OBRA EN CURSO

En cada etapa de nuestra trayectoria vital tomamos decisiones que van a repercutir directamente en la vida de esa persona en la que nos vamos a convertir en el futuro. Muchos de nosotros desembolsamos una cantidad importante por eliminar tatuajes que, en nuestra época adolescente, nos costó un dineral hacernos. Otros se apresuran a divorciarse de las personas que, en su juventud, se estimularon para casarse con ellas con la idea de estar siempre juntos. Algunos adultos de mediana edad se afanan para perder lo que, años antes, arduamente trabajaron para ganar. La cuestión que quiero plantear y que muchos amantes de la neurociencia y el comportamiento humano se hacen, es cuál es el motivo por el que tomamos decisiones en el momento presente y, con posterioridad muy frecuentemente, lamentamos. Una de las razones, quiero suponer, es que el hombre tiene una noción desacertada del poder del tiempo. Todos sabemos que la tasa de cambios disminuye a lo largo de nuestra vida. Los niños parecen cambiar cada minuto, sin embargo los adultos pareciera que estuviéramos estáticos y que tan solo mutamos cada año. Cuál es, por tanto, el mágico punto de inflexión en la vida en el que los cambios, de repente, pasan de un galope a un gateo. Tal vez en la adolescencia, o será en la madurez…o quizá en la edad adulta. La respuesta resulta ser, para la mayoría, el ahora. Lo que sea que el término “ahora” signifique.

A todos nos guía una ilusión. La de que nuestra historia personal ha llegado a un final, que acabamos de convertirnos en las personas que estábamos destinadas a ser y así seremos por el resto de nuestras vidas. Según diferentes estudios, a través del tiempo cambiamos nuestros valores personales. El placer, éxito y honestidad; que todos tenemos, según la edad y nuestro crecimiento van modificándose sin remedio. Si pudiéramos hacer una consulta para poder consolidar esta teoría, le podríamos pedir a la mitad de las personas encuestadas, que predigan cuánto cambiarán sus valores en los próximos diez años y, a la otra mitad, cuánto cambiaron sus valores en los últimos diez años. El análisis será interesante porque, me aventuro a aseverar, se podrán comparar las predicciones de personas con una edad determinada, por ejemplo 18 años, con personas de 28 y hacer este tipo de estudio a lo largo de sus vidas. Nos encontraremos que, primero, tienen razón: el cambio disminuye conforme envejecemos y, segundo, que se equivocan porque no se reduce tanto como pensamos. En cada edad, de los 18 a los 68, las personas subestiman enormemente el cambio que experimentarán en los próximos diez años. Algunos psicoterapeutas llaman a esto “la ilusión del fin de la historia”. Si conectamos a individuos de diferentes edades, nos daremos cuenta que los de 18 anticipan el cambio en igual medida que los de 50. Y no son sólo los valores, aplica a todo tipo de parámetros como la personalidad. La psicología actual sostiene que hay cinco dimensiones esenciales de la idiosincrasia de cada persona: equilibrio emocional, apertura mental, amabilidad, extraversión y grado de conciencia. Si, de nuevo, pudiéramos hacer una encuesta poblacional y consultáramos cuánto espera un individuo cambiar en los próximos diez años y cuánto han cambiado en la década anterior, encontraríamos que la tasa de cambio disminuye conforme envejecemos y que, en cada etapa vital, subestimamos cuánto cambiará nuestra personalidad en los inmediatos diez abriles.

Y no se da sólo en transitorios como los valores y la personalidad. Uno puede preguntar qué les gusta, qué les disgusta, sus preferencias básicas, quién es su mejor amigo, el lugar preferido para disfrutar de las vacaciones, el pasatiempo favorito para el tiempo libre o el tipo de música que les fascina. Y podríamos, de nuevo, preguntar a la mitad si piensa que eso cambiará en los próximos diez años y a la otra si eso realmente cambió en los últimos diez años. Y, probablemente, las personas pronosticarán que la amistad que tienen hoy es la que tendrán en la próxima década, las vacaciones que más disfrutan hoy serán las que gozarán en el futuro, pero las personas que tienen diez años más dirán, que todos esos parámetros cambiaron; ya no tienen a Fulanito como mejor amigo o el lugar de vacaciones ha sido modificado ¿Algo de esto importa? ¿Este fallo en la predicción es algo que no tiene consecuencias? Muchos suponemos que sí, que importa, ya que entorpece de manera importante nuestra toma de decisiones. Vamos a pensar, como ejemplo, quién es ahora nuestro artista musical favorito de hoy y cuál era el de hace diez años.  Cuánto dinero pagarían ahora para ver a su artista favorito actual en un concierto dentro de diez años. Y cuánto pagarían para ver actuar hoy a quien fue su artista favorito hace diez años. Lo más probable es que la cantidad sea virtualmente distinta. En un mundo perfectamente racional, este debería ser el mismo importe, pero pagamos de más por la oportunidad de satisfacer nuestras preferencias actuales porque sobreestimamos su estabilidad. ¿Por qué ocurre esto? No estamos totalmente seguros, pero probablemente tenga que ver con la facilidad de recordar versus la dificultad de imaginar. Muchos podemos recordar quiénes éramos hace diez años, pero nos resulta difícil imaginar quiénes seremos, y entonces pensamos erróneamente que como es espinoso de conjeturar, no es probable que suceda. Lo siento, cuando decimos “No puedo imaginarlo”, por lo general hablamos de nuestra propia falta de imaginación y no de la falta de probabilidad de los eventos que describimos. Como conclusión: el tiempo es una fuerza poderosa, transforma nuestras preferencias, retoca nuestros valores, altera nuestras personalidades. Parece que apreciamos este hecho, pero sólo en retrospectiva. Únicamente al mirar hacia atrás nos damos cuenta del gran cambio ocurrido en una década. Es como si, para muchos de nosotros, el presente fuese un tiempo mágico. Es una frontera de aguas en la línea de tiempo. Es el momento en el cual finalmente nos tornamos nosotros mismos. Los seres humanos somos obras en curso y por error pensamos que estamos concluidos. Foto-JacobSCIACCHITANO.jpg

Foto: Jacob Scciachitano (Libre de Derechos para reproducción)

 

Publicado en el Diario de León el 13 de octubre de 2015

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