:: Horas bastardas

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Hace una semana decidió morir.

Sigue con los hombros hacia delante.

La carga.

Ese peso del que no logra esca[bullir]se.

Se acaba de caer una hoja sobre el empedrado verde.

La cantidad de fotos en las que uno sale sin darse cuenta.

Suenan las campanas del reloj de la plaza.

A las dos serán las tres.

La duda existencial de adónde se va esta hora ilegítima.

Horas bastardas. Nacidas y desatadas.

Frases sueltas. Sin sentido.

Tiene el pecho hundido. Está plana.

Lo físico, en este caso, no refleja lo mental.

Suspiros que escuecen.

Artistas desnudas.

Sobre la cama o sobre el puente de Triana.

Seguro que aparecerán en los libros de Historia del Arte. Dentro de un tiempo.

Y ella sin saberlo. Analfabeta.

Engendra veneno. Embarazo dañino. De elefanta.

Muchos meses. Engordando kilogramos de daño.

Para abortar, quizá a Londres.

Que aquí no se puede.

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:: En aquellas manos

Echo de menos a todas mis hermanas.

Que están muertas.

En aquellos campos verdes de amapolas.
Acaricio el terciopelo de aquellas capas.

Y no estáis.

Os busco en el agujero del tercer cajón de la mesita. En el hueco de la escalera de la mina.

Quizá os tenga en aquella caja. Plena de encuentros.peludete

El nublado vacío de una conversación perdida.

Una flor podrida de miedos. Los pétalos de mis manos.

Y entretanto curo con dibujos pasmados. A un venezolano, un colombiano, una inglesa, una italiana, una procuradora, aquellos abuelos, la mujer sin hijos, al alcohólico, al Asperger.

A nadie y a todos.

:: Re(cortes)

Y entonces uno salta.
Sin red.

Terminar de escribir un libro.
Acabar un ciclo.
Ser otro o el mismo en versión mejorada.
Buscarse. Perderse.
Vacío y ahora si, de verdad.

El viaje.
La carga.

Una buena semana puede comenzar de cualquier forma.

A veces alguien me escuchaba. Otras veces me presentaban playas y encantos. Algunas hasta me desnudaban.

Hoy el tesoro está bien guardado, bajo mil llaves. Enterrado en la cueva del dragón más salvaje.

Leí los poemas más raros y lloré las veces más numerosas. Agarré la muerte para desprenderte y, ahora, bajo el mismo paraguas, entiendo a la luna.

Soñé que venías con unos mariachis para decirme que me amabas, bajo el balconcito de mi alcoba. Y, al despertar, el soniquete había enmudecido y sólo quedaba un pasillo de saliva por la almohada.

El sonido del mar y la arena en el bocadillo me recuerda tu silueta, cantando y riendo. Como si tal cosa. 

Soy persona o no, todo al mismo tiempo. Aniquilo la furia para que salga otra rabia, más tranquila, más ella misma.

Me veo trabajando en el café. Sonriendo a los clientes. Todo límpio, claro, ordenado. Llevo una sonrisa amplia y un cuaderno precioso donde guardo los secretos que no quiero compartir. 

Para qué exigir que te amen. No quiero callarme un te quiero, ni guardar un abrazo. Necesito abrir el alma para perdonar. Dejar fluir la risa. ¡Qué hacer si perdemos el sentido del humor!. Tal vez morirnos.

Puedo entrenarme para hacer las sopas más ricas. A Mafalda no le gusta la sopa. Tomo nota.

Hoy siento que soy prisionera de mi modo de pensar. Duele.

Voy a seguir adelante. Siento que el mundo se desploma por esta cabeza mía. Esperanza de mantenerme de pie.

Es bonito que forme parte de mi vida. Mi lista de seres humanos favoritos está cambiando. Lo añado en letra grande y de colores. Qué suerte tengo. 

Tengo miedo de que se vaya. Se que se va. Yo me quedo. Soy renovación infinita. Si.

Deseo tanto que le vaya bien que me duelen los pies. Es incomprensible. Aprieto los puños y grito en alto.

Ha sido tan apacible este día que quiero envasarlo al vacío. Meterlo en la despensa de los días mejores, de esos que quiero para siempre.

Comparto la música que me gusta y descubro que coincido con él. Quiero bailar claqué, despejar el suelo, hacer ruido. Danzar sobre las nubes. Preguntarle si quiere bailar conmigo, pisarle los pies.

Y algún día conocerá a alguien. Irá a nuestras playas, a nuestros lugares comunes. Quizá le diga quién soy, quién fui. Le dirá lo hermosa que está cuando se ríe, le presentará a su familia. Le dirá te quiero y le hará el amor con cariño y dulzura. Y yo seré una manchita chiquitita, muy pequeña. Una cicatriz de un tamaño posible. Ojalá esa mujer recién estrenada y bella le quiera tanto como yo, sería tan bonito. Tengo una nube negra sobre mi cabeza. Quiero pensar en blanco. Duele el cuerpo.

Paseo tranquila escuchando los pasos sobre las hojas. Creí que los árboles sólo se vaciaban en otoño. No es cierto. Cualquier momento es perfecto para desprenderse de lo que no vale.

 

*Recortes encontrados en una Moleskine. 

 

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:: Murphy no sabía de leyes

“Vence tu orgullo, acepta equivocarte de vez en cuando. Los errores nos aportan un conocimiento de nosotros mismos, siempre son útiles”

 

Alejandro Jodorowsky

(Extraído de su Página Oficial en Facebook)

 

Me conocí un día de verano. El calor era inmenso, aplastante. Mi deseo inmediato era regresar a aquella habitación fresca del hotel, echarme sobre la cama como un alga marchita, con cada tentáculo exhausto. Por un segundo pensé que los rayos de sol me iban a disolver. Como el azúcar en el café o el tiempo en el propio tiempo. Sin embargo, mi afán de seguir visitando la ciudad, que me tenía embrujado, hizo que mis pasos se encaminaran al casco antiguo, mucho más allá de las iglesias y las murallas. Más allá de los turistas y las calles empedradas, más allá de la suntuosa calle principal. Separarme de la manada, perderme.

Agotado por las altas temperaturas, me perdí en un laberinto de piedra y hierba. Encontré una hermosa casa con un banco de piedra en su entrada. El lugar, encantador y fresco, tenía un muro tapizado de enredaderas y unos ventanales vestidos de flores rojas. 

Y mientras reposaba en aquel banco helado, aparecí sin hacer ruido. Era alto, claro, con los ojos muy azules y el pelo blanco. Lo que inmediatamente me agradó fue el cuello tan largo, me daba una enorme elegancia. El bronceado de la piel restaba severidad a mi rostro, curtido por el aire y el sol. Me gusté desde el primer momento. Pocas veces ocurre algo así. Me saludé amable, invitándome a entrar dentro de la casa. Vestía una camisa blanca sencilla, de lino y manga corta. Parecía jovial y eterno, sin que esto se contradijera, los años y la juventud convivían pacíficamente.

Mi aspecto acalorado me conmovió y me invité a un vaso de agua. Mientras lo tomaba, comencé a mirarme con más detenimiento y a la amplia sala principal donde me había llevado. 

Era lunes, lo recuerdo perfectamente. Desde entonces hemos estado juntos, evolucionando en sintonía, riéndonos de las mismas tonterías, bailando la misma danza, saltando los obstáculos, siempre unidos. Hemos superado los tristes y duros momentos por los que la vida nos ha forzado, hemos sido capaces de saborear los instantes magníficos juntos y, lo más importante, hemos logrado alcanzar la libertad de estar distanciados y saber que siempre estamos ahí, a pesar de todo lo que nos ha ocurrido. 

El mes que viene es nuestro aniversario. Lo vamos a celebrar volviendo a la misma ciudad que hizo encontrarnos y fusionarnos en un eterno y trascendental vínculo. Estamos muy ilusionados y felices de poder seguir compartiendo tiempo y sueños. 

Me quiero mucho y me alegro enormemente de haberme conocido; tan humano, tan persona, un ser único.

 

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:: El huracán

Reducido el temor de que Sánchez no vendría, desplegué los periódicos de la mañana, buscando el olvido en la fenomenología de la previsión de otro huracán. Leída, como manda la diacronía, en primer lugar la prensa, y cuando si no apasionada por las noticias sí me encontraba sosegadamente aburrida, se produjo esa fatal trastada de la sugerencia, que el Destino –en este caso, en forma de artes gráficas- suele jugarnos a fin de demostrar que sólo el azar rige nuestras previsiones.

Nuestra casa salía volando con todo el mobiliario, los libros, los sueños y los recuerdos.

En la terraza, la sombra conservaba un regodeo crepuscular. Media hora más de ensoñación y soliloquio y, como único lazo de unión con mis semejantes, sólo dispondría yo de mi imaginación de tornados que se nos llevaban todo.

Sánchez llegó con una maleta cubierta de pegatinas y abrigada con un cinturón de cuero. No hizo falta que habláramos más de lo necesario. El temor de aquel ciclón con nombre nos había dejado casi mudos, saliva ahorrada para que no vuele con el viento imposible de detener.

Comenzó a guardar lo que creía digno de ser salvado. Una pipa, la gorra de marinero de su abuelo y el diccionario bilingüe.

¿Y yo? –le pregunté- ¿Quepo yo en esa maleta?.

 

:: Más pasado que futuro

 

 

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Ayer cumplió 76 años. Nació en el 38, en plena Guerra Civil. Es el más pequeño de cuatro hermanos, educado en la carencia, el miedo y sin conocer a su padre. A éste lo apresaron los nacionales, por ser concejal del Gobierno de Azaña en una pequeña localidad de la provincia de León, viviendo con la pena de muerte despertándole muchas mañanas en diferentes prisiones del norte.

Pudo ver su rostro cuando tenía 12. Lo liberaron tras una amnistía política y, desde ese momento, sintió aún más la vergüenza de tener un padre rojo y ex presidiario. Los vecinos y maestros le señalaban con dedos acusadores y le forzaban a esconder sus verdaderos sentimientos y temores.

El dinero escaseaba en aquella casa donde el negocio, regentado por su madre, estaba en la parte de abajo. Un comercio de ultramarinos donde el estraperlo formaba parte del cotidiano escenario de un mundo de cartillas de racionamiento. Con un esfuerzo titánico y la fuerza de aquel matriarcado pudieron salir adelante. Su hermano mayor logró cumplir su sueño de estudiar en Madrid una ingeniería y él tuvo que conformarse con una formación de perito y construir objetivos de irse de aquel patio de dolor, formar una familia y conseguir que su madre, a la que idolatraba, estuviera orgullosa de él. 

:: Ropa tendida

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En un país multicolor vive una abeja bajo el sol y el mundo es un globo donde vivo yo.

Con estas frases hablaba con mi amiga Marce para que entendiera que alguien nos estaba escuchando, poniendo la antena, radio macuto y tal.

Así nos pasábamos las tardes de domingo, en aquel café tan parisino y mono que nos hizo pasar tan buenos momentos. Recuerdo un día concreto cuando le contaba sobre mi nuevo jefe. Aquel reluciente directivo era un hombre alto y gordo con una cara desagradable y mal diseñada. Por lo que yo sabía no había cumplido aún los cuarenta, sin embargo ya anunciaba canas y portaba una barriga tipo tambor. Tenía una voz agradable, pronunciando igual las eses que las equis y convirtiendo todos los sonidos be en uves de tal modo que eran casi efes. Cuando me lo presentaron me hizo sentar en la silla del despacho, mientras él hablaba sin cesar por teléfono. En su mesa enorme no cabían más papeles, carpetas, fotos, pastillas contra la tos y lápices de colores. Me dio la sensación que el terror de la responsabilidad le hizo disimular, sonreír y hacer como que estaba feliz con su reluciente posición laboral. Pensaba que me daba algo de pena ese hombre, tan aparentemente seguro de si mismo, recostado en ese sillón trono de cuero ilegítimo y sin dirigirme siquiera la más leve mirada. Mientras seguía charlando con no se sabe quién, dibujaba con uno de los lapiceros unos rombos diminutos en un folio en sucio y yo imaginaba una reforma del baño de mi casa. La conversación que mantenía parecía que no iba a acabar nunca, aproveché para mirar si alguien me había mandado un mensaje o un correo. La tensión empezó a acumularse cuando verifico en mi móvil que han pasado ya más de diez minutos desde que entré en su despacho. Iba dispuesta a comportarme bien, como un cordero, a darle una buena impresión. De un modo brusco colgó el teléfono, se levantó y ajustándose el cinturón vino hacia mí. Me dio dos besos en vez de un profesional apretón de manos y se sentó en la mesa de reuniones. Me dijo que quería cambiarlo todo, sacudir a la empresa de la apatía en la que estaba sumida, hacernos trabajar el doble y cobrar la mitad, que nuestros clientes se diviertan más y que nos compren el triple. Su discurso matemático cae en mí como un armario lleno de vajilla de la buena. Sobre el tablero estaba un busto de nuestro fundador, que debía pesar unos seis kilos. Me invadió la tentación de dejárselo caer sobre su cabeza. Para aliviar mis malos pensamientos, crucé las piernas que es lo que suelo hacer en estos casos.

De repente entró su secretaria sin llamar y le dice que su mujer está fuera, esperándole. Su rostro cambió perceptiblemente y le dice que le diga a su esposa que no está o que está reunido, lo que sea, que no quiere hablar con ella. Cuando su asistente cierra de nuevo la puerta, él se disculpó con la certeza que yo comprendería a la perfección su situación. Me confesó que no había ido a dormir a su casa desde el sábado y que su pareja creía que estaba –desde entonces- trabajando a destajo para ponerse al día en su nuevo puesto. 

Sin embargo la verdad es que ha estado con su amante en su pequeño apartamento de Candás, sin cobertura ni acceso a Internet. En ese momento cobra fuerza el tirarle la escultura y decirle que es un mamón. Sin embargo, templé los ánimos y le dije que no era necesario que me contara nada de su vida personal.

Justo cuando estoy contando esta parte de la historia a Marce, una elegante mujer que teníamos en la mesa de al lado, se me acerca y me pregunta de un modo educado si trabajo en la cadena de perfumerías Marion Pedrero. Sorprendida le digo que si, que así es. Me da las gracias y me espeta que ella es la mujer de mi jefe. Que se alegra de haber escuchado nuestra conversación. Marce y yo no sabemos, en ese momento, donde meternos. Trágame tierra, disuélveme café o lo que sea, hubiésemos querido desaparecer de allí. No estar. Desde entonces solemos, cuando vamos a tomar nuestro tentempié en ese lugar mágico, observar si alguien está cerca pendiente de lo que hablamos y, en caso afirmativo, solemos hablar en clave.

Marce: hay ropa tendida. En un puerto italiano vive nuestro amigo Marco. Parece que va a llover. 

 

 

:: Consultorio de Elena Francis

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Estimada Señorita Francis:

Le escribo porque estoy desesperado. Hoy he llegado a casa y me he encontrado a mi mujer en la cama. Estaba durmiendo y eran las dos de la tarde. Lleva así meses, sumida en una honda tristeza y no quiere levantarse, apenas come y deja morir las horas postrada. Cuando le pregunto qué le ocurre me contesta que nada, que la deje allí. Que sólo quiere estar echada. Rechaza todas mis muestras de cariño y no quiere visitar al médico o que algún doctor se acerque a casa para verla. Antesdeayer estuvo llorando prácticamente toda la noche y, a pesar de mis intentos de consolarla, no fue posible. Cada vez está más delgada y temo por su salud mental y física. Ayer estuvo encerrada toda la tarde en el baño y me inquietaba que pudiera cometer alguna locura. Cuando salió estaba con los ojos hinchados del llanto y se metió de nuevo en la cama, sin atisbos de mejora o ganas de hacer nada.

Ya no le agrada leer o escuchar la radio, actividades que antaño le resultaban placenteras y de las que disfrutaba. Salir de casa le parece un mundo y no quiere hablar con sus amigas o hermanas, que siempre suelen llamar por teléfono interesándose por ella.

Por favor le pido ayuda, no se qué hacer ni a quien recurrir. Soy un fiel admirador de su programa desde siempre y espero que, en este caso, pueda echarme una mano.

Gracias por anticipado.

Atentamente le saluda,

 

 

Mario López

 

 

 

Estimado amigo oyente:

Acabamos de recibir su carta en la cual se recoge el testimonio de su relación afectiva. Intentaremos dar cumplida respuesta a su solicitud con el ánimo de poder ayudarle y orientarle en este duro momento. Esta misma cuestión saldrá en las ondas el próximo jueves, a las cuatro de la tarde. 

Esperamos sirva de consuelo y orientación.

Reciba un atento saludo,

 

Elena Francis

 

 

 

 

 

 

http://es.wikipedia.org/wiki/Consultorio_de_Elena_Francis

 

:: Madre no hay más que una y a ti te encontré en la calle.

Cuando encontraron a la niña acababa de anochecer en aquella ciudad tranquila. Una noche fría y oscura con tintes de humedad y olor a sotobosque que acogía los llantos de la pequeña, haciéndolos propios, pareciendo que llorara la noche. A la menor la habían abandonado haría una semana, dejándola apenas sin ropa para abrigarse, sin alimento, en un remoto lugar a las afueras. Al recoger su diminuto cuerpo tembloroso, pleno de terrores y miedos, hambriento y con toda la sed acumulada por las horas sin agua; se quedó dormida al abrigo de los brazos de aquel policía corpulento y tierno.

Nadie reclamaba a aquel ser indefenso, fue inmediatamente trasladada a la unidad pediátrica del hospital provincial donde estuvo debatiéndose entre la vida y la muerte durante dos largas semanas. La deshidratación y el estar tanto tiempo a la intemperie habían logrado que el color de su piel se viera modificado, simulando ser una fruta marchita que se apaga con el paso de las horas. El agente iba a visitarla todos los días, siendo la única persona que –desde el cariño- le tomaba la manita, le leía cuentos, le animaba a continuar adelante.

A la recuperación de su salud se añadía la tranquilidad y la serenidad que le infundía el hombre que la había rescatado. Con el paso del tiempo pudo reposar sus emociones y se decidió a hablar, relatando todo lo que le había sucedido. Estaban presentes el policía, un fiscal de menores, su médico y un asistente social. Sobre la mesa su expediente de salud y otras tantos papeles que se esparcían por la superficie rugosa.

Me llamo Mara y tengo once años. Vivía con mi madre en una casa baja del barrio gótico, no se quién es mi padre. No tengo hermanos ni más familia que yo sepa. Mamá me dejaba muchas horas sola, no se si trabaja o no. He ido al colegio hasta el año pasado, este curso ya no he ido porque mamá no me llevaba. Un día mamá me llevó lejos, yo le preguntaba a dónde vamos y ella no me contestaba. Al llegar donde me encontrasteis, me dijo que me quedara allí que ella volvería pronto. Yo quise ir detrás de ella pero, para que no lo hiciera, me dio una paliza tremenda. Nunca regresó.

Los cuatro adultos que escuchaban atónitos el relato, no pudieron ni siquiera mirar a los ojos de Mara, se incomodaron tanto que la silla les parecía el peor sitio donde podían estar sentados en ese momento. El policía que no podía cesar de sollozar, se levantó y fue a abrazar a la niña en una escena mágica, que parecía sacada de una película americana.

Al día siguiente fueron a buscar a la madre pero en aquella casa ya no vivía nadie. Preguntaron a vecinos y a curiosos que se acercaban al ver el séquito que acompañaba a Mara; varios detectives y adultos con semblante serio. Ninguno supo o quiso facilitar información sobre el paradero de la madre.

Al día siguiente Mara fue trasladada a un centro de menores, su hogar de acogida hasta que cumplió dieciocho años.

 

* Este es mi pequeño homenaje a todos los niños que sufren o han sufrido de abandono. Según datos de diferentes organizaciones gubernamentales, millones de menores de edad sufren en el mundo de abandono por orfandad o son retirados por el Estado al ser sus padres incapacitados por drogodependencia, maltrato o situación económica extrema. A este tipo de abandono físico, me gustaría nombrar el abandono emocional. Cuando los padres dejan de dar amor a sus hijos, les maltratan, desprecian y les infunden complejos. Este tipo de situaciones hacen que estos niños, en su vida adulta, sufran de diferentes patologías físicas y emocionales derivadas de la falta de afecto.

 

 

:: Lavar y marcar las distancias

Los siete mil trenes que tomó para irse lejos y las diecisiete millones de horas que pasaron no lograron que Bernardo pudiera olvidar. Se llevaba a si mismo, un equipaje pesado que se pega como la miel en las manos, a manera de cómo se adhiere el amor de los niños a sus padres, igual que el velcro que agarra entre si las cortinas del viejo hotel donde lo dejó tirado. Su teléfono no paraba de sonar, llamadas anónimas y ocultas, números conocidos que no cesaba de rechazar. El agobio y el miedo por no atender al móvil le impidieron conciliar el sueño durante mil años, le producía acidez en el estómago, marcaba su gesto arrugando todo el rostro simulando un papel de periódico que se quema en la chimenea. El fuego de la desdicha que lo arrastra todo, salvo el sufrimiento. 

Siendo autista por necesidad y cambiando su aspecto cada semana; de hirsuto a peludo, de moreno a rubio, cortándose el cabello, fue tranquilizando sus momentos e incluso logró dejar de lado la historia de su relación con aquellos matones. Hombres que le habían dado la oportunidad de enriquecerse a cambio de segar vidas humanas. La última misión encomendada fue la de cargarse al Director del Banco Axis de un pueblo remoto de Castilla. Los motivos no los tenía claros pero, tras muchas muertes a sus espaldas, decidió que debía parar. Girar a y media en vez de quedarse en punto, darse otra oportunidad, vivir otras situaciones que no tuvieran nada que ver con sangres y venganzas. Pasar de la lluvia al sol y del frío al calor; o viceversa, de menos cuarto a y cuarto, agarrar el cambio. 

La eterna diatriba de si optar por hacerlo o abandonarlo en aquel pueblo de mala muerte. Reposado el tiempo en seiscientas camas distintas pudo enfrentar su realidad de fugitivo. Ahora querrían asesinarlo a él, sabía demasiado y conocía los entresijos de una banda de mafiosos de reputación salvaje. Parecía un protagonista de una película de bajo presupuesto, huyendo sin sentido y con un guión flojo que desilusiona incluso al espectador sin expectativas.

 

*Nota de Mo Limited: amigo lector: te propongo dos finales, elige el que más te convenza. Hoy no me persuade nada y quiero contar contigo. 

Final #1: 

No tardaron en encontrarle, tal vez fueron unos nueve mil años lo que les costó dar con él; sin embargo pudieron localizarle en Menorca. Allí había planteado una nueva existencia, entre el mar y la arcilla que había aprendido a modelar para hacer figuras de barro que luego vendía en los mercadillos y en tiendas de artesanos. Le mataron por la espalda, acribillado a balazos y sin poder ver el rostro de su verdugo. La sangre se mezclaba con la cerámica que él estaba trabajando en ese momento, un manto de rojo sobre bermellón, negros y marrones, coágulos de tierra carmesí que inundaron todo. 

Final #2:

Nunca fue localizado a pesar de los intensos esfuerzos de los matones. Con el pelo rasurado y bigote fue pasando desapercibido durante cerca de seis mil quinientos años y nadie logró dar con él. La nueva vida le dio la oportunidad de hacer amigos, de formarse en el oficio de peluquero en Melilla, de alquilar una casa grande y compartir su tiempo con una mujer tranquila que no hacía preguntas sobre su pasado. Lo que siempre le encontraba era los recuerdos de todos los hombres que había aniquilado, le hallaban siempre; por la noche o en el supermercado, haciendo el amor o leyendo un libro de cocina, barriendo pelos o viendo un partido de tenis.

 

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Foto: ilustración de Yoshitomo Nara