TRIBU

Leo y respiro las cartas, que se escribían mis abuelos, como si bebiese de un solo trago una botella de vida plena. Un tiempo donde viven, sueñan, aman, trabajan y mueren los personajes de una historia de familia.

Pepe, mi tío abuelo, amaba la naturaleza y las aves, de modo especial. Era capaz de predecir el tiempo que iba hacer el día posterior o el siguiente, sólo con observar el comportamiento de los gorriones y golondrinas. Unas jornadas previas a su muerte, cautivó a una lechuza que se posó, de un modo fugaz, sobre el alféizar de su ventana. Imitaba perfectamente el sonido de los Strigiformes, de tal forma que aquel pobre mochuelo creyó que una hembra estaba en celo. Con ello, sólo pretendía Pepe alimentar la leyenda de que los búhos y lechuzas anuncian la llegada de un fallecimiento. Y así fue. A las pocas horas de que el ave apareciera aquellos segundos, Pepé murió plácidamente cumpliendo con el momento del adiós definitivo que el destino le tenía preparado.

La ausencia de mis ancestros es una víscera. El legado que cargamos a nuestras espaldas, duele a apellidos sencillos y a cosas inacabadas. El aroma de aquellos guisos sobre la cocina de carbón, lo llevamos tatuado en la pituitaria y, cada vez, que un olor se le asemeja, una sonrisa triste se nos dibuja en el rostro. Huele al pote de la abuela, pensamos y a veces verbalizamos.

En esta genealogía, las mujeres han cumplido con su papel de débiles y ausentes. Sin embargo, la bisabuela Eustaquía componía un carácter fuerte y severo que infundía miedo y respeto a partes iguales. Con un vientre fértil dio vida a siete hijos sanos y fuertes, con suficiente inteligencia para afrontar una vida llena de avatares, sacó adelante a todos ellos. Les fue inculcando valores y tradiciones que aún, muchos de los que aquí nos encontramos, lo llevamos al hombro. No sé si por genética o por ósmosis. El gusto por comer y la lectura ha ido empapando a todos. No hay casa de los nuestros donde los libros y las exquisiteces no rellenen los huecos que les corresponden. La pasión la dedicamos al arte y la política, dejándonos nuestra vehemencia, exhaustos para dormir una siesta de herencia.

Todo aquel que se iba cruzando con nuestra estirpe, se ha sentido atraído por nuestra forma de entender la vida. Mi padre tuvo que aprender a beber vino, fumar habanos y a conocer platos que, en su casa jamás había probado, para corresponder a nuestra raza de paladares eruditos. Mi abuela, que había dejado la escuela muy pronto, se afanó escrupulosamente en comprar libros de cocina para complacer a su marido. Y así surgieron platos estrella, hechos con cariño y actitud, como el bacalao ajo arriero o el pote asturiano que eran conocidos en toda la villa.

Mi abuelo era de los pocos que, entonces, tenía una máquina de escribir en su casa. Recuerdo cómo, siendo niña, escuchaba aporrear aquellas teclas, desde el piso de arriba, e intentaba imaginar qué podría estar escribiendo a aquellas horas. Con el tiempo me he enterado que redactaba artículos para un periódico local. Crónicas sociales muy ligeras con las que se ganaba un sobresueldo, ampliaba sus recursos y agasajaba a su mujer.

Mi abuela, agradecida a la vida por haberse podido casar con un hombre de bien, ayudaba en lo que podía a su propia familia y a sus amigos de la infancia. Cuando alguna de sus compañeras de colegio o vecinas se casaba, el regalo que siempre mi abuela les hacía, era el de llenarles la despensa para cuando inauguraran su vida en común. Aceite, arroz, garbanzos, fideos, lentejas, sal, azúcar. Todos esos paquetes, bien ordenados y dispuestos para empezar un nuevo camino, eran especialmente bien recibidos por los novios que lloraban de felicidad al ver sus estantes con aquellos presentes.

En esta familia desconfiamos de los que comen poco y mal. Tampoco nos generan simpatía aquellos que no leen o que tienen libros en casa para adornar los salones. Cualquier invitado que tenemos debe cumplir con los requisitos de cultura gastronómica y artística. En caso contrario, las veladas discurrirán desapacibles y tensas. Si, por el contrario, nuestros convidados se muestran receptivos a nuestro agasajo culinario y desparpajo verbal, la jornada se deslizará con patines sobre cera. Una noche de fiestas, mis abuelos habían invitado a algunos amigos y familiares a cenar. Entre los amigos se encontraba la mujer de un empleado de mi tío abuelo Serafín. Aquella señora, poco agraciada y de sonrisa difícil, se mostró especialmente antipática a ojos de nuestra raza, de tal modo que apenas comió (decía que no le gustaba el marisco) y cabeceaba en el punto álgido de una interesante tertulia en la que se discutía si la pluma de Francisco Umbral era mejor que la de Camilo José Cela. Mi abuelo, que se había percatado al minuto uno del talante de esta dama, al concluir aquel convite a altas horas y despedir a cada uno de los asistentes, no pudo morderse la lengua para decirle al marido: “No sólo te casaste con la más fea por fuera, sino también con la más grotesca por dentro que hay en veinte kilómetros a la redonda”. Eso hizo que dejaran de hablarse durante treinta años. Mi abuela tuvo que disculparse al día siguiente, a espaldas del abuelo, aunque no logró con ello que germinará una enemistad que duró una eternidad.

Aquí hay otro factor a destacar. El orgullo. Esa esencia que no nos permite ser flexibles y aceptar otros argumentos, otras opiniones, otras formas de ver y entender la vida. Esa suficiencia no permitió al abuelo dar su brazo a torcer y pedir perdón a aquella pareja. Él se sintió defraudado y dolido por compartir mesa y mantel con aquella mujer. Todo lo demás le parecía inapropiado y no cabía intentar hacerle cambiar de manera de pensar. En muchas comidas posteriores, mi abuelo aludía a aquella escena y se jactaba, incluso, del comentario que le había hecho a aquel hombre. Mi abuela, con su carácter conciliador, intentaba quitar hierro al asunto, comentando que no todos somos iguales y que es bueno respetar al prójimo. Este tipo de apostillas le dolían especialmente al abuelo. Para él sólo había una forma de ser que era la suya y la de su familia. Y así se lo transmitió a sus tres hijos.

Mis tíos y mi madre llevan hasta la última consecuencia, el legado de nuestra alcurnia. En especial mi tío Julio. Sus excesos con el buen comer le llevaron a sufrir un infarto de miocardio que le obligó, muy a su pesar, a realizar una dieta rigurosa. Alejado de todo lo que amaba profundamente, acabó sumido en una gran depresión que le duró años.

Cuando asesinaron a mi padre, el que tomó las riendas de nuestra casa; incluyendo valores patrimoniales, así como mi educación y la de mis hermanos, fue mi abuelo. Él no se rindió al duelo y a la pesadumbre que ensombrecía nuestros días. Fue capaz de coser con destreza nuestros desconsolados corazones y sacarnos adelante uno a uno. Mi hermana Sara, con síndrome de Asperger, fue la primera que –debido a su falta de comprensión de los sentimientos naturales del ser humano- pudo nombrar las cosas por su nombre y empezar a cuestionarse el motivo por el que habían matado a nuestro padre. Cuando encontraron a su verdugo, tras una investigación de casi dieciocho meses, el dobladillo que parecía dar forma a nuestra existencia, se tensó verificando que aún necesitaba arreglos, aunque nos costó admitirlo. Confesó, acorralado, que mi padre le había traicionado cuando eran jóvenes. Tan sólo mi tía Mari recordaba aquel asunto. Nunca supimos lo qué había ocurrido realmente. Mi abuelo nos protegió con un velo gris que no nos dejaba ver más allá de nuestras cuatro paredes y las del colegio. Es el día de hoy que ya no hablamos de ello. Recordamos a mi padre el día de su santo, descorchando un buen vino y paladeando alguna delicatesen. No nos permitimos más.

En ese camino tortuoso de dolor y vacío, mi madre decidió ahogar las penas en alcohol a pesar del coraje de mi abuela por intentar evitarlo. Ha vuelto a rehacer su vida, no en el sentido estricto de volver a tener un compañero de alcoba, sino de recuperar su sonrisa y aficiones; como la de estudiar francés o tocar el piano. Nos levanta dolor de cabeza cuando aporrea el viejo Yamaha, pero preferimos escuchar cómo interpreta a Beethoven que verla agitar un vaso con hielos y whisky. Recuerdo cómo nos avergonzaba en la escuela el tema de nuestros padres; uno hallado muerto a cuchilladas y la otra alcoholizada por la pena. Nos costó la adolescencia un puñado de insultos y moratones. Hoy, ya como adultos responsables, llenamos nuestro bagaje vital con aquellas señales, cicatrices antiguas que a veces pican con el cambio de tiempo o de luna.

Para alegrarnos un poco aquellos tiempos de sutura, los abuelos nos invitaban a helados los domingos y organizaban cenas temáticas los sábados. En éstas, mi madre aprovechaba para beber sin ser controlada mientras nosotros aprendíamos lecciones de mayoría de edad, sin darnos cuenta siquiera. La que recuerdo con exclusiva intensidad fue una cuya materia era  la película “Cabaret”. Todos los invitados se vistieron de los felices años veinte y fue francamente deliciosa. Mi hermano mayor besó por primera vez a una chica, yo prendí un cigarro que me hizo detestar para siempre el tabaco y mi hermana Paula logró pegar un trago a un cóctel estrambótico que hizo un amigo de la familia. Le pareció tan horrible que nos estuvo hablando de aquel odioso combinado durante toda la semana. Mis abuelos reían con la anécdota mientras mi madre arrastraba los pies por las salas, plena de resacas antiguas.

El abuelo murió una noche de diciembre. Asomó su enfermedad a finales del verano y la escondió a la abuela y a todos nosotros. Cuando le ingresaron en el hospital de veteranos, una punzada de intuición nos sacudió a todos. Aquellas navidades fueron las más tristes del mundo. El desconsuelo acampó en nuestros jardines y los pilares de nuestra ralea comenzaron a tambalearse. La abuela, vestida de luto con el negro más intenso, intentó con cordura mantener los valores que sólidamente mi abuelo fue forjando y descorchó la noche de su entierro las mejores botellas de la bodega.

Estaban reservadas para un momento único y creyó que aquel día era el apropiado para ello. Todos bebieron aquel elixir de dioses y recordaron, no sin amargura, más de mil anécdotas donde mi abuelo era el protagonista. Fue el funeral más populoso que se haya visto jamás. La iglesia, el cementerio y nuestra casa estuvieron abarrotados. Todos quisieron agasajar y corresponder a aquel hombre de buena amistad,  amante de la buena gastronomía, el arte y la literatura.

La lectura del testamento abrió más de una llaga. Dejó claramente establecido para quiénes serían sus propiedades y sus ahorros. Como suma a ello, escribió una carta a cada uno de los herederos que originó que se hablara de nosotros durante un tiempo, más de lo debido creo yo con la distancia temporal. A mí me destinó una de las fincas de la playa y en la misiva tan sólo estas letras: “Disfrútala con las delicias del mar y baila al son de las olas. Carpe Diem”. Supuso un choque ver su singular y trémula caligrafía en aquella hoja amarillenta que olía a cajón y a tinta rota. Aún me emociona leerla, la guardo cerca con un cariño de nieta preferida.

La abuela decidió morirse unos meses después que mi abuelo. La pena la fue secando y consumiendo. No encontraba sentido a nada y su piel se iba marchitando y arrugando, cada día cambiaba de tono. Mi madre y mis tíos apostaron a que, si seguía así, no duraría más de un año y, en efecto, así fue. El acierto, muy desconcertante, los alivió en algún modo y fueron capaces, entre todos, de atravesar el barranco por la irreparable pérdida de sus padres.

En una de las cartas que se conservan en la casa de mi madre, mi abuelo se despide de mi abuela del siguiente modo: “Ten en cuenta, cariño mío, que cuando lleguen los malos momentos, cuando te sientas sola y sin fuerza, recuerda que hay unos brazos extendidos que te esperan para levantarte, no para hacer que las cosas te vayan mejor, sino para ayudarte a saberlas mejorar por tu cuenta. No tienes porqué vivir sola a menos que así lo desees”. Ahí radica uno de los pilares de nuestra esencia que no quiero perder y que intento educar, con el mismo propósito, a mis hijos.

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(Mi primera publicación en un libro)

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