TRIBU

Leo y respiro las cartas, que se escribían mis abuelos, como si bebiese de un solo trago una botella de vida plena. Un tiempo donde viven, sueñan, aman, trabajan y mueren los personajes de una historia de familia.

Pepe, mi tío abuelo, amaba la naturaleza y las aves, de modo especial. Era capaz de predecir el tiempo que iba hacer el día posterior o el siguiente, sólo con observar el comportamiento de los gorriones y golondrinas. Unas jornadas previas a su muerte, cautivó a una lechuza que se posó, de un modo fugaz, sobre el alféizar de su ventana. Imitaba perfectamente el sonido de los Strigiformes, de tal forma que aquel pobre mochuelo creyó que una hembra estaba en celo. Con ello, sólo pretendía Pepe alimentar la leyenda de que los búhos y lechuzas anuncian la llegada de un fallecimiento. Y así fue. A las pocas horas de que el ave apareciera aquellos segundos, Pepé murió plácidamente cumpliendo con el momento del adiós definitivo que el destino le tenía preparado.

La ausencia de mis ancestros es una víscera. El legado que cargamos a nuestras espaldas, duele a apellidos sencillos y a cosas inacabadas. El aroma de aquellos guisos sobre la cocina de carbón, lo llevamos tatuado en la pituitaria y, cada vez, que un olor se le asemeja, una sonrisa triste se nos dibuja en el rostro. Huele al pote de la abuela, pensamos y a veces verbalizamos.

En esta genealogía, las mujeres han cumplido con su papel de débiles y ausentes. Sin embargo, la bisabuela Eustaquía componía un carácter fuerte y severo que infundía miedo y respeto a partes iguales. Con un vientre fértil dio vida a siete hijos sanos y fuertes, con suficiente inteligencia para afrontar una vida llena de avatares, sacó adelante a todos ellos. Les fue inculcando valores y tradiciones que aún, muchos de los que aquí nos encontramos, lo llevamos al hombro. No sé si por genética o por ósmosis. El gusto por comer y la lectura ha ido empapando a todos. No hay casa de los nuestros donde los libros y las exquisiteces no rellenen los huecos que les corresponden. La pasión la dedicamos al arte y la política, dejándonos nuestra vehemencia, exhaustos para dormir una siesta de herencia.

Todo aquel que se iba cruzando con nuestra estirpe, se ha sentido atraído por nuestra forma de entender la vida. Mi padre tuvo que aprender a beber vino, fumar habanos y a conocer platos que, en su casa jamás había probado, para corresponder a nuestra raza de paladares eruditos. Mi abuela, que había dejado la escuela muy pronto, se afanó escrupulosamente en comprar libros de cocina para complacer a su marido. Y así surgieron platos estrella, hechos con cariño y actitud, como el bacalao ajo arriero o el pote asturiano que eran conocidos en toda la villa.

Mi abuelo era de los pocos que, entonces, tenía una máquina de escribir en su casa. Recuerdo cómo, siendo niña, escuchaba aporrear aquellas teclas, desde el piso de arriba, e intentaba imaginar qué podría estar escribiendo a aquellas horas. Con el tiempo me he enterado que redactaba artículos para un periódico local. Crónicas sociales muy ligeras con las que se ganaba un sobresueldo, ampliaba sus recursos y agasajaba a su mujer.

Mi abuela, agradecida a la vida por haberse podido casar con un hombre de bien, ayudaba en lo que podía a su propia familia y a sus amigos de la infancia. Cuando alguna de sus compañeras de colegio o vecinas se casaba, el regalo que siempre mi abuela les hacía, era el de llenarles la despensa para cuando inauguraran su vida en común. Aceite, arroz, garbanzos, fideos, lentejas, sal, azúcar. Todos esos paquetes, bien ordenados y dispuestos para empezar un nuevo camino, eran especialmente bien recibidos por los novios que lloraban de felicidad al ver sus estantes con aquellos presentes.

En esta familia desconfiamos de los que comen poco y mal. Tampoco nos generan simpatía aquellos que no leen o que tienen libros en casa para adornar los salones. Cualquier invitado que tenemos debe cumplir con los requisitos de cultura gastronómica y artística. En caso contrario, las veladas discurrirán desapacibles y tensas. Si, por el contrario, nuestros convidados se muestran receptivos a nuestro agasajo culinario y desparpajo verbal, la jornada se deslizará con patines sobre cera. Una noche de fiestas, mis abuelos habían invitado a algunos amigos y familiares a cenar. Entre los amigos se encontraba la mujer de un empleado de mi tío abuelo Serafín. Aquella señora, poco agraciada y de sonrisa difícil, se mostró especialmente antipática a ojos de nuestra raza, de tal modo que apenas comió (decía que no le gustaba el marisco) y cabeceaba en el punto álgido de una interesante tertulia en la que se discutía si la pluma de Francisco Umbral era mejor que la de Camilo José Cela. Mi abuelo, que se había percatado al minuto uno del talante de esta dama, al concluir aquel convite a altas horas y despedir a cada uno de los asistentes, no pudo morderse la lengua para decirle al marido: “No sólo te casaste con la más fea por fuera, sino también con la más grotesca por dentro que hay en veinte kilómetros a la redonda”. Eso hizo que dejaran de hablarse durante treinta años. Mi abuela tuvo que disculparse al día siguiente, a espaldas del abuelo, aunque no logró con ello que germinará una enemistad que duró una eternidad.

Aquí hay otro factor a destacar. El orgullo. Esa esencia que no nos permite ser flexibles y aceptar otros argumentos, otras opiniones, otras formas de ver y entender la vida. Esa suficiencia no permitió al abuelo dar su brazo a torcer y pedir perdón a aquella pareja. Él se sintió defraudado y dolido por compartir mesa y mantel con aquella mujer. Todo lo demás le parecía inapropiado y no cabía intentar hacerle cambiar de manera de pensar. En muchas comidas posteriores, mi abuelo aludía a aquella escena y se jactaba, incluso, del comentario que le había hecho a aquel hombre. Mi abuela, con su carácter conciliador, intentaba quitar hierro al asunto, comentando que no todos somos iguales y que es bueno respetar al prójimo. Este tipo de apostillas le dolían especialmente al abuelo. Para él sólo había una forma de ser que era la suya y la de su familia. Y así se lo transmitió a sus tres hijos.

Mis tíos y mi madre llevan hasta la última consecuencia, el legado de nuestra alcurnia. En especial mi tío Julio. Sus excesos con el buen comer le llevaron a sufrir un infarto de miocardio que le obligó, muy a su pesar, a realizar una dieta rigurosa. Alejado de todo lo que amaba profundamente, acabó sumido en una gran depresión que le duró años.

Cuando asesinaron a mi padre, el que tomó las riendas de nuestra casa; incluyendo valores patrimoniales, así como mi educación y la de mis hermanos, fue mi abuelo. Él no se rindió al duelo y a la pesadumbre que ensombrecía nuestros días. Fue capaz de coser con destreza nuestros desconsolados corazones y sacarnos adelante uno a uno. Mi hermana Sara, con síndrome de Asperger, fue la primera que –debido a su falta de comprensión de los sentimientos naturales del ser humano- pudo nombrar las cosas por su nombre y empezar a cuestionarse el motivo por el que habían matado a nuestro padre. Cuando encontraron a su verdugo, tras una investigación de casi dieciocho meses, el dobladillo que parecía dar forma a nuestra existencia, se tensó verificando que aún necesitaba arreglos, aunque nos costó admitirlo. Confesó, acorralado, que mi padre le había traicionado cuando eran jóvenes. Tan sólo mi tía Mari recordaba aquel asunto. Nunca supimos lo qué había ocurrido realmente. Mi abuelo nos protegió con un velo gris que no nos dejaba ver más allá de nuestras cuatro paredes y las del colegio. Es el día de hoy que ya no hablamos de ello. Recordamos a mi padre el día de su santo, descorchando un buen vino y paladeando alguna delicatesen. No nos permitimos más.

En ese camino tortuoso de dolor y vacío, mi madre decidió ahogar las penas en alcohol a pesar del coraje de mi abuela por intentar evitarlo. Ha vuelto a rehacer su vida, no en el sentido estricto de volver a tener un compañero de alcoba, sino de recuperar su sonrisa y aficiones; como la de estudiar francés o tocar el piano. Nos levanta dolor de cabeza cuando aporrea el viejo Yamaha, pero preferimos escuchar cómo interpreta a Beethoven que verla agitar un vaso con hielos y whisky. Recuerdo cómo nos avergonzaba en la escuela el tema de nuestros padres; uno hallado muerto a cuchilladas y la otra alcoholizada por la pena. Nos costó la adolescencia un puñado de insultos y moratones. Hoy, ya como adultos responsables, llenamos nuestro bagaje vital con aquellas señales, cicatrices antiguas que a veces pican con el cambio de tiempo o de luna.

Para alegrarnos un poco aquellos tiempos de sutura, los abuelos nos invitaban a helados los domingos y organizaban cenas temáticas los sábados. En éstas, mi madre aprovechaba para beber sin ser controlada mientras nosotros aprendíamos lecciones de mayoría de edad, sin darnos cuenta siquiera. La que recuerdo con exclusiva intensidad fue una cuya materia era  la película “Cabaret”. Todos los invitados se vistieron de los felices años veinte y fue francamente deliciosa. Mi hermano mayor besó por primera vez a una chica, yo prendí un cigarro que me hizo detestar para siempre el tabaco y mi hermana Paula logró pegar un trago a un cóctel estrambótico que hizo un amigo de la familia. Le pareció tan horrible que nos estuvo hablando de aquel odioso combinado durante toda la semana. Mis abuelos reían con la anécdota mientras mi madre arrastraba los pies por las salas, plena de resacas antiguas.

El abuelo murió una noche de diciembre. Asomó su enfermedad a finales del verano y la escondió a la abuela y a todos nosotros. Cuando le ingresaron en el hospital de veteranos, una punzada de intuición nos sacudió a todos. Aquellas navidades fueron las más tristes del mundo. El desconsuelo acampó en nuestros jardines y los pilares de nuestra ralea comenzaron a tambalearse. La abuela, vestida de luto con el negro más intenso, intentó con cordura mantener los valores que sólidamente mi abuelo fue forjando y descorchó la noche de su entierro las mejores botellas de la bodega.

Estaban reservadas para un momento único y creyó que aquel día era el apropiado para ello. Todos bebieron aquel elixir de dioses y recordaron, no sin amargura, más de mil anécdotas donde mi abuelo era el protagonista. Fue el funeral más populoso que se haya visto jamás. La iglesia, el cementerio y nuestra casa estuvieron abarrotados. Todos quisieron agasajar y corresponder a aquel hombre de buena amistad,  amante de la buena gastronomía, el arte y la literatura.

La lectura del testamento abrió más de una llaga. Dejó claramente establecido para quiénes serían sus propiedades y sus ahorros. Como suma a ello, escribió una carta a cada uno de los herederos que originó que se hablara de nosotros durante un tiempo, más de lo debido creo yo con la distancia temporal. A mí me destinó una de las fincas de la playa y en la misiva tan sólo estas letras: “Disfrútala con las delicias del mar y baila al son de las olas. Carpe Diem”. Supuso un choque ver su singular y trémula caligrafía en aquella hoja amarillenta que olía a cajón y a tinta rota. Aún me emociona leerla, la guardo cerca con un cariño de nieta preferida.

La abuela decidió morirse unos meses después que mi abuelo. La pena la fue secando y consumiendo. No encontraba sentido a nada y su piel se iba marchitando y arrugando, cada día cambiaba de tono. Mi madre y mis tíos apostaron a que, si seguía así, no duraría más de un año y, en efecto, así fue. El acierto, muy desconcertante, los alivió en algún modo y fueron capaces, entre todos, de atravesar el barranco por la irreparable pérdida de sus padres.

En una de las cartas que se conservan en la casa de mi madre, mi abuelo se despide de mi abuela del siguiente modo: “Ten en cuenta, cariño mío, que cuando lleguen los malos momentos, cuando te sientas sola y sin fuerza, recuerda que hay unos brazos extendidos que te esperan para levantarte, no para hacer que las cosas te vayan mejor, sino para ayudarte a saberlas mejorar por tu cuenta. No tienes porqué vivir sola a menos que así lo desees”. Ahí radica uno de los pilares de nuestra esencia que no quiero perder y que intento educar, con el mismo propósito, a mis hijos.

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(Mi primera publicación en un libro)

CON LAS MANOS EN LA MASA

Corría 1.984 cuando se estrenó en la televisión española el programa “Con las manos en la masa”, un espacio de materia culinaria dirigido y presentado por la pintora Elena Santonja. En siete años de emisión, donde pudimos ver cómo cocinaban Rosa Chacel, Almodóvar, Carlos Berlanga, Alaska, Fernando Fernán-Gómez o Martirio; entre otros tantos; los españoles fuimos aprendiendo a encontrar nuevos platos y a renovar nuestros estilos frente a los fogones. Recuerdo perfectamente la pasta con gambas con tabasco que Miguel Bosé, a la sazón ahijado de Picasso, nos mostró en una delicia de episodio. Aún es un plato mítico en mi familia. La sintonía del programa todavía resuena en los de mi generación, aquel tema compuesto por Vainica Doble e interpretada por Gloria Van Aerssen y Sabina lo tarareamos en la ducha formando parte de las canciones de nuestra vida. Llegaron los noventa y, con la década, la proliferación y puesta en valor de los cocineros vascos como Berasategui, Arzak o Subijana. Entretanto, Elena Santonja comenzó a tener diferencias con TVE al solicitar percibir, por la publicidad sugerida en los programas, una prestación económica. En este contexto, su programa se retiró en el noventa y uno para ser sustituido por “El menú de cada día” del, entonces debutante en la programación nacional, Karlos Arguiñano. De ahí al estrellato; convirtiéndose en una revelación televisiva y recibiendo premios tan significativos como el TP de Oro o el Premio Ondas, nos enseñó con dosis de humor y cercanía lo que significaba pochar, estimar los pescados azules como el chicharro o a adornar los platos con ramitas de perejil. Y así seguimos avanzando en nuestras artes culinarias caseras para mejorar las recetas de la abuela y agasajar a los propios y ajenos en el hogar. Queda la duda en el ambiente si Arguiñano ha cobrado cantidades económicas por publicidad, a diferencia de su antecesora.

Y nos encontramos en 1.998, año en el que aterriza Canal Cocina con el eslogan “La cocina nos une”, una novedosa apuesta en emisión de pago en la extinta Vía Digital de Telefónica y que actualmente mantiene su cuota de pantalla a lo largo de los años con una oferta diversa abarcando tanto la cocina tradicional como la puesta al día y nuevas tendencias, con interesantes reportajes que dejan un buen sabor de boca.

La trayectoria de la categorización gastronómica se ha afianzado en las parrillas televisivas españolas, evolucionando e innovando a nivel formal y de contenido, adaptándose tanto a las tendencias vigentes como a la demanda de la audiencia, convirtiendo los formatos tradicionales en espectáculos gastronómicos o concursos televisivos copiando el formato de programas como “Operación Triunfo”. Valorando este progreso con carácter subjetivo, me cuestiono la irrupción de chicotes y similares o jurados, denominados como expertos o modelos a seguir en la programación de hoy en día. ¿Es necesario machacar a un concursante por esos supuestos cocineros de alta gama por presentar un plato con una patata semi cocida? ¿Para qué burlarse con saña de un aspirante a cocinero con esas formas? ¿Es cierto que ese tipo de expulsión por parte de un jurado de excepción aumenta la cuota de audiencia? En mi opinión, este mal gusto incomoda, no es didáctico y, lejos de recuperar el amor por los programas de este formato, nos distancian y confrontan con una evasión que esperamos y deseamos a través de las ondas.

Permítanme que les deje aquí. Se me quema el arroz.

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(Artículo publicado en El Diario de León el 21 de abril de 2015)

PROCOMÚN

Toda nuestra vida se basa en recursos. Y esto no sólo incluye la diversidad de la naturaleza, sino también los espacios comunes en nuestras ciudades y pueblos, educación, ciencia y el mundo digital. En realidad, todo este patrimonio alcanza a proveer a todas las personas. Sin embargo, el mundo se ve diferente ya que la naturaleza fue cercada, los espacios sociales se están privatizando, el acceso a la educación se vuelve mercancía y la libertad en el mundo digital se pierde frente a los monopolios. Algunos lo llaman “derechos”. La razón es simple; quien hace escasear un bien, produce una necesidad. Quien cree una necesidad, puede ganar un montón de dinero. “Así debe ser”, dicen los que se benefician. Y, a primera vista, parece lógico el argumento: si le dejáramos la administración de los recursos a la gente, los sobreexplotarían de un modo implacable. Pero la gente no actúa así: conversa entre ellos, acuerda reglas, asume responsabilidades por los bienes comunes, saben que todos deben comprometerse para mantenerlos y que todos se necesitan mutuamente. Los beneficios de unos son también los beneficios de los demás. Esa es la idea de los bienes comunes; un recurso es utilizado por una comunidad que le infiere sus propias normas y cada quien colabora para que los bienes comunes sigan creciendo para todos, tanto en la naturaleza, en el ámbito social, en la educación, la cultura o internet. Es una idea que se vive todos los días en todo el mundo y, sin la cual, tampoco podríamos pensar respuestas para los grandes desafíos como la educación, la salud, el cambio climático o la seguridad alimentaria.

El “procomún” (traducción al castellano del “commons” anglosajón), es un modelo de gobernanza para el bien común. La manera de producir y gestionar en comunidad bienes y recursos, tangibles e intangibles, que nos pertenecen a todos, o mejor, que no pertenecen a nadie. Un antiguo concepto jurídico-filosófico, que en los últimos años ha vuelto a cobrar vigencia y repercusión pública, gracias al software libre y al movimiento ‘open source’ así como al premio Nobel de Economía concedido a Elinor Ostrom en 2009, por sus aportaciones al gobierno de los bienes comunes.

El procomún lo forma todo lo que heredamos y creamos conjuntamente y que esperamos legar a las generaciones futuras. Una gran diversidad de bienes naturales, culturales o sociales, como por ejemplo: la biodiversidad, las semillas, Internet, el folclore, el agua potable, el genoma o el espacio público. Bienes que muchas veces sólo percibimos cuando están amenazados o en peligro de desaparición o privatización. Todos pueden acceder al procomún, ­es un derecho civil más­ y no sólo quienes pueden pagárselo.

El procomún nos re-sitúa en un marco humanista, en el que ganan nueva legitimidad la transparencia, la equidad, el acceso universal o la diversidad. Propone una posible alternativa a la economía de mercado, desde la que volver a integrar lo económico y lo ético, lo individual y lo colectivo. Un modelo que se apoya en comunidades estructuradas sobre la confianza.

El procomún es creado y recreado, conectado y reconectado. Nace de la interacción entre los miembros de una comunidad reunidos alrededor de un tema o de un problema. El procomún es un estado de emergencia que surge del empoderamiento de los “afectados” que reclaman derechos amenazados o destruidos. No hay procomún sin comunidad, y viceversa. Por tanto, el objetivo principal es hacer visibles comunidades emergentes de personas afectadas -darles el tiempo, la experiencia, la tecnología, los media, la palabra-, con la voluntad de construir entre todos un mundo más justo, un mundo común.

*Toda la información de este artículo sobre la economía del procomún está extraída con acceso libre desde internet.

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(Artículo publicado en El Diario de León el 7 de abril de 2015)

NO FEAR (sin miedo)

Está demostrado que todo lo nuevo genera temor. Miedos y tensiones que son difíciles de aplacar si uno no quiere saltar al vacío con fuerza, pasión y ganas. Se precisa una mente abierta y disfrutar del recorrido del aprendizaje de lo que llega o está por venir. En mi propia senda de conocimiento, he tenido el enorme placer de encontrarme con Mika Komorowski. Una persona creativa, de origen sueco, que llegó a León para emprender pilotando un ‘coffee shop’. Ha roto el paradigma de lo que entendíamos por “tomar un café” en esta ciudad, desarrollando y entrenando una nueva forma de mostrar la cultura de aromas y sabores. Mika trabaja, de manera continua, intentando buscar la receta perfecta, pensando –en todo momento- en el deleite de los clientes, siempre bajo su particular punto de vista. En una amena charla que hemos mantenido hace pocos días, me explicaba con un toque pasional, cómo entiende a España como el país de la actividad culinaria y a los españoles como los que apreciamos cualquier tipo de experiencia gastronómica. Con esta base, hay mucho potencial para desarrollar la innovación aplicando nuevos estilos y métodos de hacer café. Un mundo entero lleno de posibilidades; donde él no cesa de leer, preguntar y experimentar suscitando el interés en sus asiduos. Para este renovador, MBA y especialista en finanzas y con amplia trayectoria y tradición familiar hostelera, amante de la arquitectura y el entorno urbano, la innovación es “una nueva forma de ver o pensar”. Lo que muchos no conocen es la gran comunidad de baristas, a nivel internacional, que son tratados como estrellas del rock en su ámbito y que su prestigio y reconocimiento quiere Mika trasladar aquí. Sorprende como en otros lugares del mundo (también en España desde hace poco) se realizan catas de café, tan similares a las del vino, en la que se analizan términos que apelan al paladar y los recuerdos de quienes asisten a estos encuentros. Lo realmente rompedor, desde mi propia percepción, es la transparencia de Mika en su establecimiento; muestra las marcas con las que trabaja, quiénes lo cultivan, la finca de la plantación, cómo lo hacen y cómo llega a nosotros. Un paseo por la trazabilidad del producto. Su conocimiento profundo, a nivel laboratorio, microscópico me aventuro a decir; midiendo calidades del agua, la homogeneidad del granulado del café molido. Alta cocina, absolutamente. Trabaja con tostadores españoles y suecos en una búsqueda constante para satisfacción propia y, por ende, para los que solemos aterrizar en su espacio amable, bien decorado y sencillo. A pesar de que su producto se llama igual que el de cualquier otro punto de consumo cafetero, él nos muestra un universo que no hemos conocido antes, extremadamente novedoso y con la oportunidad de hacerlo a un precio asequible. La leche, como marca de la casa, es también otra de sus propuestas de valor. Ha apostado por el consumo de leche fresca local diaria, proveedores muy innovadores también que están luchando, en paralelo, por la calidad en tiempos de crisis. Con el lácteo culmina con su ‘latte art’ tu café perfecto para ser consumido, con miedo de que la espuma te invada todo. No esperen encontrar en su local el cumplimiento de los requisitos para establecer una suerte de lejano parentesco con las cafeterías a las que estamos habituados. Es un lugar único, de paso y que no les dejará indiferente.

La innovación está por todos lados, estén atentos y sean valientes.innodeleon_24marz_1

(Artículo publicado en El Diario de León el 24 de marzo de 2015)

:: Horas bastardas

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Hace una semana decidió morir.

Sigue con los hombros hacia delante.

La carga.

Ese peso del que no logra esca[bullir]se.

Se acaba de caer una hoja sobre el empedrado verde.

La cantidad de fotos en las que uno sale sin darse cuenta.

Suenan las campanas del reloj de la plaza.

A las dos serán las tres.

La duda existencial de adónde se va esta hora ilegítima.

Horas bastardas. Nacidas y desatadas.

Frases sueltas. Sin sentido.

Tiene el pecho hundido. Está plana.

Lo físico, en este caso, no refleja lo mental.

Suspiros que escuecen.

Artistas desnudas.

Sobre la cama o sobre el puente de Triana.

Seguro que aparecerán en los libros de Historia del Arte. Dentro de un tiempo.

Y ella sin saberlo. Analfabeta.

Engendra veneno. Embarazo dañino. De elefanta.

Muchos meses. Engordando kilogramos de daño.

Para abortar, quizá a Londres.

Que aquí no se puede.

:: En aquellas manos

Echo de menos a todas mis hermanas.

Que están muertas.

En aquellos campos verdes de amapolas.
Acaricio el terciopelo de aquellas capas.

Y no estáis.

Os busco en el agujero del tercer cajón de la mesita. En el hueco de la escalera de la mina.

Quizá os tenga en aquella caja. Plena de encuentros.peludete

El nublado vacío de una conversación perdida.

Una flor podrida de miedos. Los pétalos de mis manos.

Y entretanto curo con dibujos pasmados. A un venezolano, un colombiano, una inglesa, una italiana, una procuradora, aquellos abuelos, la mujer sin hijos, al alcohólico, al Asperger.

A nadie y a todos.

:: Re(cortes)

Y entonces uno salta.
Sin red.

Terminar de escribir un libro.
Acabar un ciclo.
Ser otro o el mismo en versión mejorada.
Buscarse. Perderse.
Vacío y ahora si, de verdad.

El viaje.
La carga.

Una buena semana puede comenzar de cualquier forma.

A veces alguien me escuchaba. Otras veces me presentaban playas y encantos. Algunas hasta me desnudaban.

Hoy el tesoro está bien guardado, bajo mil llaves. Enterrado en la cueva del dragón más salvaje.

Leí los poemas más raros y lloré las veces más numerosas. Agarré la muerte para desprenderte y, ahora, bajo el mismo paraguas, entiendo a la luna.

Soñé que venías con unos mariachis para decirme que me amabas, bajo el balconcito de mi alcoba. Y, al despertar, el soniquete había enmudecido y sólo quedaba un pasillo de saliva por la almohada.

El sonido del mar y la arena en el bocadillo me recuerda tu silueta, cantando y riendo. Como si tal cosa. 

Soy persona o no, todo al mismo tiempo. Aniquilo la furia para que salga otra rabia, más tranquila, más ella misma.

Me veo trabajando en el café. Sonriendo a los clientes. Todo límpio, claro, ordenado. Llevo una sonrisa amplia y un cuaderno precioso donde guardo los secretos que no quiero compartir. 

Para qué exigir que te amen. No quiero callarme un te quiero, ni guardar un abrazo. Necesito abrir el alma para perdonar. Dejar fluir la risa. ¡Qué hacer si perdemos el sentido del humor!. Tal vez morirnos.

Puedo entrenarme para hacer las sopas más ricas. A Mafalda no le gusta la sopa. Tomo nota.

Hoy siento que soy prisionera de mi modo de pensar. Duele.

Voy a seguir adelante. Siento que el mundo se desploma por esta cabeza mía. Esperanza de mantenerme de pie.

Es bonito que forme parte de mi vida. Mi lista de seres humanos favoritos está cambiando. Lo añado en letra grande y de colores. Qué suerte tengo. 

Tengo miedo de que se vaya. Se que se va. Yo me quedo. Soy renovación infinita. Si.

Deseo tanto que le vaya bien que me duelen los pies. Es incomprensible. Aprieto los puños y grito en alto.

Ha sido tan apacible este día que quiero envasarlo al vacío. Meterlo en la despensa de los días mejores, de esos que quiero para siempre.

Comparto la música que me gusta y descubro que coincido con él. Quiero bailar claqué, despejar el suelo, hacer ruido. Danzar sobre las nubes. Preguntarle si quiere bailar conmigo, pisarle los pies.

Y algún día conocerá a alguien. Irá a nuestras playas, a nuestros lugares comunes. Quizá le diga quién soy, quién fui. Le dirá lo hermosa que está cuando se ríe, le presentará a su familia. Le dirá te quiero y le hará el amor con cariño y dulzura. Y yo seré una manchita chiquitita, muy pequeña. Una cicatriz de un tamaño posible. Ojalá esa mujer recién estrenada y bella le quiera tanto como yo, sería tan bonito. Tengo una nube negra sobre mi cabeza. Quiero pensar en blanco. Duele el cuerpo.

Paseo tranquila escuchando los pasos sobre las hojas. Creí que los árboles sólo se vaciaban en otoño. No es cierto. Cualquier momento es perfecto para desprenderse de lo que no vale.

 

*Recortes encontrados en una Moleskine. 

 

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:: Murphy no sabía de leyes

“Vence tu orgullo, acepta equivocarte de vez en cuando. Los errores nos aportan un conocimiento de nosotros mismos, siempre son útiles”

 

Alejandro Jodorowsky

(Extraído de su Página Oficial en Facebook)

 

Me conocí un día de verano. El calor era inmenso, aplastante. Mi deseo inmediato era regresar a aquella habitación fresca del hotel, echarme sobre la cama como un alga marchita, con cada tentáculo exhausto. Por un segundo pensé que los rayos de sol me iban a disolver. Como el azúcar en el café o el tiempo en el propio tiempo. Sin embargo, mi afán de seguir visitando la ciudad, que me tenía embrujado, hizo que mis pasos se encaminaran al casco antiguo, mucho más allá de las iglesias y las murallas. Más allá de los turistas y las calles empedradas, más allá de la suntuosa calle principal. Separarme de la manada, perderme.

Agotado por las altas temperaturas, me perdí en un laberinto de piedra y hierba. Encontré una hermosa casa con un banco de piedra en su entrada. El lugar, encantador y fresco, tenía un muro tapizado de enredaderas y unos ventanales vestidos de flores rojas. 

Y mientras reposaba en aquel banco helado, aparecí sin hacer ruido. Era alto, claro, con los ojos muy azules y el pelo blanco. Lo que inmediatamente me agradó fue el cuello tan largo, me daba una enorme elegancia. El bronceado de la piel restaba severidad a mi rostro, curtido por el aire y el sol. Me gusté desde el primer momento. Pocas veces ocurre algo así. Me saludé amable, invitándome a entrar dentro de la casa. Vestía una camisa blanca sencilla, de lino y manga corta. Parecía jovial y eterno, sin que esto se contradijera, los años y la juventud convivían pacíficamente.

Mi aspecto acalorado me conmovió y me invité a un vaso de agua. Mientras lo tomaba, comencé a mirarme con más detenimiento y a la amplia sala principal donde me había llevado. 

Era lunes, lo recuerdo perfectamente. Desde entonces hemos estado juntos, evolucionando en sintonía, riéndonos de las mismas tonterías, bailando la misma danza, saltando los obstáculos, siempre unidos. Hemos superado los tristes y duros momentos por los que la vida nos ha forzado, hemos sido capaces de saborear los instantes magníficos juntos y, lo más importante, hemos logrado alcanzar la libertad de estar distanciados y saber que siempre estamos ahí, a pesar de todo lo que nos ha ocurrido. 

El mes que viene es nuestro aniversario. Lo vamos a celebrar volviendo a la misma ciudad que hizo encontrarnos y fusionarnos en un eterno y trascendental vínculo. Estamos muy ilusionados y felices de poder seguir compartiendo tiempo y sueños. 

Me quiero mucho y me alegro enormemente de haberme conocido; tan humano, tan persona, un ser único.

 

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:: El huracán

Reducido el temor de que Sánchez no vendría, desplegué los periódicos de la mañana, buscando el olvido en la fenomenología de la previsión de otro huracán. Leída, como manda la diacronía, en primer lugar la prensa, y cuando si no apasionada por las noticias sí me encontraba sosegadamente aburrida, se produjo esa fatal trastada de la sugerencia, que el Destino –en este caso, en forma de artes gráficas- suele jugarnos a fin de demostrar que sólo el azar rige nuestras previsiones.

Nuestra casa salía volando con todo el mobiliario, los libros, los sueños y los recuerdos.

En la terraza, la sombra conservaba un regodeo crepuscular. Media hora más de ensoñación y soliloquio y, como único lazo de unión con mis semejantes, sólo dispondría yo de mi imaginación de tornados que se nos llevaban todo.

Sánchez llegó con una maleta cubierta de pegatinas y abrigada con un cinturón de cuero. No hizo falta que habláramos más de lo necesario. El temor de aquel ciclón con nombre nos había dejado casi mudos, saliva ahorrada para que no vuele con el viento imposible de detener.

Comenzó a guardar lo que creía digno de ser salvado. Una pipa, la gorra de marinero de su abuelo y el diccionario bilingüe.

¿Y yo? –le pregunté- ¿Quepo yo en esa maleta?.

 

:: Más pasado que futuro

 

 

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Ayer cumplió 76 años. Nació en el 38, en plena Guerra Civil. Es el más pequeño de cuatro hermanos, educado en la carencia, el miedo y sin conocer a su padre. A éste lo apresaron los nacionales, por ser concejal del Gobierno de Azaña en una pequeña localidad de la provincia de León, viviendo con la pena de muerte despertándole muchas mañanas en diferentes prisiones del norte.

Pudo ver su rostro cuando tenía 12. Lo liberaron tras una amnistía política y, desde ese momento, sintió aún más la vergüenza de tener un padre rojo y ex presidiario. Los vecinos y maestros le señalaban con dedos acusadores y le forzaban a esconder sus verdaderos sentimientos y temores.

El dinero escaseaba en aquella casa donde el negocio, regentado por su madre, estaba en la parte de abajo. Un comercio de ultramarinos donde el estraperlo formaba parte del cotidiano escenario de un mundo de cartillas de racionamiento. Con un esfuerzo titánico y la fuerza de aquel matriarcado pudieron salir adelante. Su hermano mayor logró cumplir su sueño de estudiar en Madrid una ingeniería y él tuvo que conformarse con una formación de perito y construir objetivos de irse de aquel patio de dolor, formar una familia y conseguir que su madre, a la que idolatraba, estuviera orgullosa de él.