EL PROCESO CREATIVO

En el espacio donde suelo trabajar y escribir hay tres mesas rectangulares. Sobre una de ellas, hay una caja de cartón reciclado que contiene cuatro semillas protegidas por material vegetal a la espera de ser plantadas. En la tapa de este singular cofre una frase escrita con esmero, parece que a mano: “No juzgues tu día por lo que coseches, sino por las semillas que siembres” atribuida a Robert Louis Stevenson. Le tengo cariño a este objeto, no solo por quién me lo ha regalado, sino también por toda la fuerza creativa que lo impregna en esencia. No he encontrado el momento de plantar las cuatro vidas naturales que esperan el sol y el agua pacientemente, de un modo encapsulado. En las instrucciones se dispone que el mejor periodo para hacerlo es con la entrada de la primavera, pudiéndose alargar hasta julio. He dejado pasar los equinoccios y solsticios y, tal vez por el apego, no les he dado vida. La empresa que se encarga de estas bellezas es Ecoquchu. Es una metáfora maravillosa del proceso creativo.

La sensación de que existe una tensión entre lo que puedo controlar y lo que debo dejar ir, me ocurre todo el tiempo; ya sea al crear un nuevo artículo para el periódico, o en casa al negociar con mi hija adolescente. Cuando te sientas a escribir sobre creatividad, te das cuenta que se invierten los pasos. Tienes que dejarlo ir desde el principio, y sumergirte en las historias de miles de artistas, cineastas, escritores y músicos, y a medida que lees o escuchas sus anécdotas, eres consciente que la creatividad emana de las experiencias cotidianas, más de lo que pudiera pensar, incluso al dejar ir; ya que en muchas ocasiones la creatividad surge de la ruptura. La mejor forma de aprender algo es con historias, por eso permitidme relataros una que escuché hace un tiempo, es sobre el trabajo, el juego y cuatro aspectos de la vida que tenemos que aceptar para que florezca nuestra propia creatividad.

Lo primero es cuando pensamos que algo es muy fácil, pero se hace más difícil. Esto es, prestar atención al mundo que nos rodea. Muchos artistas hablan de la necesidad de abrirse a la experiencia, y eso es complejo si se tiene un móvil iluminado en el bolsillo que se lleva toda la atención. Mira Nair, la cineasta, habla de su crecimiento en un pueblo pequeño de la India llamado Bhubaneswar donde había unos dos mil templos, la mayoría en ruinas. Su mayor inspiración ha sido el teatro popular que representaba en las calles los cuentos populares de Mahabharata y Ramayana, las epopeyas, dicen, de las que sale todo en la India. Mira Nair estaba lista para recibir lo que despertó en ella volverse una profesional del cine premiada. Por tanto, estar abiertos a la experiencia que pueda cambiarnos, es lo primero que tenemos que aceptar.

Hay otros artistas que comentan que algunas de sus obras más potentes han surgido en momentos muy complejos de sus vidas. Richard Ford, novelista, convive con un desafío permanente que es su dislexia. Era lento para aprender a leer y en su periodo escolar no leía más que lo mínimo indispensable. A día de hoy no puede leer en silencio mucho más rápido que en voz alta. Sacó como conclusión que ser disléxico tenía para él más beneficios porque logró reconciliarse con la lentitud, ya que con su ritmo comenzó a apreciar las cualidades de la lengua y de las oraciones, que no son solo aspectos cognitivos del lenguaje como los sonidos de las palabras, su aspecto, los cortes de párrafo o de línea. Es muy emocionante saber que este ganador de un Pulitzer se aferró a su desafío y no intentó superarlo. Aprendió de la dislexia y a escuchar la música en el idioma.

Otros hablan de cómo exigir los límites de lo que pueden hacer. Forzar lo que parece imposible llevar a cabo, en ocasiones, les ayuda a centrarse en encontrar su propia voz. Richard Serra, escultor, en su juventud pensaba que era pintor y, tras graduarse, vivió un tiempo en Florencia. Mientras vivía en Italia, viajó a Madrid. Al contemplar “Las Meninas” en el Prado se quedó impactado. Al regresar, arrojó todas sus pinturas al Arno y pensó en centrarse en otra técnica. Dejó ir la pintura en ese momento, pero no el arte. Se mudó a Nueva York y comenzó a jugar con todo tipo de materiales. La conclusión es que, al dejar lo “imposible”, emprendió una nueva exploración lúdica que le ha llevado a realizar unas esculturas con enormes curvas de acero que, para disfrutarlas, requieren de nuestro tiempo y movimiento. Logró con la escultura lo que no pudo con la pintura. Nos hace a nosotros sujeto de su arte. Por tanto, experiencia, desafío y limitaciones son constantes que adoptar para que florezca la creatividad.

El último punto es el más complicado. Aceptar la pérdida, la experiencia humana más antigua y constante. Para crear, debemos pararnos en ese espacio entre lo que vemos en el mundo y lo que anhelamos, mirando de frente al rechazo, a la angustia, la guerra y la muerte. Es un área difícil de soportar. Esta tensión resuena en el trabajo del fotógrafo Joel Meyerowitz que, al inicio de su carrera, fue conocido por su fotografía urbana, capturar momentos en las calles y por sus instantáneas de paisajes. El 11-S él, como el resto de los transeúntes, se quedó detrás de la cerca de Chambers y Greenwich y todo lo que pudo ver fue el humo y los escombros. Intentó levantar la cámara pero la policía no le permitió tomar fotos. Esto le hizo pensar que si no había imágenes, no habría registros. No quería ver desaparecer esa historia. Con todo el fervor, pidió todo tipo de favores y llegó lograr un pase para el WTC donde estuvo fotografiando a diario, durante nueve meses. Él comenta que cuando vuelve a ver esas fotos, recuerda el olor a humo que se le quedó impregnado en su ropa. Entre las ruinas de las Torres Gemelas, Joel encontró los estragos inherentes a la naturaleza de un atentado y un recuerdo imborrable. Su terquedad y su optimismo apasionado lograron su propósito, sin tirar la toalla.

Todos luchamos con la experiencia y el desafío, los límites y la pérdida. La creatividad es esencial ya seamos científicos, empresarios, padres o profesores.

Una imagen que me gusta mucho recrear es cómo se reparan las vasijas del té en Japón. Los alfareros en vez de ocultar las grietas, deciden acentuarlas usando laca de oro para su restauración. Esos cuencos son más hermosos ahora, habiendo estado rotos, que cuando estaban recién hechos. Esas grietas cuentan la historia que todos vivimos, el ciclo de la creación y destrucción, el control y liberación, juntar las piezas y hacer con ello algo nuevo.

FELICES FIESTAS

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Foto tomada en Fushimi Inari Taisha (Kyoto-Japón): Freddie Marriage (con licencia para libre reproducción).

Artículo publicado en el Diario de León el pasado 22 de diciembre de 2015:  http://www.diariodeleon.es/noticias/innova/proceso-creativo_1033201.html