contra los fallos de las becas universitarias. “Nuestro trabajo es bastante aburrido, tenemos que vigilar que los que vienen a la ventanilla traigan unos formularios rosas. Y no les damos los formularios amarillos hasta que no nos han dado los rosas. Y lo divertido es que son exactamente iguales, lo sé porque soy yo quien se encarga de fotocopiarlos y sólo cambia el papel”. De hecho, para disponer de más tiempo para rodar la película, Juan introdujo a mediados de julio quince colores más -con cinco gamas de naranja-, por lo que aún son menos los estudiantes que deciden reclamar.

La oficina en la que trabajan está llena de elementos de atrezzo construidos con material de papelería: lanzas de portaminas, armaduras de cartulina y un pequeño coliseo construido con archivadores. Los compañeros de Juan y Pedro aseguran que su actividad cinematográfica no les molesta sino que, al contrario, les ayuda a evadirse. De hecho, muchos están ilusionados con participar en la película como extras. En ocasiones, los cineastas obligan a los ciudadanos que acuden a la ventanilla a ejercer de figurantes antes de sellarles cualquier solicitud. Esperan a que haya colas enormes para poder rodar las escenas de multitudes.

“Igual que Gladiator llega a desafiar al emperador en el Coliseo al final de la película”, explica Juan mientras termina de enganchar post-its amarillos a su camisa a modo de armadura, “a mí lo que me gustaría sería desafiar al ministro Wert o a Rajoy. No es que me hayan hecho nada o les tenga manía, pero sería un poco el equivalente. Y mi venganza no estaría motivada porque hubieran asesinado a mi hijo como en la película, sino por la crisis y el paro”.

Al parecer, ya han rodado más del 70% del film. Lo hacen en orden: lo que va al principio se rueda al principio y la escena final se rodará al final. “No sé cómo lo harán los cineastas pero nosotros somos burócratas al fin y al cabo”, aclara Pedro. Sin embargo, pese a su fidelidad, se han atrevido a modificar algunos diálogos. “No me conformo con hacer una reproducción exacta, también quiero dejar mi huella. Así que en vez de decir lo de ‘Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del Norte’, lo que digo es: ‘Mi nombre es Juan García, funcionario de grupo A y con derecho a trienios’. Esto de los trienios es lo que más me emociona porque suena como muy romano”.

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:: Te quiero como nunca nadie te ha odiado en este mundo

Volviéndose, Marco vio el dulce gesto de la camarera. Al contemplar su hermoso rostro y el sedoso pelo iluminado por la luz artificial, se le nubló la vista y los ojos se le llenaron de lágrimas. La furia le abandonó el cuerpo tan velozmente que se sintió vacío, al borde del desmayo. Pasó de estar rígido como un árbol a quedarse flojo y descoyuntado; inclinó la cabeza y la observó abiertamente.

Así recordaría siempre cómo se habían conocido, esa tarde de noviembre lento, con la mala baba carcomiendo por dentro porque le habían estafado unos idiotas. Le habían desplumado dejándole sin un duro en su cuenta corriente. En el patrimonio de su imaginación, rememoraba cómo su corazón se llenó de ella absolutamente. Acaso quedaría una sombra diminuta bajo el sol que proyectaba su figura, una mancha oscura donde no cabía ella. Aquella mujer modelaba todas las formas posibles de su alma, a veces derrotando y otras muchas ganando la partida de un amor cochambroso y, a veces, tan rotundo que los dejaba extenuados. Se amaban con odio y amargura, salpicando de temores cada día, rodeando su historia de parvas tribulaciones, ácidas aquellas fechas azucaradas.

Marco tenía un rostro con aspecto muy fingido, como el que se consigue en el camerino de un actor mediante el maquillaje. A esta impresión contribuían las hebras de pelo, que asomaban bajo el borde de la boina, permanente, que tenía forma de pala. Pero el cabello no era artificial, como no lo era ningún rasgo de su cara. Todo era obra de la caprichosa naturaleza, que parecía haberle dado el extravagante papel de un conspirador. Su faz de payaso ocultaba a la perfección sus intrigantes ojos, salvo si se observaban desde muy cerca: eran como agua de mar enturbiada por una nube de arena gris. El hecho de que la camarera más guapa del mundo se hubiese enamorado de él, era acaso un milagro o un sueño inconcebible. 

Siguieron amándose durante años y celebraban el aniversario de su eterno odio en su restaurante preferido. Pedían los mismos platos y el mismo vino, hablaban el mismo diálogo con las palabras exactas que habían utilizado en la conmemoración del año anterior, cuidando cada detalle con tanto mimo y delicadeza como si se acabaran de enamorar. Era tal la inquina que se profesaban que los mismos reproches salían a la luz en cada celebración, con la misma rabia y abominación que siempre.

:: Botellas medio llenas, las vacío de dos a tres

Hay unos tipos mundoalante que adoran la teoría gestáltica (la propia corriente artística Bauhaus utilizó principios gestálticos para sus construcciones). Sus pilares son rollo awareness (la traducción podría ser algo como “el darse cuenta”), la aceptación del aquí y ahora, cambiar los “porqués” por los “cómos”, cerrar asuntos pendientes, comprender que no hay día sin noche, maestro sin alumno ni despedida sin un encuentro. Quizá, en síntesis, podríamos rematar con la frase: “hemos eludido lo esencial” (y así nos va y tal).

Una vez esto, me hago fan de la corriente gestalt, sobre todo aplicándola a mi vida en la cueva, que yo de troglodita tengo un noventa y nueve por ciento.

Y voy y me hago preguntas de cómo estoy escribiendo estas memeces o cómo se ha llegado en los medios de comunicación al veto de hablar de la familia real, en especial de la infanta Elena que es subnormal y eso o que el campechano del Rey está ahí porque lo puso Franco, que el premio Planeta está amañado, Almodóvar hace grandes películas, pero molaba más como cantante, no sé, cosas así. También reprimen noticias como la de aquel pobre hombre que al doblar una esquina va un Euribor y violó a su mujer. La dejó embarazada y no les llega para el aborto. Tendrán que pedir otra hipoteca. Eso si, si hubiese habido sangre, lo más probable es que lo viéramos en el telediario de Matias Prats (las imágenes serán en baja resolución porque las grabó el propio hombre a través de su móvil y tal).

Me temo que acabaremos viendo en los diarios de fin de semana algo como: El próximo domingo cambiará la maquetación de la vida y las mentiras pasarán a primera página. Además, te regalamos una taza.

 

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:: Cada uno en su Dios y casa en la de todos

Sobre la importancia de cultivar nuestro propio jardín.

“No importa que es lo que tienes sino a quién tienes en la vida”

William Shakespeare

El olor a flores marchitas le recordó el tiempo que hacía que no limpiaba la casa. La pereza llevaba instalada demasiados días. Tenía la mirada en un punto fijo, detenida. Arrestado el cuerpo en una atonía de color ocre.

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Con el sonido del timbre se desabrochó a su realidad, postrado en la cama, no sabía con certeza cuántas horas llevaba allí. Esfuerzos humanos que le arrebataron del letargo.

Era el cartero. Un envío certificado. Posó el sobre sobre la mesa de la entrada y escuchó la música que provenía del vecino de abajo. Las teclas del piano, aporreadas, entraban en las juntas de los muebles y se dispersaban.  Acompañaron a los tamos y motas de polvo que colmaban cada rincón. Música y pelusas bailando un vals. Pudo escuchar su propia voz, redondeada y arrastrada, maldiciendo las sintonías y baladas que escuchaba cada día. No quiero música, necesito silencio. Sílabas aleatorias, pero todas ellas en la misma dirección. Que se callen todos los pianos.

Dispersos sus sentidos regresó al lecho. El sobre. Otro gran arresto y pudo ponerse en pie para cogerlo y abrirlo.

Era la sentencia. Desahucio. Tiene usted una semana para desalojar la casa. Los pensamientos se apretaban unos contra otros. Ásperos, manchados, desgastados.

Cayó de rodillas. Un muro de infierno en sus pupilas.

Un nuevo brío. La terraza. El golpe seco de su cuerpo sobre el suelo de la acera.

:: La realidad supera a la ficción (y viceversa)

Si decidiera hacer una novela sobre un personaje histórico, sin duda escogería a Gertrude Bell (1868-1926).

Interesante figura, poco conocida en España, pero de especial trascendencia para el mundo árabe y, en efecto, digna de ser novelada.

Son los siguientes rasgos los que han determinado mi elección: de nacionalidad inglesa, nació en pleno siglo XIX en la época victoriana. Se educó en el seno de una familia adinerada. Su madre falleció cuando ella tan solo tenía tres años.

Con dieciséis años su padre decidió matricular a Gertrud en un afamado College de Londres, allí destacó claramente en su formación en historia. Posteriormente se trasladaría a Oxford, un terreno nada apropiado para mujeres en aquellos tiempos. De hecho, su estancia académica estuvo colmada de reproches machistas, tanto del profesorado como de otros estudiantes.

Su especial condición, tanto social como ilustrada, le separó del camino que, por entonces, estaba determinado para las jóvenes de su edad: casarse y dedicarse a formar una familia.

Decidió dar un giro a su vida planteándose viajar a Irán. Allí conoció a su primer gran amor, el secretario de la embajada británica. Sin embargo, su padre denegó el permiso de matrimonio entre ambos, aduciendo la falta de fortuna económica de su posible yerno.

Regresó a su Inglaterra natal y allí escribió su primer libro detallando su periplo en Oriente. Tras nuevos viajes por Europa, donde descubriría el placer del alpinismo, quiso volver a Oriente. Esta nueva incursión le hizo aventurarse por el desierto conociendo culturas nómadas virtualmente opuestas a su entorno de la Inglaterra victoriana. Quiso plasmar esta singular expedición en un nuevo libro. En los años posteriores se trasladó a Turquía para introducirse en su nueva pasión, la arqueología. En Mesopotamia conocería a Lawrence de Arabia.

Gracias a su vasto conocimiento de la cultura árabe, el servicio de inteligencia británico, en la Primera Gran Guerra, la contrató para realizar contraespionaje militar. Fue la primera mujer de la historia en acometer semejante tarea. Tras concluir el conflicto bélico, formó parte de la construcción de Irak como país. Influyó en Churchill para coronar como rey, de este nuevo país, a Faisal. Desempeñó tareas de consejera para el monarca.

Su muerte también tiene tintes literarios, al suicidarse a los 58 años ingiriendo barbitúricos.

 

 

:: Requiem in pace

 

“Si yo no pienso en mí, quién lo hará.

Si pienso sólo en mí, quién soy.

Si no es ahora, cuándo.”

(del Talmud)

El otro día escuché a alguien decir que las personas nunca cambiamos. Esa creencia, limitante sin duda y que impide el avance humano y el propio desarrollo personal, me hizo reafirmar mi teoría de que sólo se puede variar algo en uno mismo que no aceptamos o detestamos, cuando uno deja de pelearse con ello y toma las riendas para liderar el cambio. He interiorizado también, en estos últimos años, cómo condicionamos nuestra relación con los demás creyendo que son ellos los que deberían ser de otra manera y no nosotros.

Y así, comienzo mi íntimo retiro para modificar mis sentimientos. El primer paso ha sido realizar un acto simbólico de sepelio. Hermoso hacerlo en la plaza donde nos conocimos. Escogí llevarlo a cabo de madrugada. Llovía y hacía frío, sentí que viajaba en cohete hacia la luna y que allí pasaría unos meses. Con el tiempo, ese gran aliado, serás sólo un leve sublime recuerdo y, de este modo, quiero que sea. Centrarme en mí para asimilar que, si no estoy alineado con mis valores y mi destino, es como si no existiera. Y si no existo jamás podré encontrarme con otro en mi camino, alguien con quien compartir y desarrollar mi amor. Una persona que sepa respetar de dónde vengo y en qué lugar me encuentro ahora. Un espacio donde yo siempre me prefiera a mí en lugar de a mi compañero y, a pesar de este axioma; darle alas,  amarle, cuidarle y brindarle apoyo; sin descuidarme.

Apilados los libros de autoayuda por diferentes lugares de la casa, hablando sin abrir sus páginas, queriendo decir lo que no quieres leer o escuchar. A veces, si, los epítomes hablan.

Afirma Bucay que nos gusta aseverar que no podríamos vivir sin algunos seres queridos. Él propone hacer nuestra la irónica frase con la que se sintetiza el real vínculo con uno mismo: “No puedo vivir sin mí”.