:: El huracán

Reducido el temor de que Sánchez no vendría, desplegué los periódicos de la mañana, buscando el olvido en la fenomenología de la previsión de otro huracán. Leída, como manda la diacronía, en primer lugar la prensa, y cuando si no apasionada por las noticias sí me encontraba sosegadamente aburrida, se produjo esa fatal trastada de la sugerencia, que el Destino –en este caso, en forma de artes gráficas- suele jugarnos a fin de demostrar que sólo el azar rige nuestras previsiones.

Nuestra casa salía volando con todo el mobiliario, los libros, los sueños y los recuerdos.

En la terraza, la sombra conservaba un regodeo crepuscular. Media hora más de ensoñación y soliloquio y, como único lazo de unión con mis semejantes, sólo dispondría yo de mi imaginación de tornados que se nos llevaban todo.

Sánchez llegó con una maleta cubierta de pegatinas y abrigada con un cinturón de cuero. No hizo falta que habláramos más de lo necesario. El temor de aquel ciclón con nombre nos había dejado casi mudos, saliva ahorrada para que no vuele con el viento imposible de detener.

Comenzó a guardar lo que creía digno de ser salvado. Una pipa, la gorra de marinero de su abuelo y el diccionario bilingüe.

¿Y yo? –le pregunté- ¿Quepo yo en esa maleta?.

 

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