Biniaraix, el paraíso.

Mi mentor, en este proceso vital que me ha puesto el destino en mi camino, me recomienda que retome la escritura, no importa si en el blog, a mano o a máquina, pero que no deje de hacerlo. Le hago caso a pesar de que, quizá, solo me lea yo misma. Es cierto, juntar letras me conecta con mi verdadera esencia. El léxico, la semántica y el poder comunicarse con esta lengua tan rica genera en mí un estímulo para seguir encontrando un sentido a todo esto.

¡Manos a la obra!

Escucho a Andrew Bird (¡qué gran descubrimiento! Gracias Ángel Carmona), veo uno de los mejores amaneceres de este dulce otoño y mi corazón late dolor a cada bocanada de aire sintiéndose agradecido por todo lo que está viviendo estas semanas.

¿Es buena introducción? Sí, es hermoso poder contar lo que uno habita.

Tener un grupo de apoyo es una fuerza increíble a la que te agarras, sobre todo para entender que hay otras personas que están como tú o, tal vez (esto sería una suposición) peor. Y, sí, eso alivia como el bálsamo de Fierabrás.

Una de las actividades que más me ha conectado con la vida ha sido la poda y limpieza de las fincas de Biniaraix, al abrigo de la Sierra de la Tramontana. Ha sido tan potente que no lo olvidaré en mucho tiempo.

biniaraix cuando llegue

biniaraix galeria

Quedamos un sábado a las 9 de la mañana en la pequeña placita del pueblo, donde reina un silencio solo quebrantable por el trino de unos pájaros risueños. Yo no conocía, entonces, a nadie, y recuerdo que en el recorrido en coche desde mi casa pensé varias veces en darme la vuelta. ¡Cómo me alegro de no haberlo hecho! En este año y medio he salido tantas veces de mi zona de confort y seguridad, que esto era un reto más, eso sí, algo distinto. Estar con personas de diferente origen con un nexo común; el duelo por pérdidas (trabajo,  juventud, casa materna) o rupturas y el amor por el voluntariado y con ganas de seguir adelante, a pesar de todo.

a las 9

Macu, la coordinadora del Taib y a la sazón bióloga, nos presentó a todos; María, Ana, Charlie, Anina la asturiana, Vanesa y la más benjamina y de Sevilla, Jara. Cargamos, en peso repartido, con los víveres y material emprendiendo la suave subida de una hora, hacia Can Pruna.

Durante el trayecto pasamos frío, calor y cansancio. Hablamos sobre nuestras vidas, a corazón abierto. Parecía que nos conociéramos de siempre, qué sensación más apabullante con las montañas como testigo natural.

subiendo

Llegamos al abrigo del refugio donde nos esperaba una pareja increíble, Emilio y Natalia, propietarios de la finca, con una berena colmada de productos típicos mallorquines donde nosotros aportamos lo que Macu había comprado para tal fin.

Después de reponer fuerzas, nos desplazamos a la parte alta para comenzar las labores de tala y limpieza del bosque. Recuerdo vivamente todos los aromas, las formas de las maderas, el tacto de cada tronco, de cada rama, el olor de la quema de rastrojos, nuestras lágrimas, la risa y el sonido de la caracola que soplaba Toni, desde su refugio, avisándonos que era la hora de comer.

Sobrecogidos por toda la tarea que habíamos llevado a cabo, un claro antes y después de que hiciéramos cada uno su trabajo, como un enjambre donde cada uno sabe lo que tiene que hacer, nos pusimos en marcha hacia otro lugar ideal, la casita de Toni y Martha.

Con la mesa dispuesta para un almuerzo memorable donde no faltaba de nada, Toni (biólogo marino y consultor ambiental) nos cuenta la historia del lugar, el simbolismo de los olivos…y sus palabras me llenan de paz. Es de esas personas únicas que conoces raramente y que te reconcilian con el mundo. Comenzamos a comer el potaje prodigioso de garbanzos con verdura y bacalao, delicia de dioses.

Después de comer, a pesar de que el cuerpo pedía una siesta reparadora, emprendimos un taller de dibujo con el objetivo de plasmar en el papel formas vegetales que nos encontramos en la finca. Ana despliega su didáctica y sus miles de pinturas y comenzamos a dar forma en unas libretitas guapísimas que ha traído María.

Toni nos anima a que contemos cada uno de dónde venimos y quiénes somos, en un símil simpático de Alcohólicos Anónimos. Comienza a caer la tarde y tomamos un té caliente, preludio de nuestro descenso a Biniaraix, para retomar el camino de vuelta.

lahoradelte

Bajamos a oscuras completamente, alumbrados con la linterna del móvil y Ana, compañera de ocaso, me cuenta su periplo por Guajaca y Lisboa, amores y desamores, una sabrosa conversación solo interrumpida por nuestro encuentro con Martha. En el cruce de caminos, qué belleza de situación. Al fin estamos de nuevo en el núcleo urbano, donde entramos en la cafetería, para mí,  más pintoresca de Mallorca. Tomamos un zumo natural de naranjas de la zona e intimamos algo más.

cafeteria

Conclusiones de esta jornada:

  • La chispa que produce el cambio es la inquietud, la motivación y la perseverancia.
  • La vida no es una lista de chequeo. La vida es una bella oportunidad para vibrar, equivocarse, aprender, crecer, cambiar y fluir.

Fluir con lo que la vida misma me va entregando.

Y en ese fluir, un dolor amargo que se irá disipando con el paso de los días. Mi reto.

 

 

Adiós lleva una tilde hermosa

Era una persona como cualquier otra, con heridas lacerantes que se pudrían en los días grises. Arrastraba un velo largo, lleno de barro, que era muy difícil de limpiar. Sin embargo, encontró una solución para despejar el lodo y empezar de nuevo. Terapia lo llaman, ella lo denomina salvación.

En esa soledad y desconcierto de tantos días preparándose, surgieron dudas y miedos, temores antiguos, sangre que desvelaba sus noches. Cometió errores constantes y el vacío y la angustia empezó a llenarlo todo.

Tras semanas de gestionar todas las situaciones vividas, ejercicios de meditación, aprender a perdonar, perdonarse y quererse, cansada de huir del sufrimiento, quiso hacerle frente y comenzar a elaborar un plan de pequeñas recompensas; tomar el sol de otoño, ir a ver alguna exposición, deleitarse con el sonido de la naturaleza, ver amanecer y comprobar que cada uno era distinto. El reto de pasar un día por vez.

Pensó en una gran fiesta de cumpleaños para él, después de tanto tiempo de pasarlo terriblemente, sería algo fabuloso. De cómplice, su familia y amigos. Lo tenía todo calculado y eso le ayudaría a tener su cabeza ocupada y tener una ilusión renovada y libre. El regalo consistiría en algo que ya habían hablado alguna vez y que podrían programar para cuando ambos pudieran. Hizo una ruta y planeó el día que hablaría con él, fuerte y preparada, para contarle que no quería agarrarse con fuerza a él, sino que se permitirían que todo fluyera en calma. Tenía anotado en un papel todo aquello que le iba a decir, el día preciso. En tinta roja se leía en su nota: “no supe hacer bien el decirte que era necesario que me reencontrara a mí misma” o “entiende que, por mucho que yo me empeñara, no podías satisfacer mis carencias, si no, que era mi propio trabajo personal”.

Ella se había aferrado a él como solución a sus problemas emocionales y las expectativas, como es lógico, nunca se cumplieron. En la terapia entendió que, para construir una relación verdadera y fuerte, es fundamental el trabajo personal, ya que la calidad de nuestra vida es solamente nuestra, no de los demás.

Con la fortaleza de estar satisfecha y plena consigo misma, decidió llamarle y contarle millones de cosas. El objetivo: volver a establecer sus lazos afectivos. Le diría que le amaba y que solo deseaba que fuera feliz y que esperaba que, en la felicidad de él y en su vida, se le incluyera a ella.

Y entonces la llamada. 

Desconcierto y el dolor más hercúleo que había sentido hasta el momento. La opción es seguir o dejarse morir. La idea de morir para eliminar el sufrimiento es tentadora. Dividida, perdida, destrozada. Sentirse más, asusta.

Autodestrucción. Noches en blanco, personas desconocidas que se hacen cargo, garganta y estómagos cerrados que no dejan pasar el alimento, cóctel de fármacos. El vacío más profundo.

Después de una semana de situaciones que nunca pudo imaginar para su vida y menos tras toda la ruta que había trazado para recomenzar de nuevo con él, a pesar de los medicamentos que obnubilan su cerebro ha dibujado una nueva carta, mirando al dolor a los ojos, y escribiendo, ahora en tinta negra, “Te amo, quiero que seas feliz. Sé que no me incluyes en tu felicidad y aún así te deseo lo mejor”.

 

torimbia