:: La sorda

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En las templadas tardes de abril todo parecía detenerse en Villamoros. Salvo los sábados, el resto de los días no había un alma en sus casas y calles. El pueblo olía a polvo y a excrementos del ganado, tiñendo el aire de una mezcla nauseabunda a la que los paisanos estaban acostumbrados. Algún perro bostezaba o ladraba, cuando pasaba cierto coche despistado por aquella carretera de segunda a medio asfaltar que atravesaba la aldea.

En este leve devenir en el que no pasaba casi nada, Remedios Suárez, la sorda, bajó de un salto los escalones de su destartalada casa y, a la carrera, se entró por las sombras. Mi mirada y la suya se cruzaron una décima de segundo, enzarzándose pegajosas y melifluas como una tarta nupcial. Sin darle más importancia, seguí tejiendo al lado de Mauricio que dormía su siesta respirando insultantemente pacífico. Sus ronquidos, detonando en cadena, me reinstalaron en la antimateria del hogar. Intenté chasquear la lengua, pero más con la finalidad principal de descubrir si dormía o provocaba despierto aquellos tableteos. Cuando se despertó la que casi estaba en los brazos de Morfeo era yo misma, cabeceando sobre mi pecho y consiguiendo que se salieran los puntos de las agujas. Puro aburrimiento. La desidia pueblerina que dejas que se instale en las esquinas y parece eterna.

Mauri –dije yo- he vuelto a ver a la Reme. Y ya van tres veces esta semana. Antes apareció de repente y creo que quiere decirme algo. Se me escapa el qué. Me pareció que anda preocupada. Mauricio se levantó del escaño, desperezándose y desenvolviéndose del sopor de primavera. Tardó en contestar, unos minutos de oro que se me hicieron gemelos de su desidia. Carraspeó antes de responderme, clarificando sus cuerdas vocales como un tenor de opereta. Mira Choncha –me espetó- mejor dejas la bebida mañanera. Te hace ver visiones. Y se llevó la última palabra al patio junto con el maullar del gato sobre el tejado, una poesía de villa, el último verso amarillo como el adobe de nuestras paredes.

Le oí arrastrar las pantuflas por el huerto y yo seguí en la portada principal. Esperando la nada, que es lo que una aguarda en esta parroquia, el vacío que pesa como hierros en la espalda. Un cuervo se posó sobre el alféizar de la ventana principal de la morada de La Sorda. Quizá quise ver algún indicio en aquella muestra de ave negra, en su movimiento o en sus sonidos de pájaro vencido. Recordé entonces el día que hallé muerta a La Sorda en su baño. Días antes comenzamos a sospechar que algo le había ocurrido, no aparecía en misa ni a la llamada del concejo. Llamé a su puerta y al ver que no contestaba, entré por la portilla de la parte de atrás, siempre la dejaba abierta para que Juanin el gochero pudiera entrar y salir con la lata de los desperdicios que ella le dejaba, con el fin de que, a cambio de contribuir a cebar así a sus cerdos, pudiera La Sorda tener productos de matanza para el año. El impacto que dejó en mí el verla sobre el suelo frío del mármol se mantuvo durante meses. No cesaba de verla viva, a menudo vestida como el día que la encontré y otras ocasiones con la ropa del domingo, mudada y peinada con el moño alto.

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