:: La sorda

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En las templadas tardes de abril todo parecía detenerse en Villamoros. Salvo los sábados, el resto de los días no había un alma en sus casas y calles. El pueblo olía a polvo y a excrementos del ganado, tiñendo el aire de una mezcla nauseabunda a la que los paisanos estaban acostumbrados. Algún perro bostezaba o ladraba, cuando pasaba cierto coche despistado por aquella carretera de segunda a medio asfaltar que atravesaba la aldea.

En este leve devenir en el que no pasaba casi nada, Remedios Suárez, la sorda, bajó de un salto los escalones de su destartalada casa y, a la carrera, se entró por las sombras. Mi mirada y la suya se cruzaron una décima de segundo, enzarzándose pegajosas y melifluas como una tarta nupcial. Sin darle más importancia, seguí tejiendo al lado de Mauricio que dormía su siesta respirando insultantemente pacífico. Sus ronquidos, detonando en cadena, me reinstalaron en la antimateria del hogar. Intenté chasquear la lengua, pero más con la finalidad principal de descubrir si dormía o provocaba despierto aquellos tableteos. Cuando se despertó la que casi estaba en los brazos de Morfeo era yo misma, cabeceando sobre mi pecho y consiguiendo que se salieran los puntos de las agujas. Puro aburrimiento. La desidia pueblerina que dejas que se instale en las esquinas y parece eterna.

Mauri –dije yo- he vuelto a ver a la Reme. Y ya van tres veces esta semana. Antes apareció de repente y creo que quiere decirme algo. Se me escapa el qué. Me pareció que anda preocupada. Mauricio se levantó del escaño, desperezándose y desenvolviéndose del sopor de primavera. Tardó en contestar, unos minutos de oro que se me hicieron gemelos de su desidia. Carraspeó antes de responderme, clarificando sus cuerdas vocales como un tenor de opereta. Mira Choncha –me espetó- mejor dejas la bebida mañanera. Te hace ver visiones. Y se llevó la última palabra al patio junto con el maullar del gato sobre el tejado, una poesía de villa, el último verso amarillo como el adobe de nuestras paredes.

Le oí arrastrar las pantuflas por el huerto y yo seguí en la portada principal. Esperando la nada, que es lo que una aguarda en esta parroquia, el vacío que pesa como hierros en la espalda. Un cuervo se posó sobre el alféizar de la ventana principal de la morada de La Sorda. Quizá quise ver algún indicio en aquella muestra de ave negra, en su movimiento o en sus sonidos de pájaro vencido. Recordé entonces el día que hallé muerta a La Sorda en su baño. Días antes comenzamos a sospechar que algo le había ocurrido, no aparecía en misa ni a la llamada del concejo. Llamé a su puerta y al ver que no contestaba, entré por la portilla de la parte de atrás, siempre la dejaba abierta para que Juanin el gochero pudiera entrar y salir con la lata de los desperdicios que ella le dejaba, con el fin de que, a cambio de contribuir a cebar así a sus cerdos, pudiera La Sorda tener productos de matanza para el año. El impacto que dejó en mí el verla sobre el suelo frío del mármol se mantuvo durante meses. No cesaba de verla viva, a menudo vestida como el día que la encontré y otras ocasiones con la ropa del domingo, mudada y peinada con el moño alto.

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HALLAZGOS

Juan-Loste-Siluro-las-letras-1 Siluro Concept exposición Nicole Muchniko (1)

He aprendido de Henry Pierrot a escarbar buscando el significado de las palabras en el diccionario y jugar con las distintas acepciones de un término. Así, indago para saber qué nos traslada la RAE respecto al vocablo “reencuentro”. Según la Academia, sólo hay una equivalencia: “hecho de encontrarse de nuevo”. Me sirve perfectamente para lo que me ha ocurrido en días pasados con Juan Loste. Gracias a una fortuita conversación con su hermana Blanca, supe que estaba en Madrid dirigiendo un proyecto muy singular: Siluro Concept. Investigué sobre la palabra “siluro”, confieso que nunca antes me había topado con ella, y llegas a conocer que es la denominación del mayor pez de agua dulce de las aguas interiores de Europa. Buena imagen para generar una expectativa.

Manifiesto que me intimidaba la situación de acercarme a este amigo de la adolescencia tras muchos años de no tener ningún tipo de contacto. Sin embargo, salvé esa zona de seguridad del miedo inicial y, con la fantástica compañía de mi amigo José, (otro afincado en la capital) me decidí a conocer el espacio que regenta, que tanto me intrigaba, y vernos de nuevo.

Nos tropezamos con un garaje rehabilitado exquisitamente donde se presentan ideas, productos, creación y eventos. Es un modelo de negocio que gestiona cultura, relaciones y transformación a través del arte. Son catalizadores de marca, generando un colectivo al que cada día se unen más empresarios, artistas y profesionales como socios para trabajar en un entorno de relaciones: Colectivo Siluro. Facilitan las herramientas para desarrollar productos creativos y competitivos. Realizan Consultoría de Marca para catalizar nuevos valores del sello a través de los eventos realizados en su espacio. Asimismo es un marco multidisciplinar para acciones relacionadas con el arte, la cultura, la moda, las novedades, las tendencias y otras formas de creatividad. Lo que marca la diferencia en Siluro son sus socios, que aportan experiencia, creatividad y un amplio mapa de relaciones. Galería de arte, escenario de microteatro, sala de música, espacio de tertulia, showroom, Lanzadera Retail y espacio de co-working.  Alta tecnología para conectarte al mundo con la máxima rapidez en un entorno con las mejores vibraciones. Y en el centro de Madrid. En el barrio de las Letras durante todo el día. No se puede pedir más para cualquier emprendedor que esté comenzando o queriendo dar un giro a su fórmula empresarial.

Y así fue como nos reencontramos, bello verbo con un solo significado, sin avisarle previamente. Pudimos recordar nuestros tiempos de patines en el jardín de San Francisco, rememorar personajes comunes para llegar, con nuestra memoria frágil, al día de hoy, a nuestro tiempo. Juan, nacido y criado en León, es un hombre encantador con un bagaje profesional fascinante y una envidiable trayectoria curricular. Licenciado en Económicas y Economista del Estado, trabajó durante una década en el Banco de Santander desempeñando cargos de alta responsabilidad, viviendo un tiempo fuera de España. Con alma valiente, decidió dar un giro a su vida y abandonar la entidad financiera para llevar el desembarco internacional de la marca “Uno de 50”. Tras este interesante proyecto, se subió a bordo en los inicios de “El Ganso” siendo su Jefe de Sistemas y Director de Marketing y con los que sigue vinculado de alguna otra forma en la actualidad. He querido mencionar su senda laboral para mostrar mi orgullo por un leonés que, como muchos otros, ha sembrado de ilusión y profesionalidad todo lo que ha manejado y hacerlo extensivo a todos los que vivimos aquí y buscamos un espejo referencial en quien reflejarnos. Este es un excelente ejemplo.

Buscar una aceleradora para un micro empresario en su fase inicial es complejo, por ello, contar con la experiencia y empuje de personas con talento para aportar soluciones en aspectos como desarrollo de producto, marketing, gestión de eventos, financiación y comunicación es vital y extremadamente necesario para que tu idea sea visible y aportar valor. Se recomienda, en esa búsqueda, evaluar la filosofía de tu mentor y meditar si encaja con tu forma de entender el mundo de la empresa. La verdadera innovación, en un espacio como el que tutela Juan Loste, es el trabajo colaborativo donde el conocimiento fluye y en el cual los mejores profesionales aportan la mejor estructura, imagen y visibilidad a tu negocio.

*Artículo publicado en la sección “El Inno de León” del suplemento INNOVA del Diario de León el día 9 de junio de 2.015.

http://www.diariodeleon.es/noticias/innova/hallazgos_985163.html

:: Design Thinking

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Empresas de la envergadura de Zara, Apple, Amazon, Havainas, Google, Microsoft o Pepsi están innovando en sus modelos de negocio experimentando un crecimiento exponencial, a pesar de estos años de crisis y recesión económica. En este contexto, las técnicas de ‘Design Thinking’ están dando un enfoque nuevo en los procesos centrados en las personas, utilizando herramientas de diseño para integrar las necesidades de las personas, las posibilidades de la tecnología y los requerimientos para el éxito del negocio.

Los cinco pasos fundamentales del Design Thinking son: Empatizar, Definir, Idear, Prototipar y Evaluar. Estas premisas para el proceso requieren de un potencial de equipo cohesionado y humanizado para el impecable enfoque holístico donde no sólo las personas, sino la tecnología y el negocio convergen en diseño aplicado para productos, servicios, procesos y modelos de negocio.

Una vez encomendado el trabajo que surge del propio cliente o de la propia consultora de innovación («quiero sacar un nuevo producto al mercado», «quiero sacar una nueva línea de negocio») los peldaños se suben paso a paso comenzando por enfocarse en valores humanos, siendo conscientes del proceso y teniendo claro qué métodos se utilizan en cada fase.

Tener empatía por las personas para las que se está diseñando, contando con la retroalimentación (feedback) de los usuarios como pilar fundamental para lograr un buen resultado y como base para arrancar. Desde la observación a los usuarios y sus comportamientos, haciendo preguntas abiertas, mirar y escuchar. Lo que queremos resolver no son nuestros problemas sino los de aquellos para los que trabajamos, por lo que requiere un esfuerzo por comprender lo que hacen y para qué, sus necesidades físicas y emocionales, su manera de concebir el mundo y lo que es significativo para ellos. En esta primera parte, los diseñadores se sumergen en un mar de aprendizaje.

Posteriormente, seguimos avanzando comunicando la visión de una manera significativa e impactante creando experiencias, usando ilustraciones y contando buenas historias. Esta etapa es sobre crear coherencia sobre la variada información que se ha reunido. El modo ‘definición’ es traer claridad y enfoque al espacio de diseño en que se definen y redefinen los conceptos.

Para la importante fase de ideación, es vital la colaboración radical juntando equipos de personas de variadas disciplinas y puntos de vista. La diversidad permite sacar a la luz ideas extremas. La generación de múltiples ideas, todas ellas válidas, combinándolas desde el pensamiento inconsciente y consciente, pensamientos racionales y la imaginación. Se utilizan técnicas como brainstorming, mindmaps, storyboards, cardsorting, siendo necesario asimismo separar el área de generación de ideas del área de evaluación de dichas ?ideas

Llegamos a la etapa de prototipar, siendo ésto no simplemente una manera de validar las ideas sino una parte integral del proceso de innovación. Sin la cultura de prototipos, el desarrollo pierde sentido. El prototipado debe ser de manera rápida y barata de hacer (cometer errores antes y del modo más económico posible), suscitando tema para debatir y recibir retroalimentación de usuarios y colegas. Este proceso se va refinando mientras el proyecto avanza y los prototipos van mostrando más características funcionales, formales y de uso. Así se podrán evaluar las alternativas y desarrollar otras ideas diferentes sin tener que comprometerse con la definitiva demasiado temprano.

Una buena regla es siempre hacer un prototipo creyendo que estamos en lo correcto, pero debemos evaluar pensando que estamos equivocados. Nos encontramos en el último peldaño, el de la evaluación. Lo ideal para aprender más sobre el usuario, una nueva oportunidad de empatizar con ellos y teniendo en cuenta que, a menudo, se revela que nos hemos equivocado en la solución y en enmarcar bien el problema.

Por tanto, el Design Thinking es una metodología atractiva que nos aporta un marco para innovar en cualquier ámbito de cualquier tipo de empresa. Su aplicabilidad tiene como límites nuestra propia imaginación. Ahora es el momento de saber qué puedes hacer tú con este método para tu proyecto.

Ánimo.

*Artículo publicado en el Diario de León (Sección INNOVA) el 19 de mayo de 2015

http://www.diariodeleon.es/noticias/innova/design-thinking_979970.html

:: De puntillas

Por mucho que se esforzara Marita en alcanzar el último estante, subida a aquel pequeño taburete de madera, no lograba el objetivo de cazar la tableta de chocolate. La golosina la escondía su abuela pretendiendo que la nieta no comiera dulce entre horas. Eran casi las tres y media, de un anodino día de diciembre, cayendo la tarde en pronta noche, sin muchas ganas de recobrar la luz de un invierno diluido en fríos y heladas.

La niña seguía intentando ponerse de puntillas y, de modo intermitente, bajaba del banquito para verificar que su abuela seguía recostada en la húmeda alcoba. Así llevaba más de una hora. Retomaba la tarea de alzar sus bracitos y erguir todo su cuerpo a medio hacer, con el único propósito de llegar arriba y coger el premio. De un brinco bajó del escaño al escuchar pasos en la habitación del fondo. Atemorizada por ser descubierta, empujó el escabel bajo la mesa de la cocina y esperó a ver quién se acercaba. Era su tío Luis: soltero por convencimiento, devoto de San Genaro y agricultor por obligación. Asomó a la cocina y encontró a su sobrina de pie, con las manos atrás y cara de no haber matado una mosca. Sonrió pensando que algo tramaba la pequeña y le preguntó directamente qué hacía allí sola. Nada –dijo ella- esperar que pase el tiempo. Quiero que llegue pronto la merienda.

El hombre abrió el grifo para beber un vaso de agua. Marita lo observaba impaciente deseando que se fuera pronto para que pudiera proseguir en la tarea de conseguir su tesoro. Con gesto lento tras la siesta, Luis no parecía que tuviera muchas ganas de abandonar la cocina. La niña, cada vez más inquieta y el hombre abúlico. El nervio frente a la desidia. Marita se sentó a su lado y sin perder de vista cada movimiento de su tío, de vez en cuando miraba de soslayo a lo alto de la gaveta donde reposaba su preciado botín, a la espera de ser saboreado. En un abrir y cerrar de ojos, el hortelano se acercó a la estantería y apresó la chocolatina. La niña se quedó sin respiración, asustada por aquel inesperado aspaviento esperó sentada a la siguiente reacción de Luis. Con sus manos ajadas por los aperos del campo y con la destreza suficiente de los años abrió despacio el envoltorio, arrancó unas onzas y se las dio a la chiquilla. Toma –dijo susurrando – pero que no se entere la yaya. Marita atrapó una en cada mano y, sin dar mucho crédito a lo que había ocurrido, comenzó a saborear el cacao, un manjar de dioses, una dicha que manchaba sus manos y comisuras. 

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:: Pensar en positivo

Desde que cayeron en mis manos las lecturas de la escritora americana Louise L. Hay he intentado incluir, en todos los aspectos de la vida, los pensamientos y visualizaciones positivas. Promover esta práctica, a pesar de la dificultad que conlleva, es fundamental para los procesos de solución de problemas y generación de ideas. Lo innovador de esta técnica es cambiar la conciencia siguiente: el poder que todos buscamos ‘fuera’ está dentro de nosotros, fácilmente accesible, a nuestra disposición para que lo empleemos de la mejor forma posible. Creer en nuestras capacidades y en las de nuestro equipo en el entorno laboral es una fuerza activa que favorece lograr los retos y metas, sin dejar al destino que todo se solvente solo o que las soluciones lleguen por azar y no por el esfuerzo propio.

Cuando se logra entrenar e incorporar la visualización positiva en nuestra rutina diaria, este impacto benéfico afecta directamente a las relaciones de los que te rodean; no sólo al que lo practica de forma periódica. Descubrir nuestro poder interno, sabiduría y fortaleza no va a evitar que tengamos problemas, los cuales son inherentes a la humanidad, pero sí nos ayudará a cambiar la manera de reaccionar frente a ellos. Visualizarnos de la mejor forma posible, sanos y airosos frente a los conflictos, pasa por el inevitable camino de tener un profundo aprecio por quiénes somos, aceptar los diferentes aspectos de nosotros mismos, nuestras pequeñas rarezas, los desconciertos, aquello que no hacemos del todo bien y también nuestras maravillosas cualidades; aceptar todo el lote con intenso afecto, sin condiciones.

Dice Germán Castaño, otro partidario de los pensamientos positivos, que también es importante conocer los daños colaterales del reto de pensar ‘bien’: habrá quienes piensen que tu vida es demasiado fácil, pueden considerarte una persona sin empatía, los retos de otros te los pueden presentar como desafíos a tu forma de pensar, algunos evitarán contarte sus problemas, a los ojos de los demás no tendrás derecho a sentirte triste o derrotado, es posible que puedan considerarte un prepotente, insensible o engreído, cuando tengas momentos complicados tal vez no puedas contar con nadie y, por último, les parecerá complicado admitir las frustraciones aunque lo hagas de un modo constructivo.

Asimismo, la doctora Liébana, experta en Nutrición, anima a sus pacientes a visualizarse sanos para ayudar —junto con el cambio de hábitos alimenticios— a sanar el cuerpo y la mente. Está demostrado con datos científicos que el pensamiento positivo anima y activa la curación de enfermedades de todo tipo y, al contrario, las depresiones o la manera de pensar autodestructiva (‘no valgo, no sirvo’) generan tumoraciones de todo tipo. Son muchos los médicos que han valorado estos aspectos y siguen investigando, a pesar de la resistencia de otros colegas de profesión, la conexión mente-cuerpo y la importancia de estar fuertes a nivel mental para lograr una curación más rápida.

Con franqueza. pensar en positivo no nos hará invencibles pero sí más invulnerables. Aceptaremos los fracasos con humildad y comprenderemos que, para algún tipo de problemas, no encontraremos la solución más idónea o la que desearíamos. Tiempo, esfuerzo y mucha paciencia son los ingredientes más acertados para seguir creyendo firmemente en nosotros mismos e ir bandeando los desafíos diarios.

Nosotros somos el poder que hemos andado buscando. Dentro de cada uno de nosotros tenemos la orientación perfecta para guiarnos hacia la salud, la relación perfecta, la profesión deseada y la prosperidad en cualquier ámbito. Nuestros pensamientos crean nuestros sentimientos, vivimos de acuerdo con esos sentimientos y creencias. Cambiemos el paradigma de nuestros pensamientos antiguos. Os animo a visualizar esto: Estoy en el lugar correcto, en el momento oportuno y haciendo lo que es mejor para mí.JordanMcQueen

Foto: Jordan McQueen

*Artículo publicado en el Diario de León el 5 de mayo de 2015:

http://www.diariodeleon.es/noticias/innova/pensar-positivo_976292.html

TRIBU

Leo y respiro las cartas, que se escribían mis abuelos, como si bebiese de un solo trago una botella de vida plena. Un tiempo donde viven, sueñan, aman, trabajan y mueren los personajes de una historia de familia.

Pepe, mi tío abuelo, amaba la naturaleza y las aves, de modo especial. Era capaz de predecir el tiempo que iba hacer el día posterior o el siguiente, sólo con observar el comportamiento de los gorriones y golondrinas. Unas jornadas previas a su muerte, cautivó a una lechuza que se posó, de un modo fugaz, sobre el alféizar de su ventana. Imitaba perfectamente el sonido de los Strigiformes, de tal forma que aquel pobre mochuelo creyó que una hembra estaba en celo. Con ello, sólo pretendía Pepe alimentar la leyenda de que los búhos y lechuzas anuncian la llegada de un fallecimiento. Y así fue. A las pocas horas de que el ave apareciera aquellos segundos, Pepé murió plácidamente cumpliendo con el momento del adiós definitivo que el destino le tenía preparado.

La ausencia de mis ancestros es una víscera. El legado que cargamos a nuestras espaldas, duele a apellidos sencillos y a cosas inacabadas. El aroma de aquellos guisos sobre la cocina de carbón, lo llevamos tatuado en la pituitaria y, cada vez, que un olor se le asemeja, una sonrisa triste se nos dibuja en el rostro. Huele al pote de la abuela, pensamos y a veces verbalizamos.

En esta genealogía, las mujeres han cumplido con su papel de débiles y ausentes. Sin embargo, la bisabuela Eustaquía componía un carácter fuerte y severo que infundía miedo y respeto a partes iguales. Con un vientre fértil dio vida a siete hijos sanos y fuertes, con suficiente inteligencia para afrontar una vida llena de avatares, sacó adelante a todos ellos. Les fue inculcando valores y tradiciones que aún, muchos de los que aquí nos encontramos, lo llevamos al hombro. No sé si por genética o por ósmosis. El gusto por comer y la lectura ha ido empapando a todos. No hay casa de los nuestros donde los libros y las exquisiteces no rellenen los huecos que les corresponden. La pasión la dedicamos al arte y la política, dejándonos nuestra vehemencia, exhaustos para dormir una siesta de herencia.

Todo aquel que se iba cruzando con nuestra estirpe, se ha sentido atraído por nuestra forma de entender la vida. Mi padre tuvo que aprender a beber vino, fumar habanos y a conocer platos que, en su casa jamás había probado, para corresponder a nuestra raza de paladares eruditos. Mi abuela, que había dejado la escuela muy pronto, se afanó escrupulosamente en comprar libros de cocina para complacer a su marido. Y así surgieron platos estrella, hechos con cariño y actitud, como el bacalao ajo arriero o el pote asturiano que eran conocidos en toda la villa.

Mi abuelo era de los pocos que, entonces, tenía una máquina de escribir en su casa. Recuerdo cómo, siendo niña, escuchaba aporrear aquellas teclas, desde el piso de arriba, e intentaba imaginar qué podría estar escribiendo a aquellas horas. Con el tiempo me he enterado que redactaba artículos para un periódico local. Crónicas sociales muy ligeras con las que se ganaba un sobresueldo, ampliaba sus recursos y agasajaba a su mujer.

Mi abuela, agradecida a la vida por haberse podido casar con un hombre de bien, ayudaba en lo que podía a su propia familia y a sus amigos de la infancia. Cuando alguna de sus compañeras de colegio o vecinas se casaba, el regalo que siempre mi abuela les hacía, era el de llenarles la despensa para cuando inauguraran su vida en común. Aceite, arroz, garbanzos, fideos, lentejas, sal, azúcar. Todos esos paquetes, bien ordenados y dispuestos para empezar un nuevo camino, eran especialmente bien recibidos por los novios que lloraban de felicidad al ver sus estantes con aquellos presentes.

En esta familia desconfiamos de los que comen poco y mal. Tampoco nos generan simpatía aquellos que no leen o que tienen libros en casa para adornar los salones. Cualquier invitado que tenemos debe cumplir con los requisitos de cultura gastronómica y artística. En caso contrario, las veladas discurrirán desapacibles y tensas. Si, por el contrario, nuestros convidados se muestran receptivos a nuestro agasajo culinario y desparpajo verbal, la jornada se deslizará con patines sobre cera. Una noche de fiestas, mis abuelos habían invitado a algunos amigos y familiares a cenar. Entre los amigos se encontraba la mujer de un empleado de mi tío abuelo Serafín. Aquella señora, poco agraciada y de sonrisa difícil, se mostró especialmente antipática a ojos de nuestra raza, de tal modo que apenas comió (decía que no le gustaba el marisco) y cabeceaba en el punto álgido de una interesante tertulia en la que se discutía si la pluma de Francisco Umbral era mejor que la de Camilo José Cela. Mi abuelo, que se había percatado al minuto uno del talante de esta dama, al concluir aquel convite a altas horas y despedir a cada uno de los asistentes, no pudo morderse la lengua para decirle al marido: “No sólo te casaste con la más fea por fuera, sino también con la más grotesca por dentro que hay en veinte kilómetros a la redonda”. Eso hizo que dejaran de hablarse durante treinta años. Mi abuela tuvo que disculparse al día siguiente, a espaldas del abuelo, aunque no logró con ello que germinará una enemistad que duró una eternidad.

Aquí hay otro factor a destacar. El orgullo. Esa esencia que no nos permite ser flexibles y aceptar otros argumentos, otras opiniones, otras formas de ver y entender la vida. Esa suficiencia no permitió al abuelo dar su brazo a torcer y pedir perdón a aquella pareja. Él se sintió defraudado y dolido por compartir mesa y mantel con aquella mujer. Todo lo demás le parecía inapropiado y no cabía intentar hacerle cambiar de manera de pensar. En muchas comidas posteriores, mi abuelo aludía a aquella escena y se jactaba, incluso, del comentario que le había hecho a aquel hombre. Mi abuela, con su carácter conciliador, intentaba quitar hierro al asunto, comentando que no todos somos iguales y que es bueno respetar al prójimo. Este tipo de apostillas le dolían especialmente al abuelo. Para él sólo había una forma de ser que era la suya y la de su familia. Y así se lo transmitió a sus tres hijos.

Mis tíos y mi madre llevan hasta la última consecuencia, el legado de nuestra alcurnia. En especial mi tío Julio. Sus excesos con el buen comer le llevaron a sufrir un infarto de miocardio que le obligó, muy a su pesar, a realizar una dieta rigurosa. Alejado de todo lo que amaba profundamente, acabó sumido en una gran depresión que le duró años.

Cuando asesinaron a mi padre, el que tomó las riendas de nuestra casa; incluyendo valores patrimoniales, así como mi educación y la de mis hermanos, fue mi abuelo. Él no se rindió al duelo y a la pesadumbre que ensombrecía nuestros días. Fue capaz de coser con destreza nuestros desconsolados corazones y sacarnos adelante uno a uno. Mi hermana Sara, con síndrome de Asperger, fue la primera que –debido a su falta de comprensión de los sentimientos naturales del ser humano- pudo nombrar las cosas por su nombre y empezar a cuestionarse el motivo por el que habían matado a nuestro padre. Cuando encontraron a su verdugo, tras una investigación de casi dieciocho meses, el dobladillo que parecía dar forma a nuestra existencia, se tensó verificando que aún necesitaba arreglos, aunque nos costó admitirlo. Confesó, acorralado, que mi padre le había traicionado cuando eran jóvenes. Tan sólo mi tía Mari recordaba aquel asunto. Nunca supimos lo qué había ocurrido realmente. Mi abuelo nos protegió con un velo gris que no nos dejaba ver más allá de nuestras cuatro paredes y las del colegio. Es el día de hoy que ya no hablamos de ello. Recordamos a mi padre el día de su santo, descorchando un buen vino y paladeando alguna delicatesen. No nos permitimos más.

En ese camino tortuoso de dolor y vacío, mi madre decidió ahogar las penas en alcohol a pesar del coraje de mi abuela por intentar evitarlo. Ha vuelto a rehacer su vida, no en el sentido estricto de volver a tener un compañero de alcoba, sino de recuperar su sonrisa y aficiones; como la de estudiar francés o tocar el piano. Nos levanta dolor de cabeza cuando aporrea el viejo Yamaha, pero preferimos escuchar cómo interpreta a Beethoven que verla agitar un vaso con hielos y whisky. Recuerdo cómo nos avergonzaba en la escuela el tema de nuestros padres; uno hallado muerto a cuchilladas y la otra alcoholizada por la pena. Nos costó la adolescencia un puñado de insultos y moratones. Hoy, ya como adultos responsables, llenamos nuestro bagaje vital con aquellas señales, cicatrices antiguas que a veces pican con el cambio de tiempo o de luna.

Para alegrarnos un poco aquellos tiempos de sutura, los abuelos nos invitaban a helados los domingos y organizaban cenas temáticas los sábados. En éstas, mi madre aprovechaba para beber sin ser controlada mientras nosotros aprendíamos lecciones de mayoría de edad, sin darnos cuenta siquiera. La que recuerdo con exclusiva intensidad fue una cuya materia era  la película “Cabaret”. Todos los invitados se vistieron de los felices años veinte y fue francamente deliciosa. Mi hermano mayor besó por primera vez a una chica, yo prendí un cigarro que me hizo detestar para siempre el tabaco y mi hermana Paula logró pegar un trago a un cóctel estrambótico que hizo un amigo de la familia. Le pareció tan horrible que nos estuvo hablando de aquel odioso combinado durante toda la semana. Mis abuelos reían con la anécdota mientras mi madre arrastraba los pies por las salas, plena de resacas antiguas.

El abuelo murió una noche de diciembre. Asomó su enfermedad a finales del verano y la escondió a la abuela y a todos nosotros. Cuando le ingresaron en el hospital de veteranos, una punzada de intuición nos sacudió a todos. Aquellas navidades fueron las más tristes del mundo. El desconsuelo acampó en nuestros jardines y los pilares de nuestra ralea comenzaron a tambalearse. La abuela, vestida de luto con el negro más intenso, intentó con cordura mantener los valores que sólidamente mi abuelo fue forjando y descorchó la noche de su entierro las mejores botellas de la bodega.

Estaban reservadas para un momento único y creyó que aquel día era el apropiado para ello. Todos bebieron aquel elixir de dioses y recordaron, no sin amargura, más de mil anécdotas donde mi abuelo era el protagonista. Fue el funeral más populoso que se haya visto jamás. La iglesia, el cementerio y nuestra casa estuvieron abarrotados. Todos quisieron agasajar y corresponder a aquel hombre de buena amistad,  amante de la buena gastronomía, el arte y la literatura.

La lectura del testamento abrió más de una llaga. Dejó claramente establecido para quiénes serían sus propiedades y sus ahorros. Como suma a ello, escribió una carta a cada uno de los herederos que originó que se hablara de nosotros durante un tiempo, más de lo debido creo yo con la distancia temporal. A mí me destinó una de las fincas de la playa y en la misiva tan sólo estas letras: “Disfrútala con las delicias del mar y baila al son de las olas. Carpe Diem”. Supuso un choque ver su singular y trémula caligrafía en aquella hoja amarillenta que olía a cajón y a tinta rota. Aún me emociona leerla, la guardo cerca con un cariño de nieta preferida.

La abuela decidió morirse unos meses después que mi abuelo. La pena la fue secando y consumiendo. No encontraba sentido a nada y su piel se iba marchitando y arrugando, cada día cambiaba de tono. Mi madre y mis tíos apostaron a que, si seguía así, no duraría más de un año y, en efecto, así fue. El acierto, muy desconcertante, los alivió en algún modo y fueron capaces, entre todos, de atravesar el barranco por la irreparable pérdida de sus padres.

En una de las cartas que se conservan en la casa de mi madre, mi abuelo se despide de mi abuela del siguiente modo: “Ten en cuenta, cariño mío, que cuando lleguen los malos momentos, cuando te sientas sola y sin fuerza, recuerda que hay unos brazos extendidos que te esperan para levantarte, no para hacer que las cosas te vayan mejor, sino para ayudarte a saberlas mejorar por tu cuenta. No tienes porqué vivir sola a menos que así lo desees”. Ahí radica uno de los pilares de nuestra esencia que no quiero perder y que intento educar, con el mismo propósito, a mis hijos.

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(Mi primera publicación en un libro)

CON LAS MANOS EN LA MASA

Corría 1.984 cuando se estrenó en la televisión española el programa “Con las manos en la masa”, un espacio de materia culinaria dirigido y presentado por la pintora Elena Santonja. En siete años de emisión, donde pudimos ver cómo cocinaban Rosa Chacel, Almodóvar, Carlos Berlanga, Alaska, Fernando Fernán-Gómez o Martirio; entre otros tantos; los españoles fuimos aprendiendo a encontrar nuevos platos y a renovar nuestros estilos frente a los fogones. Recuerdo perfectamente la pasta con gambas con tabasco que Miguel Bosé, a la sazón ahijado de Picasso, nos mostró en una delicia de episodio. Aún es un plato mítico en mi familia. La sintonía del programa todavía resuena en los de mi generación, aquel tema compuesto por Vainica Doble e interpretada por Gloria Van Aerssen y Sabina lo tarareamos en la ducha formando parte de las canciones de nuestra vida. Llegaron los noventa y, con la década, la proliferación y puesta en valor de los cocineros vascos como Berasategui, Arzak o Subijana. Entretanto, Elena Santonja comenzó a tener diferencias con TVE al solicitar percibir, por la publicidad sugerida en los programas, una prestación económica. En este contexto, su programa se retiró en el noventa y uno para ser sustituido por “El menú de cada día” del, entonces debutante en la programación nacional, Karlos Arguiñano. De ahí al estrellato; convirtiéndose en una revelación televisiva y recibiendo premios tan significativos como el TP de Oro o el Premio Ondas, nos enseñó con dosis de humor y cercanía lo que significaba pochar, estimar los pescados azules como el chicharro o a adornar los platos con ramitas de perejil. Y así seguimos avanzando en nuestras artes culinarias caseras para mejorar las recetas de la abuela y agasajar a los propios y ajenos en el hogar. Queda la duda en el ambiente si Arguiñano ha cobrado cantidades económicas por publicidad, a diferencia de su antecesora.

Y nos encontramos en 1.998, año en el que aterriza Canal Cocina con el eslogan “La cocina nos une”, una novedosa apuesta en emisión de pago en la extinta Vía Digital de Telefónica y que actualmente mantiene su cuota de pantalla a lo largo de los años con una oferta diversa abarcando tanto la cocina tradicional como la puesta al día y nuevas tendencias, con interesantes reportajes que dejan un buen sabor de boca.

La trayectoria de la categorización gastronómica se ha afianzado en las parrillas televisivas españolas, evolucionando e innovando a nivel formal y de contenido, adaptándose tanto a las tendencias vigentes como a la demanda de la audiencia, convirtiendo los formatos tradicionales en espectáculos gastronómicos o concursos televisivos copiando el formato de programas como “Operación Triunfo”. Valorando este progreso con carácter subjetivo, me cuestiono la irrupción de chicotes y similares o jurados, denominados como expertos o modelos a seguir en la programación de hoy en día. ¿Es necesario machacar a un concursante por esos supuestos cocineros de alta gama por presentar un plato con una patata semi cocida? ¿Para qué burlarse con saña de un aspirante a cocinero con esas formas? ¿Es cierto que ese tipo de expulsión por parte de un jurado de excepción aumenta la cuota de audiencia? En mi opinión, este mal gusto incomoda, no es didáctico y, lejos de recuperar el amor por los programas de este formato, nos distancian y confrontan con una evasión que esperamos y deseamos a través de las ondas.

Permítanme que les deje aquí. Se me quema el arroz.

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(Artículo publicado en El Diario de León el 21 de abril de 2015)

PROCOMÚN

Toda nuestra vida se basa en recursos. Y esto no sólo incluye la diversidad de la naturaleza, sino también los espacios comunes en nuestras ciudades y pueblos, educación, ciencia y el mundo digital. En realidad, todo este patrimonio alcanza a proveer a todas las personas. Sin embargo, el mundo se ve diferente ya que la naturaleza fue cercada, los espacios sociales se están privatizando, el acceso a la educación se vuelve mercancía y la libertad en el mundo digital se pierde frente a los monopolios. Algunos lo llaman “derechos”. La razón es simple; quien hace escasear un bien, produce una necesidad. Quien cree una necesidad, puede ganar un montón de dinero. “Así debe ser”, dicen los que se benefician. Y, a primera vista, parece lógico el argumento: si le dejáramos la administración de los recursos a la gente, los sobreexplotarían de un modo implacable. Pero la gente no actúa así: conversa entre ellos, acuerda reglas, asume responsabilidades por los bienes comunes, saben que todos deben comprometerse para mantenerlos y que todos se necesitan mutuamente. Los beneficios de unos son también los beneficios de los demás. Esa es la idea de los bienes comunes; un recurso es utilizado por una comunidad que le infiere sus propias normas y cada quien colabora para que los bienes comunes sigan creciendo para todos, tanto en la naturaleza, en el ámbito social, en la educación, la cultura o internet. Es una idea que se vive todos los días en todo el mundo y, sin la cual, tampoco podríamos pensar respuestas para los grandes desafíos como la educación, la salud, el cambio climático o la seguridad alimentaria.

El “procomún” (traducción al castellano del “commons” anglosajón), es un modelo de gobernanza para el bien común. La manera de producir y gestionar en comunidad bienes y recursos, tangibles e intangibles, que nos pertenecen a todos, o mejor, que no pertenecen a nadie. Un antiguo concepto jurídico-filosófico, que en los últimos años ha vuelto a cobrar vigencia y repercusión pública, gracias al software libre y al movimiento ‘open source’ así como al premio Nobel de Economía concedido a Elinor Ostrom en 2009, por sus aportaciones al gobierno de los bienes comunes.

El procomún lo forma todo lo que heredamos y creamos conjuntamente y que esperamos legar a las generaciones futuras. Una gran diversidad de bienes naturales, culturales o sociales, como por ejemplo: la biodiversidad, las semillas, Internet, el folclore, el agua potable, el genoma o el espacio público. Bienes que muchas veces sólo percibimos cuando están amenazados o en peligro de desaparición o privatización. Todos pueden acceder al procomún, ­es un derecho civil más­ y no sólo quienes pueden pagárselo.

El procomún nos re-sitúa en un marco humanista, en el que ganan nueva legitimidad la transparencia, la equidad, el acceso universal o la diversidad. Propone una posible alternativa a la economía de mercado, desde la que volver a integrar lo económico y lo ético, lo individual y lo colectivo. Un modelo que se apoya en comunidades estructuradas sobre la confianza.

El procomún es creado y recreado, conectado y reconectado. Nace de la interacción entre los miembros de una comunidad reunidos alrededor de un tema o de un problema. El procomún es un estado de emergencia que surge del empoderamiento de los “afectados” que reclaman derechos amenazados o destruidos. No hay procomún sin comunidad, y viceversa. Por tanto, el objetivo principal es hacer visibles comunidades emergentes de personas afectadas -darles el tiempo, la experiencia, la tecnología, los media, la palabra-, con la voluntad de construir entre todos un mundo más justo, un mundo común.

*Toda la información de este artículo sobre la economía del procomún está extraída con acceso libre desde internet.

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(Artículo publicado en El Diario de León el 7 de abril de 2015)

NO FEAR (sin miedo)

Está demostrado que todo lo nuevo genera temor. Miedos y tensiones que son difíciles de aplacar si uno no quiere saltar al vacío con fuerza, pasión y ganas. Se precisa una mente abierta y disfrutar del recorrido del aprendizaje de lo que llega o está por venir. En mi propia senda de conocimiento, he tenido el enorme placer de encontrarme con Mika Komorowski. Una persona creativa, de origen sueco, que llegó a León para emprender pilotando un ‘coffee shop’. Ha roto el paradigma de lo que entendíamos por “tomar un café” en esta ciudad, desarrollando y entrenando una nueva forma de mostrar la cultura de aromas y sabores. Mika trabaja, de manera continua, intentando buscar la receta perfecta, pensando –en todo momento- en el deleite de los clientes, siempre bajo su particular punto de vista. En una amena charla que hemos mantenido hace pocos días, me explicaba con un toque pasional, cómo entiende a España como el país de la actividad culinaria y a los españoles como los que apreciamos cualquier tipo de experiencia gastronómica. Con esta base, hay mucho potencial para desarrollar la innovación aplicando nuevos estilos y métodos de hacer café. Un mundo entero lleno de posibilidades; donde él no cesa de leer, preguntar y experimentar suscitando el interés en sus asiduos. Para este renovador, MBA y especialista en finanzas y con amplia trayectoria y tradición familiar hostelera, amante de la arquitectura y el entorno urbano, la innovación es “una nueva forma de ver o pensar”. Lo que muchos no conocen es la gran comunidad de baristas, a nivel internacional, que son tratados como estrellas del rock en su ámbito y que su prestigio y reconocimiento quiere Mika trasladar aquí. Sorprende como en otros lugares del mundo (también en España desde hace poco) se realizan catas de café, tan similares a las del vino, en la que se analizan términos que apelan al paladar y los recuerdos de quienes asisten a estos encuentros. Lo realmente rompedor, desde mi propia percepción, es la transparencia de Mika en su establecimiento; muestra las marcas con las que trabaja, quiénes lo cultivan, la finca de la plantación, cómo lo hacen y cómo llega a nosotros. Un paseo por la trazabilidad del producto. Su conocimiento profundo, a nivel laboratorio, microscópico me aventuro a decir; midiendo calidades del agua, la homogeneidad del granulado del café molido. Alta cocina, absolutamente. Trabaja con tostadores españoles y suecos en una búsqueda constante para satisfacción propia y, por ende, para los que solemos aterrizar en su espacio amable, bien decorado y sencillo. A pesar de que su producto se llama igual que el de cualquier otro punto de consumo cafetero, él nos muestra un universo que no hemos conocido antes, extremadamente novedoso y con la oportunidad de hacerlo a un precio asequible. La leche, como marca de la casa, es también otra de sus propuestas de valor. Ha apostado por el consumo de leche fresca local diaria, proveedores muy innovadores también que están luchando, en paralelo, por la calidad en tiempos de crisis. Con el lácteo culmina con su ‘latte art’ tu café perfecto para ser consumido, con miedo de que la espuma te invada todo. No esperen encontrar en su local el cumplimiento de los requisitos para establecer una suerte de lejano parentesco con las cafeterías a las que estamos habituados. Es un lugar único, de paso y que no les dejará indiferente.

La innovación está por todos lados, estén atentos y sean valientes.innodeleon_24marz_1

(Artículo publicado en El Diario de León el 24 de marzo de 2015)

:: Horas bastardas

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Hace una semana decidió morir.

Sigue con los hombros hacia delante.

La carga.

Ese peso del que no logra esca[bullir]se.

Se acaba de caer una hoja sobre el empedrado verde.

La cantidad de fotos en las que uno sale sin darse cuenta.

Suenan las campanas del reloj de la plaza.

A las dos serán las tres.

La duda existencial de adónde se va esta hora ilegítima.

Horas bastardas. Nacidas y desatadas.

Frases sueltas. Sin sentido.

Tiene el pecho hundido. Está plana.

Lo físico, en este caso, no refleja lo mental.

Suspiros que escuecen.

Artistas desnudas.

Sobre la cama o sobre el puente de Triana.

Seguro que aparecerán en los libros de Historia del Arte. Dentro de un tiempo.

Y ella sin saberlo. Analfabeta.

Engendra veneno. Embarazo dañino. De elefanta.

Muchos meses. Engordando kilogramos de daño.

Para abortar, quizá a Londres.

Que aquí no se puede.