:: De puntillas

Por mucho que se esforzara Marita en alcanzar el último estante, subida a aquel pequeño taburete de madera, no lograba el objetivo de cazar la tableta de chocolate. La golosina la escondía su abuela pretendiendo que la nieta no comiera dulce entre horas. Eran casi las tres y media, de un anodino día de diciembre, cayendo la tarde en pronta noche, sin muchas ganas de recobrar la luz de un invierno diluido en fríos y heladas.

La niña seguía intentando ponerse de puntillas y, de modo intermitente, bajaba del banquito para verificar que su abuela seguía recostada en la húmeda alcoba. Así llevaba más de una hora. Retomaba la tarea de alzar sus bracitos y erguir todo su cuerpo a medio hacer, con el único propósito de llegar arriba y coger el premio. De un brinco bajó del escaño al escuchar pasos en la habitación del fondo. Atemorizada por ser descubierta, empujó el escabel bajo la mesa de la cocina y esperó a ver quién se acercaba. Era su tío Luis: soltero por convencimiento, devoto de San Genaro y agricultor por obligación. Asomó a la cocina y encontró a su sobrina de pie, con las manos atrás y cara de no haber matado una mosca. Sonrió pensando que algo tramaba la pequeña y le preguntó directamente qué hacía allí sola. Nada –dijo ella- esperar que pase el tiempo. Quiero que llegue pronto la merienda.

El hombre abrió el grifo para beber un vaso de agua. Marita lo observaba impaciente deseando que se fuera pronto para que pudiera proseguir en la tarea de conseguir su tesoro. Con gesto lento tras la siesta, Luis no parecía que tuviera muchas ganas de abandonar la cocina. La niña, cada vez más inquieta y el hombre abúlico. El nervio frente a la desidia. Marita se sentó a su lado y sin perder de vista cada movimiento de su tío, de vez en cuando miraba de soslayo a lo alto de la gaveta donde reposaba su preciado botín, a la espera de ser saboreado. En un abrir y cerrar de ojos, el hortelano se acercó a la estantería y apresó la chocolatina. La niña se quedó sin respiración, asustada por aquel inesperado aspaviento esperó sentada a la siguiente reacción de Luis. Con sus manos ajadas por los aperos del campo y con la destreza suficiente de los años abrió despacio el envoltorio, arrancó unas onzas y se las dio a la chiquilla. Toma –dijo susurrando – pero que no se entere la yaya. Marita atrapó una en cada mano y, sin dar mucho crédito a lo que había ocurrido, comenzó a saborear el cacao, un manjar de dioses, una dicha que manchaba sus manos y comisuras. 

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