:: Lavar y marcar las distancias

Los siete mil trenes que tomó para irse lejos y las diecisiete millones de horas que pasaron no lograron que Bernardo pudiera olvidar. Se llevaba a si mismo, un equipaje pesado que se pega como la miel en las manos, a manera de cómo se adhiere el amor de los niños a sus padres, igual que el velcro que agarra entre si las cortinas del viejo hotel donde lo dejó tirado. Su teléfono no paraba de sonar, llamadas anónimas y ocultas, números conocidos que no cesaba de rechazar. El agobio y el miedo por no atender al móvil le impidieron conciliar el sueño durante mil años, le producía acidez en el estómago, marcaba su gesto arrugando todo el rostro simulando un papel de periódico que se quema en la chimenea. El fuego de la desdicha que lo arrastra todo, salvo el sufrimiento. 

Siendo autista por necesidad y cambiando su aspecto cada semana; de hirsuto a peludo, de moreno a rubio, cortándose el cabello, fue tranquilizando sus momentos e incluso logró dejar de lado la historia de su relación con aquellos matones. Hombres que le habían dado la oportunidad de enriquecerse a cambio de segar vidas humanas. La última misión encomendada fue la de cargarse al Director del Banco Axis de un pueblo remoto de Castilla. Los motivos no los tenía claros pero, tras muchas muertes a sus espaldas, decidió que debía parar. Girar a y media en vez de quedarse en punto, darse otra oportunidad, vivir otras situaciones que no tuvieran nada que ver con sangres y venganzas. Pasar de la lluvia al sol y del frío al calor; o viceversa, de menos cuarto a y cuarto, agarrar el cambio. 

La eterna diatriba de si optar por hacerlo o abandonarlo en aquel pueblo de mala muerte. Reposado el tiempo en seiscientas camas distintas pudo enfrentar su realidad de fugitivo. Ahora querrían asesinarlo a él, sabía demasiado y conocía los entresijos de una banda de mafiosos de reputación salvaje. Parecía un protagonista de una película de bajo presupuesto, huyendo sin sentido y con un guión flojo que desilusiona incluso al espectador sin expectativas.

 

*Nota de Mo Limited: amigo lector: te propongo dos finales, elige el que más te convenza. Hoy no me persuade nada y quiero contar contigo. 

Final #1: 

No tardaron en encontrarle, tal vez fueron unos nueve mil años lo que les costó dar con él; sin embargo pudieron localizarle en Menorca. Allí había planteado una nueva existencia, entre el mar y la arcilla que había aprendido a modelar para hacer figuras de barro que luego vendía en los mercadillos y en tiendas de artesanos. Le mataron por la espalda, acribillado a balazos y sin poder ver el rostro de su verdugo. La sangre se mezclaba con la cerámica que él estaba trabajando en ese momento, un manto de rojo sobre bermellón, negros y marrones, coágulos de tierra carmesí que inundaron todo. 

Final #2:

Nunca fue localizado a pesar de los intensos esfuerzos de los matones. Con el pelo rasurado y bigote fue pasando desapercibido durante cerca de seis mil quinientos años y nadie logró dar con él. La nueva vida le dio la oportunidad de hacer amigos, de formarse en el oficio de peluquero en Melilla, de alquilar una casa grande y compartir su tiempo con una mujer tranquila que no hacía preguntas sobre su pasado. Lo que siempre le encontraba era los recuerdos de todos los hombres que había aniquilado, le hallaban siempre; por la noche o en el supermercado, haciendo el amor o leyendo un libro de cocina, barriendo pelos o viendo un partido de tenis.

 

Imagen

 

Foto: ilustración de Yoshitomo Nara 

 

 

 

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