:: Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

Cuando encontraron a la niña acababa de anochecer en aquella ciudad tranquila. Una noche fría y oscura con tintes de humedad y olor a sotobosque que acogía los llantos de la pequeña, haciéndolos propios, pareciendo que llorara la noche. A la menor la habían abandonado haría una semana, dejándola apenas sin ropa para abrigarse, sin alimento, en un remoto lugar a las afueras. Al recoger su diminuto cuerpo tembloroso, pleno de terrores y miedos, hambriento y con toda la sed acumulada por las horas sin agua; se quedó dormida al abrigo de los brazos de aquel policía corpulento y tierno.

Nadie reclamaba a aquel ser indefenso, fue inmediatamente trasladada a la unidad pediátrica del hospital provincial donde estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante dos largas semanas. La deshidratación y el estar tanto tiempo a la intemperie habían logrado que el color de su piel se viera modificado, simulando ser una fruta marchita que se apaga con el paso de las horas. El agente iba a visitarla todos los días, siendo la única persona que –desde el cariño- le tomaba la manita, le leía cuentos, le animaba a continuar adelante.

A la recuperación de su salud se añadía la tranquilidad y la serenidad que le infundía el hombre que la había rescatado. Con el paso del tiempo pudo reposar sus emociones y se decidió a hablar, relatando todo lo que le había sucedido. Estaban presentes el policía, un fiscal de menores, su médico y un asistente social. Sobre la mesa su expediente de salud y otras tantos papeles que se esparcían por la superficie rugosa.

Me llamo Mara y tengo once años. Vivía con mi madre en una casa baja del barrio gótico, no se quién es mi padre. No tengo hermanos ni más familia que yo sepa. Mamá me dejaba muchas horas sola, no se si trabaja o no. He ido al colegio hasta el año pasado, este curso ya no he ido porque mamá no me llevaba. Un día mamá me llevó lejos, yo le preguntaba a dónde vamos y ella no me contestaba. Al llegar donde me encontrasteis, me dijo que me quedara allí que ella volvería pronto. Yo quise ir detrás de ella pero, para que no lo hiciera, me dio una paliza tremenda. Nunca regresó.

Los cuatro adultos que escuchaban atónitos el relato, no pudieron ni siquiera mirar a los ojos de Mara, se incomodaron tanto que la silla les parecía el peor sitio donde podían estar sentados en ese momento. El policía que no podía cesar de sollozar, se levantó y fue a abrazar a la niña en una escena mágica, que parecía sacada de una película americana.

Al día siguiente fueron a buscar a la madre pero en aquella casa ya no vivía nadie. Preguntaron a vecinos y a curiosos que se acercaban al ver el séquito que acompañaba a Mara; varios detectives y adultos con semblante serio. Ninguno supo o quiso facilitar información sobre el paradero de la madre.

Al día siguiente Mara fue trasladada a un centro de menores, su hogar de acogida hasta que cumplió dieciocho años.

 

* Este es mi pequeño homenaje a todos los niños que sufren o han sufrido de abandono. Según datos de diferentes organizaciones gubernamentales, millones de menores de edad sufren en el mundo de abandono por orfandad o son retirados por el Estado al ser sus padres incapacitados por drogodependencia, maltrato o situación económica extrema. A este tipo de abandono físico, me gustaría nombrar el abandono emocional. Cuando los padres dejan de dar amor a sus hijos, les maltratan, desprecian y les infunden complejos. Este tipo de situaciones hacen que estos niños, en su vida adulta, sufran de diferentes patologías físicas y emocionales derivadas de la falta de afecto.

 

 

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