:: Te quiero como nunca nadie te ha odiado en este mundo

Volviéndose, Marco vio el dulce gesto de la camarera. Al contemplar su hermoso rostro y el sedoso pelo iluminado por la luz artificial, se le nubló la vista y los ojos se le llenaron de lágrimas. La furia le abandonó el cuerpo tan velozmente que se sintió vacío, al borde del desmayo. Pasó de estar rígido como un árbol a quedarse flojo y descoyuntado; inclinó la cabeza y la observó abiertamente.

Así recordaría siempre cómo se habían conocido, esa tarde de noviembre lento, con la mala baba carcomiendo por dentro porque le habían estafado unos idiotas. Le habían desplumado dejándole sin un duro en su cuenta corriente. En el patrimonio de su imaginación, rememoraba cómo su corazón se llenó de ella absolutamente. Acaso quedaría una sombra diminuta bajo el sol que proyectaba su figura, una mancha oscura donde no cabía ella. Aquella mujer modelaba todas las formas posibles de su alma, a veces derrotando y otras muchas ganando la partida de un amor cochambroso y, a veces, tan rotundo que los dejaba extenuados. Se amaban con odio y amargura, salpicando de temores cada día, rodeando su historia de parvas tribulaciones, ácidas aquellas fechas azucaradas.

Marco tenía un rostro con aspecto muy fingido, como el que se consigue en el camerino de un actor mediante el maquillaje. A esta impresión contribuían las hebras de pelo, que asomaban bajo el borde de la boina, permanente, que tenía forma de pala. Pero el cabello no era artificial, como no lo era ningún rasgo de su cara. Todo era obra de la caprichosa naturaleza, que parecía haberle dado el extravagante papel de un conspirador. Su faz de payaso ocultaba a la perfección sus intrigantes ojos, salvo si se observaban desde muy cerca: eran como agua de mar enturbiada por una nube de arena gris. El hecho de que la camarera más guapa del mundo se hubiese enamorado de él, era acaso un milagro o un sueño inconcebible. 

Siguieron amándose durante años y celebraban el aniversario de su eterno odio en su restaurante preferido. Pedían los mismos platos y el mismo vino, hablaban el mismo diálogo con las palabras exactas que habían utilizado en la conmemoración del año anterior, cuidando cada detalle con tanto mimo y delicadeza como si se acabaran de enamorar. Era tal la inquina que se profesaban que los mismos reproches salían a la luz en cada celebración, con la misma rabia y abominación que siempre.

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