:: Shakespeare hablaba de la muerte como si nada

Imagen

 

 

Las palabras que pueden frotarse y entrar por los poros son las que yo quiero utilizar para decirle que me estoy muriendo. Enfermé hace dieciséis meses al modo de un perro que come en silencio, el mal entró en mi cuerpo confundiéndome y dejándome con una aguda extrañeza, como el hilo rojo sobre la tela negra. La soledad del enfermo terminal es demasiado ruidosa, una novedad sin sentido que ha ido invadiendo todas mis horas. El triunfante mundo exterior quedó diluido en un espacio aparte, sin jugar a formar parte de mi subsistencia, desapareciendo cada minuto ahogando los oxígenos destinados a favorecer mi leve vida.

Tal vez pudiera escribirle un poema y detallar con un talante sutil que me encuentro con la gracia de ser y estar para siempre, trascender en él por los días que pasamos juntos. La poesía conversa, y habla porque mira pero no ve. Mi realidad invade los sentidos dejándolos en un estado aletargado, quedando bajos de energía y oscuros.

Hoy mi conversación interna discurre entre el debate de cómo explicarle que me muero, que en una brevedad con sello de autenticidad no estaré presente; frente a no decirle nada, mantenerme callada y albergar la verdad en mi baúl de los disimulados. Todos los enfermos forman una caterva de imitadores de la propia esencia del humano, en el momento que nos llega la dolencia incurable es cuando nos convertimos en lo mismo; seres vivos sufriendo para despedirse de los suyos, de su entorno de seguridad, de ellos mismos.

Y aquí estoy hoy, en el debate de tantos otros que –en este preciso instante- piensan igual que yo. No quiero morir, no deseo dejar este mundo, no me quiero separar de mí, el típico porqué yo y no aquél, porqué si soy joven y aún no he terminado de cumplir mis sueños, mi función, mi deseo de convertirme en una estrella del rock. La rabia, la ira y la frustración como compañeros de pupitre.

Se cierra el telón y no puedo hacer un bis.

 

 

 

Anuncios

:: Dos funcionarios ruedan “Gladiator” aprovechando ratos libres

Juan García y Pedro Blasco, ambos trabajadores del departamento de becas universitarias del Ministerio de Educación, decidieron dejar de leer el Diario de León y hacer sudokus en horario laboral para dedicarse a algo “de provecho”. Como se sabían de memoria la película “Gladiator”, en la que Russell Crowe encarna a un general romano que se convierte en gladiador, empezaron a recitar los diálogos y, sin darse cuenta, acabaron reproduciendo toda una secuencia. Pedro interpreta al personaje de Crowe y Juan hace el resto de papeles mientras se encarga de las tareas de dirección.

Juan y Pedro se dedican a procesar los recursos contra los fallos de las becas universitarias. “Nuestro trabajo es bastante aburrido, tenemos que vigilar que los que vienen a la ventanilla traigan unos formularios rosas. Y no les damos los formularios amarillos hasta que no nos han dado los rosas. Y lo divertido es que son exactamente iguales, lo sé porque soy yo quien se encarga de fotocopiarlos y sólo cambia el papel”. De hecho, para disponer de más tiempo para rodar la película, Juan introdujo a mediados de julio quince colores más -con cinco gamas de naranja-, por lo que aún son menos los estudiantes que deciden reclamar.

La oficina en la que trabajan está llena de elementos de atrezzo construidos con material de papelería: lanzas de portaminas, armaduras de cartulina y un pequeño coliseo construido con archivadores. Los compañeros de Juan y Pedro aseguran que su actividad cinematográfica no les molesta sino que, al contrario, les ayuda a evadirse. De hecho, muchos están ilusionados con participar en la película como extras. En ocasiones, los cineastas obligan a los ciudadanos que acuden a la ventanilla a ejercer de figurantes antes de sellarles cualquier solicitud. Esperan a que haya colas enormes para poder rodar las escenas de multitudes.

“Igual que Gladiator llega a desafiar al emperador en el Coliseo al final de la película”, explica Juan mientras termina de enganchar post-its amarillos a su camisa a modo de armadura, “a mí lo que me gustaría sería desafiar al ministro Wert o a Rajoy. No es que me hayan hecho nada o les tenga manía, pero sería un poco el equivalente. Y mi venganza no estaría motivada porque hubieran asesinado a mi hijo como en la película, sino por la crisis y el paro”.

Al parecer, ya han rodado más del 70% del film. Lo hacen en orden: lo que va al principio se rueda al principio y la escena final se rodará al final. “No sé cómo lo harán los cineastas pero nosotros somos burócratas al fin y al cabo”, aclara Pedro. Sin embargo, pese a su fidelidad, se han atrevido a modificar algunos diálogos. “No me conformo con hacer una reproducción exacta, también quiero dejar mi huella. Así que en vez de decir lo de ‘Mi nombre es Máximo Décimo Meridio, comandante de los ejércitos del Norte’, lo que digo es: ‘Mi nombre es Juan García, funcionario de grupo A y con derecho a trienios’. Esto de los trienios es lo que más me emociona porque suena como muy romano”.

:: Te quiero como nunca nadie te ha odiado en este mundo

Volviéndose, Marco vio el dulce gesto de la camarera. Al contemplar su hermoso rostro y el sedoso pelo iluminado por la luz artificial, se le nubló la vista y los ojos se le llenaron de lágrimas. La furia le abandonó el cuerpo tan velozmente que se sintió vacío, al borde del desmayo. Pasó de estar rígido como un árbol a quedarse flojo y descoyuntado; inclinó la cabeza y la observó abiertamente.

Así recordaría siempre cómo se habían conocido, esa tarde de noviembre lento, con la mala baba carcomiendo por dentro porque le habían estafado unos idiotas. Le habían desplumado dejándole sin un duro en su cuenta corriente. En el patrimonio de su imaginación, rememoraba cómo su corazón se llenó de ella absolutamente. Acaso quedaría una sombra diminuta bajo el sol que proyectaba su figura, una mancha oscura donde no cabía ella. Aquella mujer modelaba todas las formas posibles de su alma, a veces derrotando y otras muchas ganando la partida de un amor cochambroso y, a veces, tan rotundo que los dejaba extenuados. Se amaban con odio y amargura, salpicando de temores cada día, rodeando su historia de parvas tribulaciones, ácidas aquellas fechas azucaradas.

Marco tenía un rostro con aspecto muy fingido, como el que se consigue en el camerino de un actor mediante el maquillaje. A esta impresión contribuían las hebras de pelo, que asomaban bajo el borde de la boina, permanente, que tenía forma de pala. Pero el cabello no era artificial, como no lo era ningún rasgo de su cara. Todo era obra de la caprichosa naturaleza, que parecía haberle dado el extravagante papel de un conspirador. Su faz de payaso ocultaba a la perfección sus intrigantes ojos, salvo si se observaban desde muy cerca: eran como agua de mar enturbiada por una nube de arena gris. El hecho de que la camarera más guapa del mundo se hubiese enamorado de él, era acaso un milagro o un sueño inconcebible. 

Siguieron amándose durante años y celebraban el aniversario de su eterno odio en su restaurante preferido. Pedían los mismos platos y el mismo vino, hablaban el mismo diálogo con las palabras exactas que habían utilizado en la conmemoración del año anterior, cuidando cada detalle con tanto mimo y delicadeza como si se acabaran de enamorar. Era tal la inquina que se profesaban que los mismos reproches salían a la luz en cada celebración, con la misma rabia y abominación que siempre.

:: Botellas medio llenas, las vacío de dos a tres

Hay unos tipos mundoalante que adoran la teoría gestáltica (la propia corriente artística Bauhaus utilizó principios gestálticos para sus construcciones). Sus pilares son rollo awareness (la traducción podría ser algo como “el darse cuenta”), la aceptación del aquí y ahora, cambiar los “porqués” por los “cómos”, cerrar asuntos pendientes, comprender que no hay día sin noche, maestro sin alumno ni despedida sin un encuentro. Quizá, en síntesis, podríamos rematar con la frase: “hemos eludido lo esencial” (y así nos va y tal).

Una vez esto, me hago fan de la corriente gestalt, sobre todo aplicándola a mi vida en la cueva, que yo de troglodita tengo un noventa y nueve por ciento.

Y voy y me hago preguntas de cómo estoy escribiendo estas memeces o cómo se ha llegado en los medios de comunicación al veto de hablar de la familia real, en especial de la infanta Elena que es subnormal y eso o que el campechano del Rey está ahí porque lo puso Franco, que el premio Planeta está amañado, Almodóvar hace grandes películas, pero molaba más como cantante, no sé, cosas así. También reprimen noticias como la de aquel pobre hombre que al doblar una esquina va un Euribor y violó a su mujer. La dejó embarazada y no les llega para el aborto. Tendrán que pedir otra hipoteca. Eso si, si hubiese habido sangre, lo más probable es que lo viéramos en el telediario de Matias Prats (las imágenes serán en baja resolución porque las grabó el propio hombre a través de su móvil y tal).

Me temo que acabaremos viendo en los diarios de fin de semana algo como: El próximo domingo cambiará la maquetación de la vida y las mentiras pasarán a primera página. Además, te regalamos una taza.

 

botellas

:: Cada uno en su Dios y casa en la de todos

Sobre la importancia de cultivar nuestro propio jardín.

“No importa que es lo que tienes sino a quién tienes en la vida”

William Shakespeare

El olor a flores marchitas le recordó el tiempo que hacía que no limpiaba la casa. La pereza llevaba instalada demasiados días. Tenía la mirada en un punto fijo, detenida. Arrestado el cuerpo en una atonía de color ocre.

Image

Con el sonido del timbre se desabrochó a su realidad, postrado en la cama, no sabía con certeza cuántas horas llevaba allí. Esfuerzos humanos que le arrebataron del letargo.

Era el cartero. Un envío certificado. Posó el sobre sobre la mesa de la entrada y escuchó la música que provenía del vecino de abajo. Las teclas del piano, aporreadas, entraban en las juntas de los muebles y se dispersaban.  Acompañaron a los tamos y motas de polvo que colmaban cada rincón. Música y pelusas bailando un vals. Pudo escuchar su propia voz, redondeada y arrastrada, maldiciendo las sintonías y baladas que escuchaba cada día. No quiero música, necesito silencio. Sílabas aleatorias, pero todas ellas en la misma dirección. Que se callen todos los pianos.

Dispersos sus sentidos regresó al lecho. El sobre. Otro gran arresto y pudo ponerse en pie para cogerlo y abrirlo.

Era la sentencia. Desahucio. Tiene usted una semana para desalojar la casa. Los pensamientos se apretaban unos contra otros. Ásperos, manchados, desgastados.

Cayó de rodillas. Un muro de infierno en sus pupilas.

Un nuevo brío. La terraza. El golpe seco de su cuerpo sobre el suelo de la acera.

:: La realidad supera a la ficción (y viceversa)

Si decidiera hacer una novela sobre un personaje histórico, sin duda escogería a Gertrude Bell (1868-1926).

Interesante figura, poco conocida en España, pero de especial trascendencia para el mundo árabe y, en efecto, digna de ser novelada.

Son los siguientes rasgos los que han determinado mi elección: de nacionalidad inglesa, nació en pleno siglo XIX en la época victoriana. Se educó en el seno de una familia adinerada. Su madre falleció cuando ella tan solo tenía tres años.

Con dieciséis años su padre decidió matricular a Gertrud en un afamado College de Londres, allí destacó claramente en su formación en historia. Posteriormente se trasladaría a Oxford, un terreno nada apropiado para mujeres en aquellos tiempos. De hecho, su estancia académica estuvo colmada de reproches machistas, tanto del profesorado como de otros estudiantes.

Su especial condición, tanto social como ilustrada, le separó del camino que, por entonces, estaba determinado para las jóvenes de su edad: casarse y dedicarse a formar una familia.

Decidió dar un giro a su vida planteándose viajar a Irán. Allí conoció a su primer gran amor, el secretario de la embajada británica. Sin embargo, su padre denegó el permiso de matrimonio entre ambos, aduciendo la falta de fortuna económica de su posible yerno.

Regresó a su Inglaterra natal y allí escribió su primer libro detallando su periplo en Oriente. Tras nuevos viajes por Europa, donde descubriría el placer del alpinismo, quiso volver a Oriente. Esta nueva incursión le hizo aventurarse por el desierto conociendo culturas nómadas virtualmente opuestas a su entorno de la Inglaterra victoriana. Quiso plasmar esta singular expedición en un nuevo libro. En los años posteriores se trasladó a Turquía para introducirse en su nueva pasión, la arqueología. En Mesopotamia conocería a Lawrence de Arabia.

Gracias a su vasto conocimiento de la cultura árabe, el servicio de inteligencia británico, en la Primera Gran Guerra, la contrató para realizar contraespionaje militar. Fue la primera mujer de la historia en acometer semejante tarea. Tras concluir el conflicto bélico, formó parte de la construcción de Irak como país. Influyó en Churchill para coronar como rey, de este nuevo país, a Faisal. Desempeñó tareas de consejera para el monarca.

Su muerte también tiene tintes literarios, al suicidarse a los 58 años ingiriendo barbitúricos.

 

 

:: Requiem in pace

 

“Si yo no pienso en mí, quién lo hará.

Si pienso sólo en mí, quién soy.

Si no es ahora, cuándo.”

(del Talmud)

El otro día escuché a alguien decir que las personas nunca cambiamos. Esa creencia, limitante sin duda y que impide el avance humano y el propio desarrollo personal, me hizo reafirmar mi teoría de que sólo se puede variar algo en uno mismo que no aceptamos o detestamos, cuando uno deja de pelearse con ello y toma las riendas para liderar el cambio. He interiorizado también, en estos últimos años, cómo condicionamos nuestra relación con los demás creyendo que son ellos los que deberían ser de otra manera y no nosotros.

Y así, comienzo mi íntimo retiro para modificar mis sentimientos. El primer paso ha sido realizar un acto simbólico de sepelio. Hermoso hacerlo en la plaza donde nos conocimos. Escogí llevarlo a cabo de madrugada. Llovía y hacía frío, sentí que viajaba en cohete hacia la luna y que allí pasaría unos meses. Con el tiempo, ese gran aliado, serás sólo un leve sublime recuerdo y, de este modo, quiero que sea. Centrarme en mí para asimilar que, si no estoy alineado con mis valores y mi destino, es como si no existiera. Y si no existo jamás podré encontrarme con otro en mi camino, alguien con quien compartir y desarrollar mi amor. Una persona que sepa respetar de dónde vengo y en qué lugar me encuentro ahora. Un espacio donde yo siempre me prefiera a mí en lugar de a mi compañero y, a pesar de este axioma; darle alas,  amarle, cuidarle y brindarle apoyo; sin descuidarme.

Apilados los libros de autoayuda por diferentes lugares de la casa, hablando sin abrir sus páginas, queriendo decir lo que no quieres leer o escuchar. A veces, si, los epítomes hablan.

Afirma Bucay que nos gusta aseverar que no podríamos vivir sin algunos seres queridos. Él propone hacer nuestra la irónica frase con la que se sintetiza el real vínculo con uno mismo: “No puedo vivir sin mí”.

:: Terremotos cardiovasculares

Lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida

Sócrates

 

Le costaba recordar la clave de su caja fuerte. Pensó en anotarla en un lugar privado, sin embargo, le atemorizaba la idea de que alguien pudiera arrebatarle ese secreto tan íntimo. La memoria. 

Rodeado por ocho pantallas multifunción. En cada una de ellas un índice bursátil. Ciudades que deslizaban sus caídas y subidas en colores brillantes con un zumbido silencioso. Cataratas de fondos cotizados y valores de tasas de interés. El beneficio. 

Sentado en su sillón de unos cuantos miles de bitcoins, adormecido por el murmullo de los televisores, comenzó a cavilar en cómo desprenderse de ese éxito que lo ahogaba. La cima. 

Cansado de trepar durante tanto tiempo, hacia una cumbre que ahora aborrecía. Se desanudó la corbata y respiró notando como en cada absorción de oxígeno, sus latidos iban acelerándose. La ansiedad se instalaba en la habitación. No recordaba cuándo fue la última vez que había ido a hacerse un chequeo médico. Abrió uno de los cajones para verificar que aún disponía de las últimas pastillas recetadas. Se las compró una de sus secretarias o su mujer. Allí estaban, esperando ser consumidas. Su esposa. 

Amagando el encendido de otro cigarrillo. No me conviene. Cuándo empecé a fumar. Si, tenía tan sólo dieciséis. Quién me iba a decir, entonces, que iba a llegar tan alto. Imbécil. Ahora sólo quiero bajar. Diálogo interno. 

Una presión en el tórax. Se notó agotado y con fuertes calambres en el brazo izquierdo. Sin aire, sudando. Me mareo, quiero vomitar. Los muebles daban vueltas. Desmayo. 

Se despertó, sin abrir los ojos, y sintió mucho frío. Sed, casi exánime de todo. El sol que entraba por los amplios ventanales le hirió aún más la vista y su mirada volvió a ocultarse. Permaneció inmóvil. En la calle el rugir de los coches, los gritos alegres de los niños en el patio del colegio y el reloj de la gran plaza anunciando las doce. Hora de su muerte.

Image

:: YOU ARE VERY SWEET MY BABY

-Mo, cuéntame un cuento.

-¿Cómo lo quieres?

-Cuéntame un cuento que no le hayas contado a nadie.

Érase una vez un algodón de azúcar que viajaba de feria en feria. Era tan feliz que tenía un aspecto resplandeciente, como todos aquellos que supuran felicidad por los poros, en su caso desprendía un halo sorprendente de glucosa.

Un año fue al FIB. Le tiñeron el pelo de rosa en un puesto de pelus de esas modernas, estaba ideal. Ligó con un manzana de caramelo, pero no llegó a nada el tema. Un simple rollo festivalero, ya sabéis. Se compró varias chapas, a juego con su nuevo color, se las ponía en el palo. Le costaba un poco, pero al final lo lograba. Quería ser un algodón moderno, en realidad un algodón moderno de mierda y eso. Lo de la mierda era porque el polvo del recinto Heineken se le pegaba mogollón por lo pegajosa de su ser.

Cuando regresó a casa se sintió sin fuerzas, estaba agotada de tanto chundachunda y decidió recluirse unos días, para renovar energías y tal. En Internet vio un anuncio. Era de Algodones sin Fronteras (Cottons without Borders). Precisaban voluntarios para Africa. Sin más decidió dar un giro a su vida golosa. Cogió un petate y sin más dilación fue a vacunarse. En la cola de la vacunación se encontró con otros algodones. Había jirones de sábanas viejas, algodones tipo chuche, algodón 100% y otros con mezcla. Un lío de peña, todos dispuestos a sacrificar su tiempo en aras del voluntariado y la solidaridad. Los pinchazos le hicieron polvo, pero no derramó ni una lágrima de azúcar. Era una caña la tía (de azúcar), de casta le viene al galgo y eso.

Cuando llegó a su destino, en la India, estuvo bastante pocha. Vomitaba mucho y creía que no podría más. Pero superado ese trance, comenzó su tarea. Su labor consistía en servir como algodón para las curas de los más pequeños. Trabajaba de sol a sol y acababa rendida. Cada día estaba más orgullosa y tenía un sentido del humor que hacía reír a los niños que pasaban por sus (digamos) manos. A pesar de su dulzura era muy salada. Ironías de la vida.

 

Image

:: Quiero ser normal y reírme de un cuadro

Hoy, paseando por éste nuestro León, he visto a un enano y a una chica con síndrome de Down. ¡Al mismo tiempo! Estaban en un paso de cebra, pero no se conocían ni nada. Me he puesto en medio, entre uno y otro.

En ese momento, mientras esperaba a que se pusiera en verde, me he sentido normal, que es como llama mi madre a los heterosexuales. Es raro sentirse normal, aunque yo quiero serlo de continuo.

Y el caso es que en ese paso de cebra, embriagada por mi aparente normalidad, me ha asediado una duda: ¿qué hay más, mongolitos o enanos? No es broma. No pretende serlo. Lo he pensado en serio. Era el momento perfecto para averiguarlo, tenía un representante de cada colectivo a cada lado. Bastaba con preguntarle al enano: “¿cuántos sois vosotros?”, y luego preguntárselo a la chica con síndrome de Down. No lo he hecho porque, claro, la perspectiva de ser apaleada por una mongolita y un enano en plena calle no compensaba mi sed de información.

Ya me imaginaba el titular de El Diario de León: “Joven normal es golpeada por dos anormales. El alcalde Emilio Gutiérrez ha declarado que “los bares cierran muy tarde”.

Pero la duda me corroía, así que, he pasado por casa de mis padres.

-Mo: “Hola, Papá. ¿Qué tal el día? ¿Bien? Guay. Oye, ¿tú qué crees, que hay más downs o enanos?”

El me ha mirado como me mira siempre que sopesa darse la vuelta y hacer como que no es mi padre, y luego, con una naturalidad pasmosa, me ha respondido:

-Padre de Mo: “Downs.”

-Mo: ¡¿Cómo puedes estar tan seguro?!, porque, quiero decir, o sea, ¿en qué te basas?

-Padre de Mo: En los grupos. Los chicos con síndrome de Down salen en grupo y tienen parejas y eso. Ves grupos grandes paseando, de excursión, yendo al trabajo todos juntos… ¿Pero alguna vez has visto un grupo de enanos?

Mo: Sí. En La parada de los monstruos.

Padre de Mo: Digo en la realidad.

Yo: En la reali… Ah, entonces no.

Tesis A: Mi padre es más listo que yo, al menos en lo que a capacidad deductiva se refiere.

Tesis B: Si la tesis A es correcta, hay más mongolitos que enanos en el mundo.

Pero, ¿y zurdos? ¿Hay más enanos que zurdos?

¡Papáaaaaaaaa!