USO DEL CEREBRO

 

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Foto: Dustin Lee (Libre de Derechos para reproducción)

 

Una leyenda arraigada dice que tan sólo utilizamos un porcentaje muy pequeño de nuestro cerebro, tan sólo un 10%. El otro 90% parece que queda, basándose en esta hipótesis, en una zona ociosa o aletargada. Algunos mercachifles prometían liberar el potencial oculto basándose en la neurociencia, pero tan sólo nos abrieron nuestros bolsillos y billeteras.

Dos tercios de la población y casi la mitad de los profesores de ciencias creen erróneamente en el mito del 10%. En 1890, William James, el fundador de la psicología funcional, filósofo y difusor del pragmatismo, a la sazón hermano del escritor Henry James, dijo: “La mayoría no usa todo el potencial de la mente”. Este brillante profesor de Harvard pensó esto como un reto, no como una acusación del uso restringido del cerebro. Pero quedó sembrado el malentendido por mucho tiempo, pues la mayoría de la comunidad científica no comprendió el propósito del abultado lóbulo frontal o de las amplias zonas del lóbulo parietal. Si se dañaban algunas de estas áreas, no había déficits motores o sensoriales, por ello concluyeron que no tenían ninguna utilidad.

Durante décadas estas partes se denominaron “zonas silenciosas” y con función desconocida. Tiempo después, hemos aprendido que cumplen misiones ejecutivas y de integración, sin las cuales apenas seríamos humanos. Son cruciales para el razonamiento abstracto, la planificación, sopesar decisiones y adaptarnos de un modo flexible a las circunstancias. La idea de que la mayor parte de nuestra sesera está desocupada en nuestro cráneo parece un disparate al calcular el uso de energía de nuestro coco. Los cerebros de roedores y caninos consumen el 5% de la energía total del cuerpo, el de los monos un 10% y el de un humano adulto, que tan sólo representa el 2% de su masa corporal, gasta el 20% de la glucosa diaria consumida. En los niños, esa cifra alcanza el 50% y en los bebés un 60%. Estos datos son mucho más de lo esperado para sus tamaños cerebrales relativos, los cuales aumentan en proporción al volumen corporal. Los de humanos pesan un kilo y medio, los de elefante unos cinco y los de ballena nueve kilos. Incluso por gramaje, los humanos condensan más neuronas que cualquier otra especie. Es esta densidad la que nos hace tan inteligentes.

Hay una relación de compromiso entre el tamaño del cuerpo y la cantidad de neuronas que un primate –incluidos nosotros- puede sostener. Un simio de veinticinco kilos de peso debe comer ocho horas al día, con el fin de mantener un cerebro con 53.000 millones de neuronas. La invención de la cocina, hace un millón y medio de años, nos dio una gran ventaja; los alimentos cocinados se suavizan y pre digieren fuera del cuerpo. Nuestros intestinos absorben más fácilmente su energía. Cocinar libera tiempo y nos proporciona más energía que consumir alimentos crudos. Por ello podemos sostener cerebros con 86 mil millones de neuronas, 40% más que los simios. Funciona del siguiente modo: la mitad de las calorías consumidas por el cerebro va a mantener, simplemente, intacta la estructura bombeando iones de sodio y potasio a través de las membranas para mantener una carga eléctrica. Para hacerlo, el cerebro se convierte en un centro energético o el combustible del horno corporal. El alto costo de mantenimiento de potenciales de reposo en los millones de neuronas significa que queda poca energía para impulsar señales por los axones y las sinapsis, las descargas en los nervios que realmente hacen las cosas. Incluso si solo un pequeño porcentaje de las neuronas disparara en una región dada en un momento determinado, la energía necesaria para activar todo el cerebro no sería sostenible. Aquí entra en juego la eficiencia energética; dejar que sólo una pequeña porción de células se active en determinado momento se conoce como “codificación escasa”. Usa la menor cantidad de energía transmitiendo la mayor cantidad de información, ya que la pequeña cantidad de señales tiene miles de caminos posibles por los que distribuirse. Un inconveniente de la codificación escasa dentro de una enorme cantidad de neuronas es su costo. Peor aún, si una gran proporción de células nunca se disparan, entonces son superfluas y la evolución debería haberlas desechado hace mucho tiempo. La solución es encontrar la proporción óptima de células que el cerebro puede activar al mismo tiempo. Para eficiencia máxima, entre el 1 y el 16% de las células deberían estar activas al unísono. Este es el límite energético con el que tenemos que vivir para mantener la conciencia. La necesidad de preservar recursos es el motivo por la que la mayoría de las operaciones del cerebro debe ocurrir fuera del estado consciente. Es por ello que la “multitarea” es una majadería, ya que queda demostrado que no tenemos la energía para desarrollar dos tareas a la vez, ni pensar en hacer cuatro o cinco al mismo tiempo. Al intentarlo hacemos peor cada una de las faenas que si le hubiéramos prestado toda la atención.

Los números no son favorables: el cerebro ya es inteligente y poderoso, tan potente que necesita mucha fortaleza para mantenerse así. Y tan perspicaz que ha construido un plan de eficiencia energética. No permitamos que un mito fraudulento nos haga sentir responsables de tener cerebros supuestamente perezosos. Esta manera de pensar sería un desperdicio de energía. Después de todo esto, ¿No creen ustedes que es tonto desperdiciar energía mental? Tenemos miles de millones de neuronas hambrientas de energía que mantener.

¡Vamos!

Artículo publicado en el Diario de León el 27 de octubre de 2015

 

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