:: Ropa tendida

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En un país multicolor vive una abeja bajo el sol y el mundo es un globo donde vivo yo.

Con estas frases hablaba con mi amiga Marce para que entendiera que alguien nos estaba escuchando, poniendo la antena, radio macuto y tal.

Así nos pasábamos las tardes de domingo, en aquel café tan parisino y mono que nos hizo pasar tan buenos momentos. Recuerdo un día concreto cuando le contaba sobre mi nuevo jefe. Aquel reluciente directivo era un hombre alto y gordo con una cara desagradable y mal diseñada. Por lo que yo sabía no había cumplido aún los cuarenta, sin embargo ya anunciaba canas y portaba una barriga tipo tambor. Tenía una voz agradable, pronunciando igual las eses que las equis y convirtiendo todos los sonidos be en uves de tal modo que eran casi efes. Cuando me lo presentaron me hizo sentar en la silla del despacho, mientras él hablaba sin cesar por teléfono. En su mesa enorme no cabían más papeles, carpetas, fotos, pastillas contra la tos y lápices de colores. Me dio la sensación que el terror de la responsabilidad le hizo disimular, sonreír y hacer como que estaba feliz con su reluciente posición laboral. Pensaba que me daba algo de pena ese hombre, tan aparentemente seguro de si mismo, recostado en ese sillón trono de cuero ilegítimo y sin dirigirme siquiera la más leve mirada. Mientras seguía charlando con no se sabe quién, dibujaba con uno de los lapiceros unos rombos diminutos en un folio en sucio y yo imaginaba una reforma del baño de mi casa. La conversación que mantenía parecía que no iba a acabar nunca, aproveché para mirar si alguien me había mandado un mensaje o un correo. La tensión empezó a acumularse cuando verifico en mi móvil que han pasado ya más de diez minutos desde que entré en su despacho. Iba dispuesta a comportarme bien, como un cordero, a darle una buena impresión. De un modo brusco colgó el teléfono, se levantó y ajustándose el cinturón vino hacia mí. Me dio dos besos en vez de un profesional apretón de manos y se sentó en la mesa de reuniones. Me dijo que quería cambiarlo todo, sacudir a la empresa de la apatía en la que estaba sumida, hacernos trabajar el doble y cobrar la mitad, que nuestros clientes se diviertan más y que nos compren el triple. Su discurso matemático cae en mí como un armario lleno de vajilla de la buena. Sobre el tablero estaba un busto de nuestro fundador, que debía pesar unos seis kilos. Me invadió la tentación de dejárselo caer sobre su cabeza. Para aliviar mis malos pensamientos, crucé las piernas que es lo que suelo hacer en estos casos.

De repente entró su secretaria sin llamar y le dice que su mujer está fuera, esperándole. Su rostro cambió perceptiblemente y le dice que le diga a su esposa que no está o que está reunido, lo que sea, que no quiere hablar con ella. Cuando su asistente cierra de nuevo la puerta, él se disculpó con la certeza que yo comprendería a la perfección su situación. Me confesó que no había ido a dormir a su casa desde el sábado y que su pareja creía que estaba –desde entonces- trabajando a destajo para ponerse al día en su nuevo puesto. 

Sin embargo la verdad es que ha estado con su amante en su pequeño apartamento de Candás, sin cobertura ni acceso a Internet. En ese momento cobra fuerza el tirarle la escultura y decirle que es un mamón. Sin embargo, templé los ánimos y le dije que no era necesario que me contara nada de su vida personal.

Justo cuando estoy contando esta parte de la historia a Marce, una elegante mujer que teníamos en la mesa de al lado, se me acerca y me pregunta de un modo educado si trabajo en la cadena de perfumerías Marion Pedrero. Sorprendida le digo que si, que así es. Me da las gracias y me espeta que ella es la mujer de mi jefe. Que se alegra de haber escuchado nuestra conversación. Marce y yo no sabemos, en ese momento, donde meternos. Trágame tierra, disuélveme café o lo que sea, hubiésemos querido desaparecer de allí. No estar. Desde entonces solemos, cuando vamos a tomar nuestro tentempié en ese lugar mágico, observar si alguien está cerca pendiente de lo que hablamos y, en caso afirmativo, solemos hablar en clave.

Marce: hay ropa tendida. En un puerto italiano vive nuestro amigo Marco. Parece que va a llover. 

 

 

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:: Consultorio de Elena Francis

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Estimada Señorita Francis:

Le escribo porque estoy desesperado. Hoy he llegado a casa y me he encontrado a mi mujer en la cama. Estaba durmiendo y eran las dos de la tarde. Lleva así meses, sumida en una honda tristeza y no quiere levantarse, apenas come y deja morir las horas postrada. Cuando le pregunto qué le ocurre me contesta que nada, que la deje allí. Que sólo quiere estar echada. Rechaza todas mis muestras de cariño y no quiere visitar al médico o que algún doctor se acerque a casa para verla. Antesdeayer estuvo llorando prácticamente toda la noche y, a pesar de mis intentos de consolarla, no fue posible. Cada vez está más delgada y temo por su salud mental y física. Ayer estuvo encerrada toda la tarde en el baño y me inquietaba que pudiera cometer alguna locura. Cuando salió estaba con los ojos hinchados del llanto y se metió de nuevo en la cama, sin atisbos de mejora o ganas de hacer nada.

Ya no le agrada leer o escuchar la radio, actividades que antaño le resultaban placenteras y de las que disfrutaba. Salir de casa le parece un mundo y no quiere hablar con sus amigas o hermanas, que siempre suelen llamar por teléfono interesándose por ella.

Por favor le pido ayuda, no se qué hacer ni a quien recurrir. Soy un fiel admirador de su programa desde siempre y espero que, en este caso, pueda echarme una mano.

Gracias por anticipado.

Atentamente le saluda,

 

 

Mario López

 

 

 

Estimado amigo oyente:

Acabamos de recibir su carta en la cual se recoge el testimonio de su relación afectiva. Intentaremos dar cumplida respuesta a su solicitud con el ánimo de poder ayudarle y orientarle en este duro momento. Esta misma cuestión saldrá en las ondas el próximo jueves, a las cuatro de la tarde. 

Esperamos sirva de consuelo y orientación.

Reciba un atento saludo,

 

Elena Francis

 

 

 

 

 

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Consultorio_de_Elena_Francis

 

:: Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

Cuando encontraron a la niña acababa de anochecer en aquella ciudad tranquila. Una noche fría y oscura con tintes de humedad y olor a sotobosque que acogía los llantos de la pequeña, haciéndolos propios, pareciendo que llorara la noche. A la menor la habían abandonado haría una semana, dejándola apenas sin ropa para abrigarse, sin alimento, en un remoto lugar a las afueras. Al recoger su diminuto cuerpo tembloroso, pleno de terrores y miedos, hambriento y con toda la sed acumulada por las horas sin agua; se quedó dormida al abrigo de los brazos de aquel policía corpulento y tierno.

Nadie reclamaba a aquel ser indefenso, fue inmediatamente trasladada a la unidad pediátrica del hospital provincial donde estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante dos largas semanas. La deshidratación y el estar tanto tiempo a la intemperie habían logrado que el color de su piel se viera modificado, simulando ser una fruta marchita que se apaga con el paso de las horas. El agente iba a visitarla todos los días, siendo la única persona que –desde el cariño- le tomaba la manita, le leía cuentos, le animaba a continuar adelante.

A la recuperación de su salud se añadía la tranquilidad y la serenidad que le infundía el hombre que la había rescatado. Con el paso del tiempo pudo reposar sus emociones y se decidió a hablar, relatando todo lo que le había sucedido. Estaban presentes el policía, un fiscal de menores, su médico y un asistente social. Sobre la mesa su expediente de salud y otras tantos papeles que se esparcían por la superficie rugosa.

Me llamo Mara y tengo once años. Vivía con mi madre en una casa baja del barrio gótico, no se quién es mi padre. No tengo hermanos ni más familia que yo sepa. Mamá me dejaba muchas horas sola, no se si trabaja o no. He ido al colegio hasta el año pasado, este curso ya no he ido porque mamá no me llevaba. Un día mamá me llevó lejos, yo le preguntaba a dónde vamos y ella no me contestaba. Al llegar donde me encontrasteis, me dijo que me quedara allí que ella volvería pronto. Yo quise ir detrás de ella pero, para que no lo hiciera, me dio una paliza tremenda. Nunca regresó.

Los cuatro adultos que escuchaban atónitos el relato, no pudieron ni siquiera mirar a los ojos de Mara, se incomodaron tanto que la silla les parecía el peor sitio donde podían estar sentados en ese momento. El policía que no podía cesar de sollozar, se levantó y fue a abrazar a la niña en una escena mágica, que parecía sacada de una película americana.

Al día siguiente fueron a buscar a la madre pero en aquella casa ya no vivía nadie. Preguntaron a vecinos y a curiosos que se acercaban al ver el séquito que acompañaba a Mara; varios detectives y adultos con semblante serio. Ninguno supo o quiso facilitar información sobre el paradero de la madre.

Al día siguiente Mara fue trasladada a un centro de menores, su hogar de acogida hasta que cumplió dieciocho años.

 

* Este es mi pequeño homenaje a todos los niños que sufren o han sufrido de abandono. Según datos de diferentes organizaciones gubernamentales, millones de menores de edad sufren en el mundo de abandono por orfandad o son retirados por el Estado al ser sus padres incapacitados por drogodependencia, maltrato o situación económica extrema. A este tipo de abandono físico, me gustaría nombrar el abandono emocional. Cuando los padres dejan de dar amor a sus hijos, les maltratan, desprecian y les infunden complejos. Este tipo de situaciones hacen que estos niños, en su vida adulta, sufran de diferentes patologías físicas y emocionales derivadas de la falta de afecto.

 

 

:: Lavar y marcar las distancias

Los siete mil trenes que tomó para irse lejos y las diecisiete millones de horas que pasaron no lograron que Bernardo pudiera olvidar. Se llevaba a si mismo, un equipaje pesado que se pega como la miel en las manos, a manera de cómo se adhiere el amor de los niños a sus padres, igual que el velcro que agarra entre si las cortinas del viejo hotel donde lo dejó tirado. Su teléfono no paraba de sonar, llamadas anónimas y ocultas, números conocidos que no cesaba de rechazar. El agobio y el miedo por no atender al móvil le impidieron conciliar el sueño durante mil años, le producía acidez en el estómago, marcaba su gesto arrugando todo el rostro simulando un papel de periódico que se quema en la chimenea. El fuego de la desdicha que lo arrastra todo, salvo el sufrimiento. 

Siendo autista por necesidad y cambiando su aspecto cada semana; de hirsuto a peludo, de moreno a rubio, cortándose el cabello, fue tranquilizando sus momentos e incluso logró dejar de lado la historia de su relación con aquellos matones. Hombres que le habían dado la oportunidad de enriquecerse a cambio de segar vidas humanas. La última misión encomendada fue la de cargarse al Director del Banco Axis de un pueblo remoto de Castilla. Los motivos no los tenía claros pero, tras muchas muertes a sus espaldas, decidió que debía parar. Girar a y media en vez de quedarse en punto, darse otra oportunidad, vivir otras situaciones que no tuvieran nada que ver con sangres y venganzas. Pasar de la lluvia al sol y del frío al calor; o viceversa, de menos cuarto a y cuarto, agarrar el cambio. 

La eterna diatriba de si optar por hacerlo o abandonarlo en aquel pueblo de mala muerte. Reposado el tiempo en seiscientas camas distintas pudo enfrentar su realidad de fugitivo. Ahora querrían asesinarlo a él, sabía demasiado y conocía los entresijos de una banda de mafiosos de reputación salvaje. Parecía un protagonista de una película de bajo presupuesto, huyendo sin sentido y con un guión flojo que desilusiona incluso al espectador sin expectativas.

 

*Nota de Mo Limited: amigo lector: te propongo dos finales, elige el que más te convenza. Hoy no me persuade nada y quiero contar contigo. 

Final #1: 

No tardaron en encontrarle, tal vez fueron unos nueve mil años lo que les costó dar con él; sin embargo pudieron localizarle en Menorca. Allí había planteado una nueva existencia, entre el mar y la arcilla que había aprendido a modelar para hacer figuras de barro que luego vendía en los mercadillos y en tiendas de artesanos. Le mataron por la espalda, acribillado a balazos y sin poder ver el rostro de su verdugo. La sangre se mezclaba con la cerámica que él estaba trabajando en ese momento, un manto de rojo sobre bermellón, negros y marrones, coágulos de tierra carmesí que inundaron todo. 

Final #2:

Nunca fue localizado a pesar de los intensos esfuerzos de los matones. Con el pelo rasurado y bigote fue pasando desapercibido durante cerca de seis mil quinientos años y nadie logró dar con él. La nueva vida le dio la oportunidad de hacer amigos, de formarse en el oficio de peluquero en Melilla, de alquilar una casa grande y compartir su tiempo con una mujer tranquila que no hacía preguntas sobre su pasado. Lo que siempre le encontraba era los recuerdos de todos los hombres que había aniquilado, le hallaban siempre; por la noche o en el supermercado, haciendo el amor o leyendo un libro de cocina, barriendo pelos o viendo un partido de tenis.

 

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Foto: ilustración de Yoshitomo Nara 

 

 

 

:: Shakespeare hablaba de la muerte como si nada

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Las palabras que pueden frotarse y entrar por los poros son las que yo quiero utilizar para decirle que me estoy muriendo. Enfermé hace dieciséis meses al modo de un perro que come en silencio, el mal entró en mi cuerpo confundiéndome y dejándome con una aguda extrañeza, como el hilo rojo sobre la tela negra. La soledad del enfermo terminal es demasiado ruidosa, una novedad sin sentido que ha ido invadiendo todas mis horas. El triunfante mundo exterior quedó diluido en un espacio aparte, sin jugar a formar parte de mi subsistencia, desapareciendo cada minuto ahogando los oxígenos destinados a favorecer mi leve vida.

Tal vez pudiera escribirle un poema y detallar con un talante sutil que me encuentro con la gracia de ser y estar para siempre, trascender en él por los días que pasamos juntos. La poesía conversa, y habla porque mira pero no ve. Mi realidad invade los sentidos dejándolos en un estado aletargado, quedando bajos de energía y oscuros.

Hoy mi conversación interna discurre entre el debate de cómo explicarle que me muero, que en una brevedad con sello de autenticidad no estaré presente; frente a no decirle nada, mantenerme callada y albergar la verdad en mi baúl de los disimulados. Todos los enfermos forman una caterva de imitadores de la propia esencia del humano, en el momento que nos llega la dolencia incurable es cuando nos convertimos en lo mismo; seres vivos sufriendo para despedirse de los suyos, de su entorno de seguridad, de ellos mismos.

Y aquí estoy hoy, en el debate de tantos otros que –en este preciso instante- piensan igual que yo. No quiero morir, no deseo dejar este mundo, no me quiero separar de mí, el típico porqué yo y no aquél, porqué si soy joven y aún no he terminado de cumplir mis sueños, mi función, mi deseo de convertirme en una estrella del rock. La rabia, la ira y la frustración como compañeros de pupitre.

Se cierra el telón y no puedo hacer un bis.