:: El huracán

Reducido el temor de que Sánchez no vendría, desplegué los periódicos de la mañana, buscando el olvido en la fenomenología de la previsión de otro huracán. Leída, como manda la diacronía, en primer lugar la prensa, y cuando si no apasionada por las noticias sí me encontraba sosegadamente aburrida, se produjo esa fatal trastada de la sugerencia, que el Destino –en este caso, en forma de artes gráficas- suele jugarnos a fin de demostrar que sólo el azar rige nuestras previsiones.

Nuestra casa salía volando con todo el mobiliario, los libros, los sueños y los recuerdos.

En la terraza, la sombra conservaba un regodeo crepuscular. Media hora más de ensoñación y soliloquio y, como único lazo de unión con mis semejantes, sólo dispondría yo de mi imaginación de tornados que se nos llevaban todo.

Sánchez llegó con una maleta cubierta de pegatinas y abrigada con un cinturón de cuero. No hizo falta que habláramos más de lo necesario. El temor de aquel ciclón con nombre nos había dejado casi mudos, saliva ahorrada para que no vuele con el viento imposible de detener.

Comenzó a guardar lo que creía digno de ser salvado. Una pipa, la gorra de marinero de su abuelo y el diccionario bilingüe.

¿Y yo? –le pregunté- ¿Quepo yo en esa maleta?.

 

Anuncios

:: Más pasado que futuro

 

 

Imagen

Ayer cumplió 76 años. Nació en el 38, en plena Guerra Civil. Es el más pequeño de cuatro hermanos, educado en la carencia, el miedo y sin conocer a su padre. A éste lo apresaron los nacionales, por ser concejal del Gobierno de Azaña en una pequeña localidad de la provincia de León, viviendo con la pena de muerte despertándole muchas mañanas en diferentes prisiones del norte.

Pudo ver su rostro cuando tenía 12. Lo liberaron tras una amnistía política y, desde ese momento, sintió aún más la vergüenza de tener un padre rojo y ex presidiario. Los vecinos y maestros le señalaban con dedos acusadores y le forzaban a esconder sus verdaderos sentimientos y temores.

El dinero escaseaba en aquella casa donde el negocio, regentado por su madre, estaba en la parte de abajo. Un comercio de ultramarinos donde el estraperlo formaba parte del cotidiano escenario de un mundo de cartillas de racionamiento. Con un esfuerzo titánico y la fuerza de aquel matriarcado pudieron salir adelante. Su hermano mayor logró cumplir su sueño de estudiar en Madrid una ingeniería y él tuvo que conformarse con una formación de perito y construir objetivos de irse de aquel patio de dolor, formar una familia y conseguir que su madre, a la que idolatraba, estuviera orgullosa de él.